Электронная книга - «Enfriar El Miedo». Краткое содержание книги:
Diana Brisco ha ido a El Refugio para participar en una terapia con la que espera resolver su pasado. Pero desde que está allí le asaltan terribles pesadillas y extrañas visiones de un niño desaparecido hace años. Además, un agente del FBI se empeña en convencerla de que no está loca, sino que posee un don especial para contactar con el más allá.
Quentin sabe que es su última oportunidad para resolver el homicidio de Missy y que necesita la ayuda de Diana, pero ¿cómo persuadir a la joven para que traspase el umbral y entre en el mundo del frío y la muerte?
– ¿Cómo lo has…?
– Nuestro cuerpo suele tener un nivel de energía electromagnética mayor de lo normal. Y tiende a interferir con algunos aparatos eléctricos o magnéticos, sobre todo con los que tenemos que llevar encima. Como relojes. O tarjetas para abrir puertas.
Él no llevaba reloj.
Diana se miró el brazo izquierdo, en el cual no había reloj porque nunca había podido llevar uno. Miró luego a Quentin un momento antes de dar media vuelta y alejarse.
Hacia el mostrador de recepción.
Capítulo cinco
Era última hora de la tarde, ya pasada la tormenta, cuando Quentin encontró a Beau en el invernadero, solo, dibujando ante un caballete.
– ¿Has hecho algún progreso? -preguntó el artista.
Quentin no veía lo que había en el lienzo y no estaba lo bastante interesado como para mirar. Apreciaba el buen arte y a sus creadores, pero en ese momento tenía la mente en otra cosa.
– No tengo ni idea -contestó francamente-. No ha llamado a la policía ni a los del cazamariposas… aún. Pero tampoco ha admitido siquiera la posibilidad de que tenga facultades paranormales.
– En realidad, no es de extrañar. Hay mucha gente que se ha pasado años convenciéndola de que estaba enferma.
– Sí, y eso me resulta odioso. -Quentin frunció el ceño y comenzó a pasearse entre los caballetes montados para los alumnos de Beau-. La han hecho un auténtico lío.
– Medicina convencional. Sólo saben lo que creen saber.
– No saben una mierda, al menos en lo que respecta a nosotros.
– Cierto. -Beau le miró un momento; después sonrió ligeramente y volvió a fijar su atención en el lienzo.
– Y no es que no tengas auténticos tarados en tu taller, a juzgar por algunos de estos dibujos.
– Personas con problemas. No tarados.
– No, Beau, éstos están tarados. -Quentin miraba un lienzo que mostraba la imagen, algo abstracta, de una figura acurrucada en el suelo, aparentemente en medio de un charco de sangre. La figura se contorsionaba en una pose agónica y en su pecho asomaba lo que parecía ser un enorme cuchillo.
– Menos enfermos cuando se conocen sus antecedentes -contestó Beau, impertérrito-. El hermano de ése murió en un robo a mano armada. Cuando intentaba defenderle. Él todavía está intentando asimilarlo. Con excepción de Diana, todos los alumnos del taller están intentando superar algún suceso traumático. Así que no sufren trastornos emocionales en sentido clínico. Son gente normal, en su mayoría.
– Ah. -Quentin se quedó mirando un momento más y luego retomó su paseo, dedicando sólo una mirada de cuando en cuando a algún dibujo o una acuarela-. Sabe dios qué dibujaría yo -masculló casi en voz baja.
– Tus fantasmas, probablemente. Missy. Joey. Otros que se perdieron por el camino. Los que te culpas de haber perdido.
– Ya he tenido mi ración de diván este mes, Beau.
– Perdona.
Quentin suspiró.
– No, perdona tú. No quería ponerme desagradable. Es que ahora mismo me siento muy frustrado. Quiero ayudar a Diana y temo que no me deje intentarlo siquiera.
– Ten paciencia.
– ¿Sabes algo que yo no sepa?
– No. Los dos sabemos que la paciencia no es tu punto fuerte.
Quentin suspiró de nuevo.
– Has venido aquí a afirmar lo obvio, ¿es eso?
Beau se echó a reír.
– He venido a dar un taller de pintura. Vamos, Quentin, tú sabes tan bien como yo que no hay atajos. Diana y tú tenéis que encontrar vuestro propio camino. Que sea juntos o por separado, o las dos cosas, depende únicamente de vosotros.
– Santo cielo, pareces Bishop.
– El entiende de estas cosas. Y Miranda también.
– Eso no les impidió intervenir el otoño pasado -dijo Quentin, recordando la única ocasión, que él supiera, en que Bishop y su mujer habían hecho un intento premeditado de cambiar un destino trágico que ambos habían previsto.
– Con mucho cuidado y sólo porque había mucho en juego. Siempre dudan en intervenir a no ser que estén muy, muy seguros de que no empeorarán las cosas.
– Yo estaba allí.
– Lo sé. Y sé que lo entiendes.
– Eso no significa que esté siempre de acuerdo.
– No. Siempre es más difícil cuando es uno el que está… involucrado personalmente.
– Sí, sí. Mira, el que estés enseñando a Diana en ese taller a mí me parece un atajo.
– No. Éste es un momento crítico para ella, un punto de inflexión en su vida. Y lo que hagan los demás en esos puntos de inflexión forma parte de nuestro viaje tanto como nosotros mismos.
Quentin se quedó pensando y por fin dijo:
– No te ofendas, pero a veces pareces una galletita de la suerte.
– Eso dice Maggie.
Distraído momentáneamente por la mención de la hermanastra de Beau, Quentin dijo:
– ¿John y ella han montado ya esa organización? No he oído nada.
– Están a punto.
– Así que pronto tendremos una agencia interna orientada hacia la investigación de lo paranormal y sus recursos.
– Ése es el plan. Si alguien puede hacerlo, es John.
– Ya lo creo. ¿Y Maggie? ¿Está bien?
– Está floreciendo. John le ha sentado muy bien.
– Y ella a él. Yo me pasé veinte años intentando convencerle de que las facultades paranormales existían, y ella lo consiguió en una semana o dos.
– A veces -dijo Beau-, enamorarse nos quita la venda de los ojos.
– Eso es muy de galletita de la suerte.
Beau sonrió, pero no apartó la mirada del lienzo.
Quentin siguió paseándose un rato. Después dijo:
– Estás muy conectado con el universo, ¿no?
– Según Maggie, sí.
– Está bien, entonces, sin ofrecerme un atajo, ¿puedes al menos decirme si voy por buen camino con Diana?
– ¿Estás siguiendo tu intuición?
– Sí.
– Entonces supongo que vas por buen camino. -Beau hizo una pausa; luego añadió despreocupadamente-: Pero tal vez debas abrirte un poco más y prestar atención a otras cosas, aparte de Diana.
Quentin dejó de pasearse para mirar a su interlocutor.
– ¿Qué quieres decir?
– Quiero decir que ahora mismo sufres una especie de visión en túnel. -Beau se apartó de su lienzo, dejó la paleta sobre una mesa de trabajo cercana y comenzó a limpiar su pincel-. Si te concentras en un solo elemento, puede que pases por alto otros elementos igualmente importantes. Si no te hubieras encontrado con Diana, ¿qué estarías haciendo ahora mismo?
– Pues, dado que hoy no puedo hablar con Cullen Ruppe, seguramente estaría… intentando conseguir permiso para revisar las cajas de papeles viejos que sé que se guardan en los almacenes y el sótano del hotel. No tengo autoridad legal para examinar nada considerado irrelevante respecto a un viejo crimen, así que nunca he conseguido acceso a los historiales del personal que tienen guardados, a los planos originales del edificio y a todo lo que haya allí.
– Puede que sea hora de que vuelvas a intentarlo.
Pasado un momento, Quentin dijo:
– Puede que sí.
– Me han dicho que la directora actual de El Refugio consiguió el trabajo el otoño pasado. ¿La conoces? -preguntó Beau.
– No, si empezó el otoño pasado.
– Puede que tenga una mentalidad más abierta que los anteriores directores. Más inclinada a dar su visto bueno si alguien le pide en términos razonables revisar unos cuantos papeles viejos.
– Eres tan sutil como el mástil de una bandera, Beau.
– Sólo estoy haciendo una sugerencia.
– ¿Pero no ofreciendo un atajo?
– No. Es un camino que tú habrías seguido por tu cuenta.
– Por una vez, sólo por una vez, me gustaría que algún miembro del equipo me diera una respuesta directa -repuso Quentin con considerable vehemencia.