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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Pensando en salvaguardar su propio futuro político a la vez que conservaba a Mario, Sila se dedicó a cortejar a la generación senatorial más joven, centrándose en los más maleables, más influenciables, menos inteligentes y más acaudalados de las principales familias, o en los tan engreídos que fácilmente sucumbían a sus sutiles halagos. Sus primeros objetivos fueron Cepio hijo y Metelo el joven; Cepio porque era un patricio obtuso muy relacionado con jóvenes como Marco Livio Druso (a quien Sila ni por un momento pensó en cortejar), y Metelo el joven porque estaba al tanto de lo que sucedía en los ambientes de los boni. Nadie mejor que Sila sabía cómo cortejar a los jóvenes, pese a que sus propósitos no encerrasen ninguna intención sexual, y no tardó en tener una buena audiencia, adoptando un acercamiento con un matiz de complacencia por sus juveniles actitudes, como si insinuara que fuese a cambiar de idea y tomarlos en serio. Tampoco eran adolescentes; los mayores tenían sólo siete u ocho años menos que él y el más joven quince o dieciséis menos. Es decir, lo bastante mayores para considerarse formados y lo bastante jóvenes para que Sila los desconcertara; un núcleo de seguidores senatoriales que con el tiempo sería de gran utilidad para un hombre dispuesto a ser cónsul.

En aquel momento, la principal preocupación de Sila era Saturnino, a quien llevaba observando muy de cerca desde que las primeras multitudes comenzaran a congregarse en el Foro y se iniciaran los primeros acosos a los dignatarios togados. Que la lex Appuleia frumentaria hubiese sido aprobada o no, no le preocupaba a Sila; lo que hacía falta, pensó, es que a Saturnino se le demostrara que no iba a salirse con la suya.

Cuando unos cincuenta jóvenes de buena familia se reunieron en casa de Metelo el joven la víspera del dia en que Saturnino pensaba aprobar la ley frumentaria, Sila se mantuvo callado y escuchó lo que decían, adoptando un aire de indolente regocijo, hasta que Cepio hijo se volvió hacia él y le preguntó qué le parecía que debían hacer.

Su aspecto era magnífico, con aquel pelo rojo dorado, cortado para dar mayor relieve a las ondas, y su impecable cutis blanco, con cejas y pestañas oscuras (no sabían ellos que se las perfilaba con stibium porque de lo contrario no se veían) en contraste, y aquellos ojos glaciales tan obsesionantes como los de un gato.

– Creo que todo lo que decís es agua de borrajas -contestó.

Metelo el Meneitos hijo se había criado en el criterio de que Sila era el simple peón de Mario, y, como buen romano, nada tenía contra alguien que perteneciese a una facción; imaginaba que no se le podía desvincular de la misma.

– No es que sea agua de borrajas, es que no sabemos cuál es la táctica adecuada -graznó sin tartamudear.

– ¿Os importa cierta violencia? -inquirió Sila.

– No si es para defender el derecho del Senado a decidir cómo ha de gastarse el dinero público de Roma -contestó Cepio hijo.

– Pues de eso se trata -dijo Sila-. Al pueblo nunca se le ha concedido el derecho a gastar el dinero de Roma. Que el pueblo haga las leyes, eso no lo cuestionamos, pero es el Senado el que ostenta el derecho a denegar los fondos. Si nos despojan de nuestro derecho a apretar las correas de la bolsa, no tendremos poder alguno. El dinero es el único medio por el que podemos convertir en impotentes las leyes del pueblo cuando no estemos de acuerdo con ellas. Así nos enfrentamos a las leyes frumentarias de Cayo Graco.

– No podremos impedir que el Senado vote los fondos cuando se apruebe la ley -dijo Metelo hijo sin tartamudear, porque entre sus íntimos nunca lo hacía.

– ¡Claro que no! -dijo Sila-. Ni tampoco podremos impedir que la aprueben. Pero, de todos modos, podemos demostrar a Lucio Apuleyo algo de nuestra fuerza.

Así, mientras Saturnino arengaba a sus electores a que votasen debidamente la lex Appuleia frumentaria, con la muchedumbre en el Circo Flaminio y desarrollándose la votación tan rigurosamente como cualquier consular habría podido exigir, Cepio hijo encabezaba un grupo de unos doscientos partidarios hacia el bajo Foro Romano. Armados con bastones y palos de madera, la mayoría eran musculosos individuos de papada caída, indicio de ser ex gladiadores reducidos a la condición de alquilar sus servicios para una tarea que requiriese fuerza o capacidad para ser peligrosos. Aunque los cincuenta habían estado en casa de Metelo el Meneitos hijo la noche anterior, era Cepio hijo quien los dirigía. Lucio Cornelio Sila no iba con ellos.

Saturnino se encogió de hombros y miró impasible cómo el grupo cruzaba el Foro, se volvió hacia la saepta y desconvocó la asamblea.

– ¡No habrá cabezas rotas por mi culpa! -gritó a los electores, que se dispersaron alarmados-. ¡Id a casa y volved mañana! ¡Mañana aprobaremos la ley!

Al día siguiente, el censo por cabezas volvía a la zona de comicios, ningún grupo de matones senatoriales se presentó a disolver la asamblea y la ley fue aprobada.

– Lo único que pretendía hacer, redomado imbécil -dijo Saturnino a Cepio hijo cuando se encontraron en el templo de Júpiter optimus Maximus en el que Valerio Flaco había considerado que los padres conscriptos estarían a salvo de la muchedumbre mientras trataban de la financiación de la lex Appuleia frumentaria, era aprobar una ley en una asamblea legalmente convocada. No había multitudes y el ambiente era pacífico; y los presagios, impecables. ¿Y qué sucede? Vos y vuestros amigos cretinos irrumpís dispuestos a romper unas cuantas cabezas. -Se volvió hacia los grupos de senadores que había cerca-. ¡No me reprochéis que la ley tuviera que ser aprobada en medio de veinte mil proletarios! ¡Reprochádselo a este loco!

– ¡Este loco lo que se reprocha es no haber utilizado la fuerza, que es lo que cuenta! -exclamó Cepio hijo-. ¡Tendría que haberos matado, Lucio Apuleyo!

– Gracias por decirlo en presencia de estos testigos imparciales -dijo Saturnino sonriendo-. Quinto Servilio Cepio hijo, os acuso formalmente de traición menor por intentar obstruir las funciones de un tribuno de la plebe y por amenazar la sacrosanta persona de un tribuno.

– Cabalgáis un caballo desbocado, Lucio Apuleyo -terció Sila-. ¡Bajad de él antes de que os derribe!

– Acabo de presentar una acusación formal contra Quinto Servilio, padres conscriptos -replicó Saturnino, haciendo caso omiso de Sila-, pero es asunto del que se encargará el tribunal de traiciones. Hoy he venido a pedir fondos.

Pese a la seguridad del templo, sólo habría unos ochenta senadores y ninguno de ellos importante. Saturnino los miró con desdén.

– Quiero fondos para comprar grano para el pueblo de Roma -continuó-. Si no los hay en el Tesoro, sugiero que busquéis el modo de que os los presten. ¡Porque tendré esos fondos!

Saturnino consiguió el dinero. Congestionado y en medio de protestas, al cuestor urbano Cepio hijo se le ordenó acuñar moneda urgentemente de una reserva de lingotes de plata del templo de Ope y pagar el trigo sin más.

– Nos veremos ante el tribunal -dijo Saturnino con voz tranquila a Cepio hijo al final de la sesión-, porque me concederé el gran placer de acusaros personalmente.

Pero en esto se extralimitó, porque los caballeros jurados le tomaron aversión y se predispusieron a favor de Cepio hijo, cuando la propia Fortuna mostró que también ella le favorecía: en pleno discurso de la defensa llegó una carta urgente de Esmirna anunciando que su padre Quinto Servilio Cepio acababa de morir, con el inapreciable consuelo de su oro. Cepio hijo lloró amargamente, el jurado se conmovió y le absolvió.

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