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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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No sintiéndose lo bastante fuerte para adoptar la iniciativa, el segundo cónsul Flaco dejó correr el asunto, mientras Cepio hijo y Metelo el joven se regocijaban por el éxito de su plan. Si en invierno morían unos cuantos miles de pobres del censo por cabezas, menos bocas habría que alimentar.

Y en ese momento, el tribuno de la plebe Lucio Apuleyo Saturnino convocó la Asamblea plebeya y propuso una ley frumentaria: el Estado estaba obligado a adquirir inmediatamente todo el trigo, cebada y mijo de Italia y la Galia itálica y ponerlo a la venta al precio absurdamente módico de un sestercio por modius. Naturalmente, Saturnino no hizo mención alguna de la imposibilidad logística del transporte de mercancías desde la Galia itálica a las regiones al sur de los Apeninos, ni del hecho de que al sur de los Apeninos casi no había grano que comprar. Lo que él quería era la multitud y para ello tenía que situarse ante ella como su único valedor.

La oposición casi no existía dada la ausencia de sesiones del Senado, ya que la carestía de grano afectaba a todos los romanos de categoría inferior a la de los ricos. Toda la cadena de alimentación y sus miembros estaban de parte de Saturnino, igual que la tercera y cuarta clases y hasta muchas centurias de la segunda clase. Ya en la segunda quincena de noviembre toda Roma estaba de parte de Saturnino.

– ¡Si la gente no puede comprar trigo no habrá pan! -gritaba el gremio de molineros y panaderos.

– ¡Si la gente pasa hambre no trabaja bien! -gritaba el gremio de la construcción.

– Si la gente no puede alimentar a sus hijos, ¿qué será de sus esclavos? -tronaba el gremio de los libertos.

– ¡Si la gente tiene que dedicar todo el dinero a comida, no podrá pagar el alquiler! -se lamentaba el gremio de caseros.

– Si la gente pasa tanta hambre que se entrega a asaltar tiendas y puestos de mercados, ¿qué haremos? -se preguntaba el gremio del comercio.

– ¡Si la gente invade las huertas para buscar comida, no podremos producir nada! -clamaba el gremio de hortelanos.

Porque no se trataba de una simple hambruna en la que murieran unos cuantos miles de personas del censo por cabezas. Si el ciudadano medio y el pobre no podían comer, ello repercutía en mil clases de negocios y profesiones. En resumen, que una hambruna era un desastre económico. Pero el Senado no se reunía ni en los templos, fuera del concurrido espacio del Foro, y dejó que Saturnino propusiera una solución, solución basada en una falsa premisa: que había grano para que lo adquiriese el Estado. El, personalmente, pensaba que sí lo había, pues juzgaba que era una crisis totalmente prefabricada, imputable a un pacto entre los padres de la patria del Senado y los capitostes de las empresas abastecedoras de grano.

Los miles de rostros que llenaban el Foro se volvían hacia él como girasoles, y Saturnino, dejándose arrebatar apasionadamente por la fuerza de su oratoria, comenzó a creerse todo lo que vociferaba, a verse apoyado por toda aquella multitud de rostros atentos y a maquinar una nueva modalidad de gobierno. ¿Qué importaba realmente el consulado? ¿Qué importancia podían tener los senadores, cuando la muchedumbre los obligaba a refugiarse en sus casas con las orejas gachas? Con las apuestas en la mesa y los dados a punto de ser arrojados, lo único que importaba era aquella multitud de rostros. Ellos eran el auténtico poder, y los que creían tenerlo, únicamente lo tenían mientras lo permitiese aquella multitud de rostros.

Así que, ¿qué importaba realmente el consulado? ¿Qué podía importar el Senado? ¡Cháchara, humo, nada! No había en Roma ni en sus cercanías tropas, salvo en los centros de reclutamiento de Capua. Los cónsules y el Senado no conservaban el poder sin el respaldo de la fuerza de las armas ni de las masas. El verdadero poder estaba allí en el Foro; allí estaban las masas para respaldar el auténtico poder. ¿Por qué tenía uno que ser cónsul para ser el primer hombre de Roma? ¡No hacía falta! ¿Se había dado cuenta de ello Cayo Graco? ¿O le habían obligado a matarse antes de darse cuenta?

¡Yo seré el primer hombre de Roma!, pensó Saturnino contemplando aquellos miles de rostros. Pero sin ser cónsul; simplemente como tribuno de la plebe. Con el auténtico poder investido a los tribunos de la plebe y no a los cónsules. Si Cayo Mario se hacía elegir cónsul prácticamente a perpetuidad, ¿qué iba a impedir que Lucio Apuleyo Saturnino se hiciera elegir tribuno de la plebe a perpetuidad?

No obstante, Saturnino eligió un día tranquilo para aprobar su ley frumentaria, principalmente porque no había perdido la capacidad para comprender que la oposición a la distribución de grano barato debía seguir pareciendo elitista y arbitraria, y, por consiguiente, no debía haber una gran multitud en el Foro que diera al Senado ocasión de acusar a la Asamblea plebeya de alborotos, desórdenes y violencia, para denunciar la invalidez de la ley. Aún le dolía la segunda ley agraria, la deserción de Cayo Mario y el exilio de Metelo el Numídico; que la ley siguiera inscrita en las tablillas era obra suya, no de Cayo Mario, lo que le convertía en el verdadero artífice de las concesiones de tierras a los veteranos de los ejércitos proletarios.

En noviembre había pocas fiestas, sobre todo fiestas en las que pudiesen reunirse los comicios. Pero la ocasión de disponer de un día tranquilo se le presentó al morir un caballero riquísimo. Sus hijos organizaron unos variados juegos funerarios de gladiadores en su honor, y como escenario de los juegos, en lugar del habitual del Foro, eligieron el Circo Flaminio para evitar las muchedumbres que a diario se congregaban en el Foro.

Cepio hijo echó por tierra los planes de Saturnino. Se convocó la Asamblea de la plebe y los presagios fueron favorables; en el Foro estaban los habituales porque las masas habían acudido al Circo Flaminio y los otros tribunos de la plebe estaban ocupados sacando a suertes el orden de votación de las tribus. Saturnino estaba en la tribuna de los Espolones, exhortando a los grupos de tribus que se iban congregando en la zona de comicios para que le dieran el voto.

Dada la reiterada falta de reuniones del Senado, no se le había ocurrido a Saturnino que hubiese miembros del mismo vigilando los acontecimientos del Foro, salvo sus nueve colegas tribunos de la plebe, quienes, aquellos días, se limitaban a hacer lo que les decía. Pero había algunos senadores que sentían tanto desprecio como el propio Saturnino por la cobarde actitud de la cámara. Eran todos gente joven, en el año de la cuestura o con dos años más, y todos con aliados entre los hijos de senadores y de caballeros de la primera clase; gente aun demasiado joven para ingresar en el Senado y ocupar puestos de responsabilidad en las empresas paternas. Se reunían en grupos en sus casas y eran Cepio hijo y Metelo el joven quienes los animaban, contando con un consejero de confianza de más edad, que estructuraba lo que de otro modo no habría pasado de ser una simple serie de exaltadas discusiones producto de un excesivo consumo de vino.

Este consejero no tardó en convertirse en una especie de ídolo, pues poseía las cualidades que tanto admiran los jóvenes: era audaz, intrépido, flemático, sofisticado, tenía fama de vividor y mujeriego, era muy inteligente, tenía estilo y un impresionante historial militar. Se llamaba Lucio Cornelio Sila.

Hallándose Mario enfermo en Cumas desde un tiempo que ya parecían meses, Sila se había dedicado a observar los acontecimientos de Roma de un modo que Publio Rutilio Rufo, por ejemplo, jamás habría podido imaginar. Los motivos de Sila no dimanaban exclusivamente de su lealtad a Mario. Después de su conversación con Aurelia, había examinado objetivamente sus perspectivas de ingresar en el Senado, llegando a la conclusión de que Aurelia tenía razón: él, igual que Cayo Mario, sería lo que un hortelano llamaría fruta tardía. En cuyo caso no tenía objeto que se buscase amistades y alianzas entre los senadores de más edad que él. Escauro, por ejemplo, le resultaba inútil. ¡Y qué adecuada fue esa decisión en concreto! Eso le mantendría alejado de la deliciosa esposa del príncipe del Senado, ya madre de la niña Emilia Escaura. Al recibir la noticia de que Escauro era padre de una niña, Sila había sentido un auténtico arrebato de placer. Bien se lo merecía aquel chivo rijoso.

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