Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Si ese rostro estuviera más relleno y se alzara un palmo menos del suelo…
—¡Ewin Finngar! —exclamó Perrin. Imposible. Ewin era un chiquillo rechoncho de voz chillona, un pesado que intentaba meter baza cuando los chicos mayores se reunían. Este muchacho llegaría a ser tan alto o más que él cuando dejara de crecer—. ¿Eres tú?
Ewin asintió, sonriendo de oreja a oreja.
—Hemos seguido de cerca tus pasos, Perrin —dijo, con aquella sorprendente voz de bajo—, combatiendo con trollocs y viviendo toda clase de aventuras por el mundo, según cuentan. Todavía puedo llamarte Perrin, ¿no?
—¡Luz, pues claro que sí! —bramó. Estaba más que harto de todo ese asunto de Ojos Dorados.
—Ojalá me hubiera ido con vosotros el año pasado. —Dav se frotó las manos con ansiedad—. Mira que regresar a casa acompañado por Aes Sedai, Guardianes y un Ogier. —Lo dijo como si fueran trofeos—. Lo único que hago es cuidar vacas y ordeñarlas, una día tras otro. Y esquilar y cortar madera. Menuda suerte tienes.
—¿Qué se siente con tantas aventuras? —intervino Elam, falto de aliento—. Alanna Sedai dice que todos estuvisteis en la Gran Llaga y he oído comentar que habéis visto Caemlyn y Tear. ¿Cómo es una ciudad? ¿De verdad son diez veces más grandes que Campo de Emond? ¿Habéis entrado en un palacio? ¿Hay Amigos Siniestros en las ciudades? ¿Es cierto que la Llaga está llena de trollocs, Fados y Guardianes?
—¿Te hizo un trolloc esa cicatriz? —Ni que sonara grave o no ahora, la voz de Ewin tuvo un leve timbre chillón debido sin duda a la excitación—. Ojalá tuviera yo una. ¿Has visto alguna reina o algún rey? Me parece que preferiría ver a una reina, pero también un rey sería genial. ¿Cómo es la Torre Blanca? ¿Es tan grande como un palacio?
Faile sonrió, divertida, pero Perrin parpadeó, aturdido por la avalancha de preguntas. ¿Es que habían olvidado a los trollocs de la Noche de Invierno o que ahora mismo estaban por los alrededores? Elam aferraba la empuñadura de la espada como si quisiera partir hacia la Llaga en ese mismo momento; Dav estaba de puntillas, con los ojos relucientes, y Ewin parecía a punto de agarrar a Perrin por el cuello de la camisa. ¿Aventuras? Eran unos estúpidos. Empero, temía que se avecinaban tiempos muy duros, más de lo que Dos Ríos había conocido jamás. No los perjudicaría disfrutar de ilusiones un poco más hasta que descubrieran la verdad.
El costado le dolía mucho, pero procuró responderles. Los desilusionó saber que nunca había estado en la Torre Blanca ni había visto a ninguna reina ni rey. Suponía que a Berelain podía considerársela una reina, pero estando Faile delante consideró prudente no mencionarla. También hubo otras cosas que soslayó: Falme, el Ojo del Mundo, los Renegados, Callandor. Eran temas peligrosos que, inevitablemente, llevaban al Dragón Renacido. Sin embargo, sí pudo contarles algo sobre Caemlyn y Tear, y sobre las Tierras Fronterizas y la Llaga. Era curioso el modo en que aceptaban ciertas cosas y otras no. Por ejemplo, devoraron todo lo relativo al paisaje corrompido de la Llaga que parecía pudrirse ante los propios ojos mientras uno lo miraba, y lo de los soldados shienarianos con las cabezas afeitadas salvo la cola de caballo, y los de los steddings Ogier donde las Aes Sedai no podían utilizar el Poder Único y en los que los Fados eran reacios a entrar. Pero en lo referente al tamaño de la Ciudadela de Tear o la inmensidad de las ciudades…
—Principalmente —dijo acerca de sus supuestas aventuras— me he limitado a procurar que nadie me partiera la cabeza. Eso significa correr aventuras. Y encontrar un lugar donde dormir por la noche y algo para comer. Se pasa bastante hambre cuando se viven aventuras, y también frío o incomodidad por estar empapado o ambas cosas a la vez.
Eso no les gustó mucho; o quizá tampoco lo creyeron, como el hecho de que la Ciudadela fuera tan grande como un monte. Se recordó que antes de marcharse de Dos Ríos sabía tan poco como ellos sobre el mundo. Esa noción no le sirvió de mucho. Él nunca había tenido esa expresión tan embobada, con los ojos como platos. ¿O sí? Hacía calor en la sala y se habría quitado con gusto la chaqueta, pero moverse le parecía un esfuerzo excesivo.
—¿Y Rand y Mat? —inquirió Ewin—. Si todo se reduce a pasar hambre y estar mojado y tener frío, ¿por qué no han vuelto también?
Tam y Abell habían entrado en la posada; los dos hombres llevaban arcos, y Tam una espada colgada al cinto también. Resultaba curioso que el arma encajara bien en la imagen de Tam a pesar de su chaqueta de granjero. En consecuencia, Perrin se limitó a repetir lo mismo que había dicho anteriormente: Mat de parranda en tabernas y jugando a dados o cartas y persiguiendo chicas, y Rand con su elegante chaqueta y una hermosa joven de cabellos rubios colgada de su brazo. Habló de Elayne como si tuviera sólo el título de lady, sospechando que jamás creerían que era la heredera del trono de Andor, y comprobó que tenía razón cuando mostraron incredulidad respecto a que fuera una noble. Con todo, parecieron satisfechos con su explicación; era el tipo que cosas que querían oír. Además, su incredulidad desapareció cuando Elam señaló que Faile era una gran dama, también con el título de lady, y parecía estar muy pendiente de Perrin. Aquello hizo que Perrin sonriera; se preguntó qué dirían si supieran que en realidad era prima de una reina.
Por algún motivo, a Faile ya no parecía divertirle la conversación. Se volvió hacia los jóvenes asestándoles una mirada que en nada tenía que envidiar a la más arrogante de Elayne, una expresión gélida y la espalda muy erguida.
—Ya lo habéis acosado de sobra con vuestras preguntas. Está herido. Salid de aquí ahora mismo.
Sorprendentemente, se apresuraron a hacer unas torpes reverencias —Dav adelantó una pierna en una postura tan absurda que su aspecto resultó ridículo—, balbucieron unas disculpas —¡a ella, no a él!— y se volvieron hacia la puerta para salir. Su marcha se retrasó con la llegada de Loial, que se agachó para cruzar el umbral y aun así rozó el dintel con el greñudo cabello. Contemplaron al Ogier casi como si fuera la primera vez que lo veían, luego miraron de soslayo a Faile y se apresuraron a salir. Esa fría e imperiosa mirada de la joven funcionaba, y de qué modo.
Cuando Loial se puso derecho, la cabeza le quedó a poca distancia del techo. En los inmensos bolsillos de su chaqueta se marcaban, como siempre, los bultos cuadrados de unos libros, pero en la mano llevaba un hacha enorme. El mango era tan largo como alto era el Ogier, y la hoja, con forma de machado, era al menos tan grande como el hacha de guerra de Perrin.
—Estás herido —dijo con voz retumbante tan pronto como puso los ojos en Perrin—. Me dijeron que habías vuelto, pero no que estuvieras herido. Habría venido más deprisa de saberlo.
El aspecto del hacha hizo que Perrin diera un respingo. Entre los Ogier «poner un mango largo a tu hacha» significaba tener mucha prisa o estar enfadado; por alguna razón, para los Ogier las dos cosas eran más o menos lo mismo. Loial parecía enfadado, con las copetudas orejas echadas hacia atrás y el entrecejo fruncido de forma que las largas cejas le colgaban hasta las mejillas. Sin duda se debía a que estaba cortando árboles. Perrin quería hablar a solas con él para enterarse de si había visto algo más respecto a los manejos de Alanna. O de Verin. Se frotó la cara y se sorprendió encontrarla seca; tal y como se sentía, debería estar sudando.
—Y además es testarudo —dijo Faile, que se volvió hacia Perrin con la misma mirada imperiosa utilizada con Dav, Elam y Ewin—. Tendrías que estar acostado. ¿Dónde se ha metido Alanna, Verin? Si es ella la que debe curarlo, ¿dónde está?
—Ya vendrá. —La Aes Sedai no levantó la vista de lo que estaba haciendo. Leía el pequeño libro con gesto meditabundo, frunciendo la frente, y sostenía la pluma en alto sobre la página.
—¡Debería seguir guardando cama!
—Ya tendré tiempo para eso después —adujo Perrin con firmeza. Le sonrió para suavizar sus palabras, pero lo único que consiguió fue que la expresión de la joven se tornara preocupada y que rezongara entre dientes «cabezota». No podía preguntarle al Ogier nada sobre Alanna delante de Verin, pero sí otra cosa igualmente importante—. Loial, la puerta a los Atajos está abierta y están saliendo más trollocs por ella. ¿Cómo es eso posible?