Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Faile le cogió el otro brazo.
—¡Trollocs! —El grito en el exterior llegó apagado a través de las paredes, coreado por docenas de voces—. ¡Trollocs! ¡Trollocs!
—Eso no te concierne a ti hoy —manifestó la señora al’Vere en un tono a la vez firme y tranquilizador que le hizo rechinar los dientes—. Las Aes Sedai se encargarán del asunto adecuadamente. Dentro de un día o dos estarás otra vez en forma. Ya lo verás.
—Mi caballo —repitió mientras intentaba soltarse. Lo tenían bien agarrado por las mangas de la chaqueta y lo único que consiguió fue zarandearlas atrás y adelante—. Por el amor de la Luz, ¿queréis dejar de tirar de mí y soltarme para que pueda ir a coger mi caballo? Soltadme, maldita sea.
Faile lo miró a la cara, suspiró y le soltó el brazo.
—Señora al’Vere, ¿queréis encargar a alguien que ensille su caballo y lo traiga a la puerta?
—Pero, querida, realmente necesita…
—Por favor, señora al’Vere —pidió Faile firmemente—. Y mi yegua también.
Las dos mujeres se miraron como él no existiera. Finalmente, la señora al’Vere asintió con la cabeza.
Perrin la miró ceñudo mientras cruzaba la sala y desaparecía por la puerta de la cocina, en dirección al establo. ¿Qué diferencia había entre lo que había dicho Faile y lo que había dicho él? Se volvió hacia la joven.
—¿Por qué has cambiado de opinión?
En lugar de responderle, Faile empezó a meterle la camisa por los pantalones mientras rezongaba entre dientes. Naturalmente, se suponía que él no oía lo bastante bien para entender lo que mascullaba.
—Así que no tengo que decir «debes», ¿no es eso? Cuando está tan obcecado que no ve las cosas como son, he de convencerlo con dulzura y sonrisas, ¿no? —Le asestó una mirada en la que, indudablemente, no había nada de dulzura, pero enseguida cambió el gesto inesperadamente y le sonrió tan melosa que casi lo hizo recular.
»Amor mío —ronroneó a la par que le colocaba bien la chaqueta—, sea lo que sea lo que está ocurriendo ahí fuera, espero que te mantengas firme en tu silla y tan lejos de los trollocs como te sea posible. Realmente todavía no estás en condiciones de enfrentarte a un trolloc, ¿verdad? Tal vez mañana. Por favor, recuerda que eres un general, un líder y un símbolo para tu gente tan real como ese estandarte que ondea en el Prado. Si estás en pie, donde puedan verte los tuyos, les levantarás el ánimo. Y resulta mucho más fácil ver lo que es preciso hacer y dar órdenes si no estás involucrado en la lucha. —Recogió el cinturón caído en el suelo y se lo ciñó a la cintura, tras lo cual colocó con cuidado el hacha a un costado. ¡Y además parpadeó con coquetería!—. Di que lo harás así, por favor. Por favor.
Tenía razón. No duraría ni dos minutos contra un trolloc. Y seguramente ni dos segundos contra un Fado. Y, por mucho que le fastidiara admitirlo, no aguantaría un kilómetro en la silla si iba en busca de Loial y Gaul. «Estúpido Ogier. Eres escritor, no un héroe».
—De acuerdo —dijo. Fue incapaz de resistirse a un impulso malicioso. Una pequeña venganza por la forma en que ella y la señora al’Vere habían hablado como si él no estuviera y por ese modo de parpadear como si él fuera idiota—. No puedo negarte nada cuando me sonríes con tanta dulzura.
—Me alegro. —Sin dejar de sonreír, le sacudió la chaqueta quitándole motitas de polvo que no había—. Porque, si no lo haces y te las compones para sobrevivir, te haré lo mismo que tú me hiciste a mí el primer día de viaje por los Atajos. No creo que estés todavía lo bastante fuerte para impedírmelo. —Aquella sonrisa se alzó hacia él, toda mieles y dulzura—. ¿Me entiendes?
A pesar de sí mismo, Perrin no pudo menos de soltar una queda risita.
—Lo pones de un modo que casi parece mejor dejar que me maten.
A ella no pareció hacerle gracia su broma.
Hu y Tad, los larguiruchos mozos de cuadra, trajeron a Brioso y a Golondrina a la puerta delantera a poco de salir ellos. Todo el mundo parecía haberse reunido al otro lado del pueblo, más allá del Prado, donde seguían las vacas y los gansos y aquel estandarte rojo con la cabeza de un lobo ondeando con la brisa matinal. Tan pronto como Faile y él hubieron montado en los caballos, los mozos de cuadra echaron a correr en aquella dirección sin pronunciar palabra.
Fuera lo que fuera lo que pasaba, no se trataba de un ataque, evidentemente. Había mujeres y niños entre la multitud, y los gritos de «¡trollocs!» se habían apagado, dejando lugar a un runrún que hacía eco a los escandalosos gansos. Cabalgó al paso, lentamente, a fin de no tambalearse sobre la silla; Faile mantenía a Golondrina muy cerca, vigilándolo. Si ya había cambiado de opinión sin razón aparente, muy bien podía hacerlo otra vez, y Perrin no quería discutir más sobre si debía o no estar allí.
En la cuchicheante muchedumbre parecía encontrarse todo Campo de Emond, los vecinos del pueblo y los granjeros, todos entremezclados, apelotonados, pero les abrieron paso a Faile y a él cuando vieron quiénes eran. Su nombre entró a formar parte de los murmullos, generalmente unido al apodo «Ojos Dorados». También escuchó la palabra «trollocs», pero en un tono más perplejo que temeroso. A lomos de Brioso tenía una buena perspectiva por encima de las cabezas.
La arracimada masa de gente se extendía desde las últimas casas hasta la empalizada de afiladas estacas. La linde del bosque, a casi seiscientos pasos de distancia a través de una franja repleta de tocones casi a ras de suelo, estaba silenciosa y no había en ella hombres con hachas. Dichos hombres formaban un anillo de torsos desnudos y sudorosos en la multitud que rodeaba a Alanna, Verin y dos hombres. Jon Thane, el molinero, se limpiaba una mancha de sangre que tenía en las costillas con el enjuto rostro inclinado sobre el pecho para ver lo que hacían sus manos. Alanna, que había estado inclinada sobre el otro hombre, se irguió; era un tipo de cabello canoso al que Perrin no conocía y que se incorporó de un brinco y dio un paso como si no acabara de creer que podía hacerlo. Él y el molinero miraban a la Aes Sedai con sobrecogimiento.
La muchedumbre estaba demasiado apiñada alrededor de las Aes Sedai para dejar hueco a Brioso y Golondrina, pero había algunos claros en torno a Ihvon y Tomás, que estaban un poco apartados, con sus caballos de guerra. La gente no quería acercarse demasiado a aquellos animales de fiera mirada que parecían estar esperando a la primera oportunidad que se les presentara para soltar un mordisco o una coz.
Perrin consiguió llegar junto a Tomás sin demasiadas dificultades.
—¿Qué ha ocurrido?
—Un trolloc. Sólo uno. —A despecho del tono coloquial del canoso Guardián, sus ojos no se volvieron hacia Perrin y Faile, sino que permanecieron atentos por igual a Verin y a la linde del bosque—. Generalmente no son muy listos estando solos. Taimados sí, pero no listos. El grupo de taladores lo ahuyentó antes de que tuviera oportunidad de hacer algo más que herir levemente a uno de ellos.
Las dos Aiel salieron de la fronda corriendo, con las cabezas cubiertas con los shoufas y los rostros tapados por los velos de modo que no supo distinguir quién era quién. Frenaron un poco para meterse entre las afiladas estacas y después se abrieron paso ágilmente entre la multitud, que se apartaba para dejarles paso tanto como se lo permitían las apreturas. Para cuando llegaron junto Faile ya se habían retirado los velos. La joven se inclinó para escuchar lo que le decían.
—Unos quinientos trollocs —informó Bain—, aproximadamente dos o tres kilómetros detrás de nosotras. —Su voz era reposada, pero los ojos azul oscuro chispeaban de ansiedad, al igual que los grises de Chiad.
—Justo lo que había imaginado —comentó tranquilamente Tomás—. El que estaba solo seguramente se separó de la tropa para encontrar algo de comida. Creo que el resto no tardará en aparecer.