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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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—¿Hay muchos lugares como éste en el mundo? —pregunta.

—Sólo existe un Viejo —dice Ninameen—. Pero hay otras zonas de aflicción.

—¿Como cuáles?

—Una se llama Vacío. Una se llama Lento. Una se llama Hielo. Una se llama Fuego. Una se llama Oscuro. Una se llama Pesado. ¿Creías que todo nuestro mundo era un jardín?

—¿Cómo nacieron esos lugares?

—En los viejos tiempos —dice Ninameen —fueron creados para la instrucción de la humanidad. —La Deslizadora ríe chillonamente—. Entonces los humanos eran muy serios.

—Pero ahora vosotros tenéis la facultad de eliminar estos lugares —sugiere Clay.

Ninameen vuelve a reír.

—Cierto, pero no lo haremos. Los necesitamos. También ahora somos muy serios.

El cuerpo de Ninameen es firme y elástico de nuevo. Tiene los pechos altos, los muslos prietos. Vuelve a caminar con paso ágil, fluido. Su piel verde y dorada ha recobrado el fulgor interno. Igual sucede con el resto de Deslizadores, que han regresado al estado boyante y vigoroso.

En ese momento aparece una luz en el cielo.

No es el sol naciente. A menos que Clay haya perdido totalmente su sentido de la dirección, el grupo ha caminado hacia el oeste durante la noche; pero la luz está delante. Es un cono de luminoso verde que se alza de un punto del pie de la ladera que ahora descienden, y se extiende hasta ocupar buena parte del cielo. Es igual que un géiser de claro fulgor que despide sus chorros en las alturas. Al filtrarse a través de la luz, el viento provoca remolinos de tono más grisáceo, torbellinos de luz dentro de luz. Acompaña al estallido de brillantez un ruido extraño, un susurro, un murmullo que recuerda a Clay el canto de agua lejana. También se oye algo así como risa subterránea, resonante, escurridiza. Unos instantes más de descenso y Clay disfruta de una clara vista de lo que hay delante. En el punto donde la colina se funde con el valle, una vítrea capa cubre la tierra; el valle entero parece estar encerrado en esta capa de vidrio que se extiende hacia el horizonte. En el centro, en una fumarola circular, brota la imponente columna de luz verde. Detrás de la oscilante e intermitente luminosidad, Clay distingue tenuemente una forma enorme, quizás una montaña baja y alargada. No se ve rastro de vegetación. El aspecto del conjunto es ominoso y sobrenatural. Clay mira a los Deslizadores para que le expliquen el fenómeno, pero los semblantes de sus compañeros están rígidos a causa de la concentración y todos avanzan con un interés tan hipnótico que él no se atreve a interrumpir su meditación con preguntas. Prosiguen en silencio. Finalmente Clay siente el liso y frío vidrio bajo sus pies descalzos. Al adentrarse en el vidrio, los Deslizadores se detienen y se vuelven para dejar las frondas a lo largo del límite entre vidrio y tierra. Clay hace lo propio. Las raíces se arrastran ansiosamente hacia el suelo incluso antes de tocarlo. La fronda enraiza y, a la luz de la verde nube que se derrama hacia lo alto, su transparencia cobra sutiles novedades.

Deslizándose sobre el pulido suelo, el grupo describe un circunspecto arco en torno a la fumarola, bordeándola en dirección sur. Clay ve claramente la abertura, raramente pequeña para un efecto tan inmenso, un círculo no mayor que la circunferencia de sus brazos extendidos, rodeado por un saliente de casi medio metro de altura. Y a través de este círculo la verde brillantez arde con vibrantes resplandores que parecen expelidos rítmicamente por una fábrica situada en el núcleo del mundo. A Clay todo le parece artificial aquí, obra de una especie de hijos del hombre, seguramente antigua desde el punto de vista de los Deslizadores pero sin duda alguna creada mucho después de que la época entera de Clay se hubiera esfumado.

Ahora se hallan en la misma nube verde.

El ambiente es eléctrico. Clay siente picor en sus poros. Un acre olor taladra sus fosas nasales. Su desnudo cuerpo suda y exhala vapor. Silenciosos y solemnes, los Deslizadores se mantienen aparte, y Clay respeta su reservado talante. El grupo avanza casi paralelamente a la fumarola. Al pasar junto a ella, entrando en la retaguardia del cono de verdor, Clay logra ver con mayor claridad la enorme forma que se alza al oeste. No es una montaña. Es más bien un extraño monolito de carne, un gigantesco Moloc viviente, rechoncho e inmenso, agazapado tras el verdor. La criatura reposa en una colosal placa curvada, de estructura metálica y color escarlata oscuro, que la sostiene por encima del nivel de la tierra. Reflejos de la nube verde se deslizan por los bordes de esta taza, tiñendo de ese color el escarlata, mezclándose con él en varios puntos hasta crear un marrón lustroso, abrumador. El mismo color de la agazapada criatura. Clay ve la correosa piel, gruesa, lustrosa y arrugada como el pellejo de un reptil. La silueta de ese ser es de rana, pero únicamente una rana onírica, sin ojos, sin patas: un ahusado promontorio, de cuerpo alargado, hocico romo, con un dorso alto y abovedado, gruesos costados, panza abultada, partes inferiores como pedestales. Reposa inmóvil, igual que un ídolo. Clay no capta siquiera un vestigio de respiración, aunque está convencido de que la criatura vive. Allí descansa, bajo el resplandor del verde repunte, creando la impresión de que tiene milenios de edad y es vastamente sabia, un observador, un meditador, un coloso encalmado. La punta de su hocico se alza como mínimo ciento cincuenta metros en el aire. Sus gigantescas patas traseras se pierden en las sombras. Si se movieran, el planeta temblaría. Ominosa, monstruosa, una montaña viva, la criatura guarda el vítreo valle con frígido fervor. ¿Qué es? ¿De dónde vino? Clay consulta sus magros conocimientos sobre las especies humanas de estos avanzados tiempos, los conocimientos reunidos gracias a Quoi el Respirador: ¿Se trata de un Esperador, un Intercesor, Un Destructor? ¿Una especie que nadie le ha descrito? Es difícil creer que ese ser esté incluido entre los hijos de los hombres. Aunque los humanos, en la plenitud de los tiempos, decidieran transformarse en cabras, calamares y esferoides, Clay no puede creer que pretendieran convertirse en montañas. Lo que ve debe ser una monstruosidad sintética, o un visitante de otra galaxia que quedó abandonado en la Tierra, o un residuo de los inquietos sueños de un Deslizador que por azar se ha rezagado en el mundo real.

Hanmer encabeza el grupo. Todos caminan precavidamente siguiendo el borde meridional del tremendo plato en que descansa la criatura. Los colores reverberan en el coloso, manchando los cuerpos de los marchantes con franjas rojas, verdes y marrones. Cuando casi la han dejado atrás, la criatura da por fin una muestra de vida: de ella brota un terrible, estruendoso gemido, casi fuera del umbral auditivo, que provoca temblores en la tierra y grietas en el vítreo suelo. Es un ahogado rugido tan violentamente angustioso que Clay se estremece de pena. Él ha oído tales alaridos en animales atrapados en la selva al meter la pata en trampas con fauces de acero. Pero aparte de ese torvo sonido, no hay más señales de animación en la criatura.

Clay interroga a Hanmer en cuanto están a salvo lejos del extraño ser.

—Un dios —le informa Hanmer—. Dejado por una época anterior. Privado de devotos. Una entidad desgraciada.

—¿Un dios? —repite Clay—. ¿Tienen los dioses esa forma?

—Éste, sí.

—¿Qué forma tenían sus devotos?

—La misma —dice Hanmer—, pero su tamaño era menor. Vivieron hace once eras y dieciséis eones. Antes de mi época, quiero decir.

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