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El hijo del hombre [Son of Man - es]

Электронная книга - «El hijo del hombre [Son of Man - es]». Краткое содержание книги:

Clay, el protagonista, despierta en un futuro muy lejano donde los descendientes del hombre adoptan formas de vida muy diversas y alucinantes. En su entrada a ese tiempo es acogido por Hammer, una criatura que tanto puede adoptar formas sexuadas como asexuadas, y también macho y hembra, y en cuya compañía vive asombrosas experiencias de percepción y explora todas las posibilidades de la sexualidad.
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—¿Cómo iba a marcharme? ¿Cómo podía irme contra mi voluntad?

—Claro. Claro. Lo comprendemos perfectamente. No tienes la culpa. Pero estuvimos en tensión, hacia el final.

—¿Qué?

Hanmer le ofrece una suave sonrisa en lugar de una respuesta. Los Deslizadores se ponen en pie. Todos arrancan con cuidado una reluciente fronda; las frondas emiten ligeros chasquidos al salir, con raíces incluidas, de la tierra. Clay presiente que no están matándolas, sólo tomándolas prestadas durante un rato. Hanmer coge otra fronda y la entrega a Clay. En fila india, los Deslizadores se adentran en la noche, todos con las frondas en alto a modo de antorcha. Todos, excepto Hanmer, han adoptado la forma femenina. Clay es el tercero de la procesión, con Ti delante y Ninameen detrás. Esta se acerca y, con sumo descaro, roza las puntas de sus pechos sobre la desnuda espalda de Clay como si fuera un saludo: fríos gongs que resuenan en su espinazo.

—¿Te sientes mejor? —le pregunta ella—. Estábamos muy tristes por ti. Por tu reacción cuando Serifice se marchó.

—Cuanto más tiempo estoy aquí, menos comprendo.

—¿No te gustaron las cosas que te enseñó Ti?

—Maravilloso. Maravilloso. Si hubiera podido quedarme más tiempo…, si hubiera podido llevarme algo…

—Oh, No. No podías.

—¿Por qué?

Ninameen duda un instante.

—Lo soñamos para ti —dice por fin—. Bril, Hanmer, Angelon, yo. Nuestro sueño. Para devolverte la alegría.

—¿Un sueño? ¿Sólo un sueño?

—Y los sueños terminan —dice Ninameen.

9

Una borrosa niebla los envuelve; las onduladas frondas emiten ahora densa luz rosada. Llueve brevemente. Muy lejos, quizás en lo alto de una montaña invisible pero elevada, una hembra se pone a sollozar y el sonido del llanto flota sobre el grupo, una serie de inquietantes lamentos de alguien abandonado.

—¿Qué es eso?-pregunta Clay a Hanmer.

—Es Mal, llorando en las montañas.

—¿Mal?

—Mal. Uno de los poderes que nosotros propiciamos.

—¿Tenéis dioses?

—Tenemos a los que son mayores que nosotros. Como Mal.

—¿Por qué llora él?

—Quizá de alegría —sugiere vagamente Hanmer.

El sonido del sollozo de Mal se apaga mientras el grupo prosigue su pausado caminar. La llovizna termina y desciende un húmedo calor, pero Clay, empapado, tiembla pese a ello. Empieza a sentir fatiga por primera vez desde su despertar. Es un extraño tipo de cansancio, cansancio metafísico cuya naturaleza aturde a Clay. No ha comido ni dormido en esta época, pero no está hambriento ni amodorrado. Y los músculos, aunque ha recorrido muchos kilómetros, no le duelen. Pero ahora tiene una nueva pesadez en los huesos, como si el tuétano estuviera convirtiéndose en acero, y su cabeza es una carga para su columna vertebral, y sus órganos se remueven y se pegan a las paredes de carne que los contienen. Finalmente, Clay piensa que lo que está experimentando es un rasgo del ambiente y no de su organismo: una emanación, una especie de radiactividad que mana de las rocas y sangra de la tierra.

—Cada vez estoy más cansado —dice, volviéndose hacia Ninameen—. ¿Y tú?

—Claro. Aquí sucede eso.

—¿Por qué?

—Estamos en la parte más antigua del mundo. La edad yace amontonada en nubes alrededor de nosotros. Es imposible no respirarla mientras avanzamos, y nos atonta.

—¿No sería más prudente sobrevolarla?

—No puede hacemos ningún daño. Es una incomodidad pasajera.

—¿Cómo se llama este lugar?

—Viejo —le informa Ninameen.

Viejo, así se llama. El cuerpo de Clay se condensa. Su piel se arruga. Hace brotar un manto de áspero pelo blanco en su pecho, su vientre y sus lomos. Sus genitales se marchitan. Sus tobillos se lamentan. Sus venas se comban. Sus ojos se nublan. Se queda sin aliento. Su espalda se encorva. Se le doblan las rodillas. Su corazón se desboca y funciona más despacio. Sus ventanas nasales resuellan. Clay se esfuerza en no respirar, temiendo estar inhalando edad en forma de venenoso humo, pero el mareo le abruma al cabo de unos instantes, y tiene que tragar aire en el lóbrego ambiente. Lo mismo les sucede a sus compañeros; la tersa y cerosa piel de los Deslizadores está agrietada y arrugada, su elástica zancada es un torpe arrastrar de pies, sus ojos están apagados. Los senos de las hembras se han transformado en horribles tetillas, planas y colgantes, con pezones ennegrecidos y corroídos. Los labios penden fláccidos, dejando al descubierto encías grises y sin dientes. Clay está preocupado por esos cambios; porque si los Deslizadores son eternos e imperecederos, ¿cómo es que están alterándose al atravesar los valles de Viejo? ¿O acaso han tenido el tacto de corromper su carne pensando en Clay, para que él no sienta vergüenza de su personal deterioro? Le han dicho tantas mentiras corteses que ya no confía en ellos. Quizás están soñando otra vez para él. Quizá su aventura no sea más que un sueño de Hanmer, una inquieta agitación entre el anochecer y el alba.

Clay se esfuerza en avanzar. Les ruega en silencio que le concedan un respiro en este lugar. Qué fácil sería, piensa él, que ellos recurrieran a sus pálidas y centelleantes nubes para brincar fuera de este depresivo cenagal en maravilloso vuelo. Pero ellos insisten en caminar. Clay avanza cada vez con más lentitud. La brillante fronda que ilumina su camino se ha contagiado de la senectud; se encorva y se dobla, y su fulgor ha decaído. La ruta es ascendente, con lo que la marcha es más dificultosa. Clay tiene seca la garganta y su lengua, hinchada, es un montón de ropa vieja en su boca. Glutinosas lágrimas gotean en los bordes de sus ojos y caen sobre su pecho. Clay recuerda a los hombres cabra, escamosos y horribles, cubiertos de espumarajos.

Invisibles animales chacharean en la maleza. La tenue luz de la fronda muestra a Clay dentudas bocas abiertas ante la base de todos los árboles próximos. Flores de oscuros pétalos exhalan un olor de fluido digestivo. Clay nota un tamborileo en sus sienes, frialdad en las entrañas. Cae dos veces, y dos veces logra levantarse sin ayuda. Viejo. Viejo. Viejo. El mismo universo está agonizando. Los soles han desaparecido, las moléculas yacen en inmóviles montones en el vacío, la entropía ha ganado su larga guerra. ¿Cuánto tiempo más? ¿Cuántos metros más? Clay no soporta la visión de su agostado cuerpo y, tembloroso, se deshace de la fronda, contento de librarse de la iluminación. Pero Bril, tras recobrarla, vuelve a ponerla en la mano de Clay.

—No debes condenarla a enraizarse en un lugar como este —le dice.

Y el alma de Clay se llena de pena y vergüenza y él mantiene asida la fronda, mientras trata de no mirar su cuerpo ni el de los demás.

Todos los colores se han desteñido. Clay ve las cosas en forma de negras sombras, incluso el fulgor de la fronda. Sus huesos se tuercen a cada paso. Las espirales de sus intestinos están remendadas y escamosas. Sus pulmones están desmenuzándose. Con violento esfuerzo, Clay se lanza hacia Hanmer —destrozado, arrugado- y murmura:

—¡Vamos a morir aquí! ¿No podríamos salir más aprisa?

—Lo peor ha pasado —dice Hanmer en voz sosegada e inalterable.

Es cierto. Aún están sumidos en la noche, pero el yerto dominio de Viejo va soltando de mala gana a Clay. La resurrección es gradual y prolongada. Latidos, jadeos y resoplidos cesan poco a poco; los síntomas de decadencia física desaparecen por momentos. El cuerpo de Clay se yergue. Su vista se aclara. Su piel cobra lisura. Sus dientes vuelven, brotan en las hinchadas encías. Su masculinidad surge triunfalmente. Pero ni siquiera su firmeza de mástil logra aliviarle del recuerdo del lugar donde ha estado y de lo que ha sufrido; todavía nota en su hombro las garras del tiempo, y no olvida detalle alguno de su incursión en la espantosa vejez. Clay camina con cuidado y reserva fuerzas. Consume aire con precaución. Le obsesiona la fragilidad de su estructura interna. Oye el arañazo de hueso sobre hueso, el áspero susurro de la oscura sangre que se abre paso entre agrandadas arterias. Confía poco en su renacimiento. ¿Ha terminado realmente la dura prueba, o acaso el restablecimiento es sólo un sueño dentro de un sueño? No. Ha recobrado la juventud, si bien matizada por sombríos indicios de mortalidad.

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