Las Baladas Del Ajo
- Автор: Янь Мо
- Язык: испанский
- Переводчик: Carlos Osses Torron
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Baladas Del Ajo». Краткое содержание книги:
La trama tiene lugar en el Condado Paraíso, una zona rural de China que apenas ha conocido cambios sociales en las últimas generaciones. Pero la pobreza desatará pasiones feroces que rompen con las antiguas tradiciones.
El Gobierno ha animado a los granjeros a plantar grandes campos de ajo. Éstos recorren enormes distancias con su cosecha, pagan elevados impuestos y, al final, descubren que es imposible venderlo porque los almacenes estatales están repletos. Los campesinos se sublevan y la represión se acentúa pero, incluso encarcelados, aún florecen entre ellos el amor y la lealtad.
– ¿Y qué me dices de tu padre?
– Es demasiado tacaño como para beberse una él solo.
Jinju se agitó repentinamente, retiró la colcha y se levantó. Miró el rollo de Año Nuevo que había colgado en la pared con un querubín vestido con un chaleco rojo sujetando un enorme melocotón rojo entre sus manos a modo de ofrenda.
– Ah, adjunto Yang, Viejo Maestro, padre -ése tenía que ser Cao Jinzhu; sólo de pensarlo se ponía enferma-, prueben un poco de esta delicia que mi hermano compró en el mercado del caballo. Dicen que sabe un poco como el Maotai, pero como nunca hemos probado el Maotai, no puedo asegurarlo.
Cao Jinzhu sorbió ruidosamente un par de veces.
– Nuestro amigo Octavo Tío ha viajado mucho. Si alguien lo ha probado, ése es él.
El adjunto Yang rió con suficiencia.
– Sólo un par de veces. Una vez en la casa del secretario del Partido Geng y otra en casa de Zhang Yunduan. Ochenta yuan por botella no suponen nada para alguien tan rico como Zhang.
– Vamos, Octavo Tío, dinos si sabe como el Maotai -apremió Hermano Mayor.
Jinju le escuchó relamerse los labios e imaginó que habría tomado un trago.
– ¿Y bien?
Debió tomar otro, porque Jinju escuchó cómo volvía a relamerse.
– Bueno, maldita sea, realmente sabe un poco como el Maotai.
– Fantástico -dijo el padre-. Bebamos.
El querubín que había en la pared bajó la mirada hacia Jinju como si quisiera salir del cuadro.
Liu Jiaqing se aclaró la garganta.
– Padre de la novia -dijo-, he escuchado que la chica tiene mucho genio.
– No es más que una niña -replicó el padre- y la mitad de las veces no sabe lo que hace. Es impetuosa, pero no se va a salir con la suya mientras me quede un gramo de aliento en el cuerpo.
– No es extraño que alguien tan joven tenga ideas propias -zanjó Cao Jinzhu-. Wenling es igual. Cuando se enteró de que Jinju quería romper el acuerdo, montó tal escena en casa que su madre y yo tuvimos que darle una paliza.
– Dame, padre, deja que te llene el vaso -dijo Hermano Mayor.
– No quiero más, ya he bebido bastante -objetó Cao Jinzhu-. Esta bebida enseguida se me sube a la cabeza.
– Eso es lo que hace una buena bebida -dijo el adjunto Yang-. Pero una vez que la chica es adulta, no deberíais golpearla. En nuestra nueva sociedad, va contra la ley golpear a una chica, aunque sea tu propia hija.
– ¡Me importa un rábano la ley! -espetó Cao-. Si no hace lo que se le dice, la golpeo. ¿Quién va a impedírmelo?
– No seas testarudo -dijo el adjunto Yang-. ¿Un poco más de bebida? Si hay una cosa a la que no tiene miedo el Partido Comunista es a las personas cabezotas como tú. Va contra la ley golpear a una persona y como no hay duda de que tu hija es una persona, golpear a tu hija es, por definición, golpear a una persona y, por lo tanto, golpearla va contra la ley. Si quebrantas la ley, te van a detener. Tú ves la televisión, ¿verdad? Cuando el gobernador incumplió la ley, se lo llevaron esposado, como si se tratara de una persona más. No me dirás ahora que tú eres más importante que el gobernador, ¿verdad? Si me preguntas, te diré que no eres más que un apestoso trozo de ajo.
– ¿Y qué si lo soy? -replicó enojado Cao Jinzhu. Desde dentro sonó como si se acabara de poner de pie ruidosamente-. Si no fuera por los pedazos de ajos apestosos como nosotros, los peces gordos del gobierno como tú tendríais que rellenar la panza con el viento del noroeste. Son nuestros impuestos los que pagan vuestros sueldos y os llenan la mesa de buen vino y suculenta comida, para que luego no hagáis más que pensar en la manera de chuparle la sangre al pueblo.
– Viejo Cao -el adjunto Yang se había puesto de pie y probablemente estaba apuntando a Cao Jinzhu con un palillo chino-, suena como si tuvieras cuentas pendientes con el Partido Comunista. ¿Acaso sois los únicos que pagáis nuestros sueldos? ¡Eso son bobadas! Estamos en un subsidio gubernamental y si nos pasáramos todo el día tumbados a la sombra observando cómo trepan las hormigas por los árboles seguiríamos cobrando nuestro sueldo. Tu ajo podría pudrirse hasta que no fuera más que un mejunje infecto y yo seguiría cobrando mi sueldo.
– Muy bien -intercedió el padre-, ya es suficiente. Ahora somos familia, así que deberíamos apoyarnos mutuamente, en lugar de pelear.
– Es una cuestión de principios -insistió el adjunto Yang.
– ¿Es que no has escuchado lo que un anciano acaba de decir? -intervino Liu Jiaqing-. No es fácil establecer lazos familiares hoy en día y como los asuntos nacionales tienen muy poco que ver con nosotros, ¿por qué nos vamos a preocupar por ellos? Será mejor que nos ocupemos de los asuntos locales, como emborracharnos.
– ¡Bien dicho, emborrachémonos! -repitió Hermano Mayor-. ¿Quieres un poco más de vino, Tío?
– Hermano Mayor -dijo el adjunto Yang-. Os lo advierto a los dos. Veamos, ¿dónde está tu hermano?
Hermano Mayor le dijo que se había marchado.
– En cualquier caso, habéis golpeado a Gao Ma muy gravemente.
– ¡Podrían haber golpeado a ese bastardo hasta la muerte y aún así no haber acabado de ajustar las cuentas! -dijo el padre.
– Cuarto Tío -prosiguió el adjunto Yang-, te comportas como si hubieras perdido el juicio. Sólo digo que es ilegal golpear a la gente.
– Ha deshonrado a mi familia. Él es la razón de que Jinju se comportara así.
– Interferir en los planes de boda de los demás es un asunto feo -dijo Liu Jiaqing.
– Gao Ma ha presentado una denuncia contra ti -explicó el adjunto Yang-. Le he echado, pero sólo porque somos familia. Si se hubiera tratado de otra persona, no me habría molestado.
– Estamos muy agradecidos -dijo Hermano Mayor.
– Dile a tu hermano que no vuelva a levantarle la mano a nadie.
– Octavo Tío, sabes tan bien como cualquiera, que mi hermano y yo hemos sido ciudadanos honrados y respetuosos con la ley desde nuestra infancia. No habríamos recurrido a la violencia si no nos hubiera deshonrado.
– Si tienes que golpear a alguien, dale en el trasero, no en la cabeza.
– ¿Qué opinas, Octavo Tío? ¿Qué crees que va a hacer?
– En un caso como éste…
Todos bajaron la voz, así que Jinju se acercó a la ventana y apoyó la oreja contra el papel pintado para escuchar lo que estaban diciendo.
– Wengling no tiene más que diecisiete años, es demasiado joven como para registrarse como una mujer casada -dijo Cao Jinzhu.
– ¿Hay alguna triquiñuela que podamos utilizar?
– ¿Me estás pidiendo que haga algo improcedente?
– Lanlan no tiene más que dieciséis años, lo que es todavía peor.
– El registro censal de Wengling se puede cambiar, pero no el de Lanlan. Estamos hablando de un municipio distinto y por muy largos que sean mis tentáculos, no puedo abarcar todo el cielo…
– Di a la chica que salga y déjame hablar con ella -dijo Liu Jiaqing en voz alta. Su discurso sonó un poco borroso.
– Ve a buscarla -dijo el padre. Su voz también sonó borrosa.
Jinju se apartó rápidamente de la ventana y se tumbó en el kang, tapándose la cabeza con la colcha. Las pisadas se acercaban cada vez más y cuando se escondió en la oscuridad, comenzó a temblar.
Los días pasaron rápidamente hacia el final del cuarto mes lunar. Jinju ya no era vigilada tan estrechamente como antes: la puerta dejó de estar cerrada con llave y tenía permiso para salir durante el día. Hermano Mayor, que la trataba mejor que nunca, incluso le compró un par de zapatos de piel de cerdo, que ella se limitó a arrojar a los pies del kang sin ni siquiera mirarlos.
La mañana del día veinticinco, Hermano Mayor le dijo:
– En lugar de pasarte todo el día deambulando por casa con cara mustia, ¿por qué no vienes a ayudarme a coger alubias? Segundo Hermano ha ido a ayudar al adjunto Yang a hacer briquetas y no me las arreglo solo.