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La Fragancia De La Flor Del Café

Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:

Brasil, año 1884. En el valle del río Paraíba, los terratenientes y sus familias llevan una vida lujosa y despreocupada gracias al trabajo de sus esclavos en las plantaciones de café. Vitória aspira a más, a mucho más. Vita, como todo el mundo la llama, es hija de uno de los más ricos «barones del café». Posee una belleza extraordinaria, es inteligente, hábil en los negocios, con un carácter fuerte e independiente, y es considerada el mejor partido del valle. Cuando Vita conoce a León Castro, un periodista atractivo y enigmático, su vida cambia. León es abolicionista y lucha fervientemente contra la esclavitud y por lo tanto contra los intereses de la familia de Vita. A pesar de estas diferencias insuperables se enamoran perdidamente. Desde un inicio su amor está marcado por desencuentros. Una y otra vez los caminos de Vita y León se cruzan y se separan, pero ni el tiempo ni los reveses de la fortuna pueden con su pasión.
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
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– ¡Vita, no puede ser! ¿No querrás escribirle en serio en ese tono?

Iniciaron un nuevo debate, pero Vitória tenía otra vez mejores argumentos.

– ¿Sabes, Eufrasia? En el fondo la carta es todavía muy suave. ¿Acaso le dirías “por favor” a un esclavo cuando le ordenas algo?

– Bueno, sí, en sentido estricto tú tampoco mantendrías nunca correspondencia con un esclavo. ¿O conoces a alguno que sepa leer y escribir?

Eso, pensó Vitória, también era cierto. ¿Quizás no debía seguir ese juego con León en la carta? ¡Ay, no, era demasiado excitante! Siguió escribiendo:

Ocúpate también de mandarnos un coche a la estación. Nos encontraremos la tarde del xx de octubre en Río.

En casa, cuando tuviera la autorización de sus padres y los datos exactos del viaje, escribiría la carta en limpio y pondría la fecha.

Saludos a nhonhô y a los senhores Joao Henrique de Barros y Aaron Nogueira. ¡Y no los molestes con tus descaradas observaciones!

Al pie de la hoja llena de manchones de tinta, palabras tachadas y garabatos ilegibles Vitória escribió con energía su pomposo nombre completo:

Vitória Catarina Elisabete da Silva e Moraes.

¡Sí, no estaba mal! Firmaría así, y con la ayuda de una buena pluma su firma impondría más.

– No creo que llegues a enviar esa carta. En casa te entrarán las dudas y al final escribirás un par de líneas banales.

– ¡Claro que la voy a enviar, al fin y al cabo fue idea mía escribirla así y no de otro modo! Pero venga, si no me crees: vamos a escribirla ahora mismo en limpio y la mandamos.

Eufrasia corrió a su habitación y de su escritorio Luis XV, que había conseguido poner a salvo de los acreedores, tomó un pliego de papel de tina, un sobre, una pluma y tinta.

Encontró incluso un sello. Tenía que darse prisa antes de que Vita cambiara de opinión. ¡Eso sí que era una aventura de las que le gustaban! ¡Dios mío, como escribiera y mandara realmente esa carta…!

De vuelta en el salón observó a Vitória. Se mordía el labio inferior mientras intentaba dar a su escritura un aire más adulto. El primer intento fracasó. Rompió el papel y lo tiró al suelo furiosa.

– ¡Eufrasia, no puedo! Mi letra es la de una niña buena haciendo caligrafía. ¿Tienes más papel de cartas?

– Sí, pero será mejor que practiques en una hoja normal antes de que los agotes todos.

Vitória siguió practicando. Tras cuatro intentos pareció estar algo más satisfecha.

– ¿Qué te parece? Esta podría ser de una dama, pero sin adornos. Sencilla, pero cuidada.

Una vez terminada la carta con una fecha aleatoria, Vitória la metió en un sobre en el que escribió las señas con la misma letra recién aprendida. Eufrasia calentó lacre, dejó caer una gota en la parte posterior del sobre y estampó encima el sello de Vitória con el escudo del barón de Itapuca. Luego pegó el sello de correos y puso la carta en el aparador.

– La voy a enviar. Además, ya va siendo hora de que yo salga de aquí. Mañana iré con Silvia a Valença, allí la echaré al correo.

– Sí, y de camino puedes pasar por Boavista para contarle a dona Alma la triste historia que te obliga a viajar a Río.

– Pero antes tienes que hablar tú con mi madre. Mejor hoy, ya que estás aquí.

A Vitória le horrorizó la idea de tener que ver a dona Isabel. Ya era insoportable cuando todo iba bien. ¿Cómo sería ahora, que se encontraba fatal? Pero era inevitable si no quería perder la oportunidad de salir con León.

– ¿Puedes ir preparándola?

– Claro. Espera un momento. Hablaré con ella, y luego te llamo.

Eufrasia subió al piso de arriba. Poco después bajó Silvia. Era evidente que Eufrasia había mandado a la esclava. En el brazo llevaba un vestido que Vitória conocía. Probablemente se lo hubiera regalado dona Isabel a su esclava.

– ¡Sinhá Vitória, qué alegría que vuelva a visitarnos!

– Sí, Silvia, yo también me alegro. Aun cuando las circunstancias no den mucho motivo de alegría…

– ¡Jesús, a quién se lo dice! Sinhá dona Isabel está enferma de tanta preocupación, a sinhá Eufrasia no hay quien la reconozca con tantos disgustos, y a los chicos apenas los vemos por aquí. ¡Qué horrible desgracia!

La maliciosa expresión del rostro de Silvia desmentía sus palabras. Por su aspecto no parecía preocuparse mucho por la situación. Tenía mucho más trabajo que antes, al fin y al cabo ella era todo el personal que les quedaba a los Soares. Pero parecía agradarle aquel aumento de responsabilidad… y de importancia. Precisamente ella, la jorobada, no había sido vendida. ¡Incluso había ascendido a doncella de dona Isabel! Una doncella que también tenía que cocinar, coser y limpiar, pero una auténtica doncella que tenía acceso a la habitación de la señora y a todos los asuntos personales de la familia.

A Vitória no le gustó la pantomima de Silvia.

– ¡Y qué mal aspecto tiene todo esto! Deberías preocuparte más de la casa y menos del vestuario de dona Isabel, que seguro que ahora no lo utiliza mucho.

Silvia se estremeció.

– ¡Pero sinhá, si no sé ni dónde tengo la cabeza de tanto trabajo! Y dona Isabel me tiene ocupada todo el día: creo que su estado anímico es más importante que los muebles.

– Sí, por supuesto, pero de eso sabe más el Padre Paulo que tú. Mañana le veré, y le diré que venga por aquí. Y seguro que tú tienes algún que otro pecado que confesar, ¿no?

Silvia tragó saliva, pero se abstuvo de responder. Con una leve reverencia escapó lo más deprisa que pudo del estricto examen al que le estaba sometiendo Vitória. Ésta se quedó asombrada. Eufrasia no le había dicho nada. Y eso que siempre había tenido una cierta vena autoritaria. ¿Por qué dejaba ahora que una esclava hiciera lo que quisiera? Tenía que hablar con Eufrasia sobre ello antes de regresar a Boavista.

– ¡Vita, sube! -dijo la voz de su amiga.

Cuando Vitória subió la escalera, Eufrasia, inclinada sobre la barandilla, le susurró:

– Sé breve. No está de muy buen humor.

Pero la conversación con dona Isabel se desarrolló mejor de lo esperado. Vitória mostró su lado más amable, sin dejar que se notara ni su compasión ni su asombro por los cambios que se habían producido en el rostro de dona Isabel. Esta creyó su historia y dio permiso a Eufrasia para viajar a Río. El primer obstáculo estaba salvado.

Antes de despedirse Vitória le dio a Eufrasia todo tipo de consejos sobre cómo debía tratar a Silvia y lo que debían hacer tanto ella como su madre para cambiar de actitud. «Arrancad las malas hierbas de vuestro jardín. Os volveréis a sentir vivas». Eufrasia la miró sin comprender. El asombro permaneció en su mirada mientras Vitória subía a su caballo, de un modo no muy femenino, y desaparecía de su vista al galope.

Tras ella se levantó una nube de polvo. Hacía semanas que no llovía. Vitória tomó un camino que cruzaba un pequeño bosque y por el que podría cabalgar un trecho a lo largo del río. Necesitaba aire libre y ejercicio para olvidar el sofocante ambiente de Florença, que amenazaba con afectarle también a ella. Y necesitaba tiempo para poder pensar en la carta de León. ¿Había exagerado? ¿Pensaría él que era una boba estúpida? ¿Anhelaba el encuentro tanto como ella? ¿O sería tan sólo una más de sus muchas acompañantes? ¿Cómo podía saberlo si no viajaba a Río? A su hermano no podía preguntárselo. Pedro se reiría de sus sentimientos y, además, probablemente no le gustara que su hermana pequeña saliera con un hombre como León.

Y suponiendo que el viaje transcurriera según los planes previstos, ¿qué harían después del teatro? ¿Las llevaría León a casa con toda formalidad? ¿O le propondría a ella ir a cenar? ¿Debía aceptar? ¿Cómo podría deshacerse de Eufrasia? Vitória estaba acostumbrada a tratar con los hijos de los fazendeiros, con los Rogérios y Arnaldos y Edmundos del valle, y con ellos nunca se había puesto tan nerviosa. Pero sólo pensar en el encuentro con León la hacía temblar de la cabeza a los pies. ¡Qué deliciosa sensación! Ojalá pudiera disfrutarla durante más tiempo.

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