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Электронная книга - «Ha estallado la paz». Краткое содержание книги:

Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.
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Otra sorpresa minúscula: se produjo el previsto relevo del Delegado Provincial de Sindicatos. El indolente camarada Arjona, casado y con tres hijos, cedió el puesto al activo camarada Jesús Revilla, casado y también con tres hijos. Al camarada Arjona se le agradecieron, de palabra y por escrito, los servicios prestados y partió para Madrid, "donde tenía amigos que le explicarían el porqué de aquella humillación y le echarían una mano". El camarada Jesús Revilla, de oficio profesor mercantil y pedantón de carácter, con treinta y seis años sobre la camisa azul, que en la guerra había perdido un ojo pero se había ganado la amistad de varios consejeros nacionales, en su obligada visita a las autoridades afirmó que llegaba dispuesto a remozar de arriba abajo la organización sindical y a defender los derechos de los "productores" contra cualquier intento de oligarquía.

El general Sánchez Bravo, oyéndolo, tosió varias veces de forma tal que Nebulosa, de guardia en el pasillo, pensó: "Ése no se toma aquí una gota de González Byass". Por su parte, el obispo le dijo, al tiempo que le daba su bendición: "Que Dios lo ayude en su labor, hijo mío". El Gobernador fue, sin comparación posible, el más efusivo de los tres. Le pareció que Jesús Revilla, que era vasco, tenía dotes de mando y buena voluntad. "Estaré a tu disposición siempre que me necesites". Y luego le hizo patente que uno de los principales problemas con que debería enfrentarse sería el de la ironía de los catalanes. "Los vascos sois un poco duros, esa es la verdad. Aquí la gente tiene una agilidad mental que desconcierta. Su sentido crítico es feroz, sobre todo con respecto a los que ocupamos cargos oficiales. En principio, nos consideran francotiradores. Prefieren un buen carpintero a un Delegado de Hacienda. Procura que de vez en cuando te vean junto a tu mujer y tus hijos. Esto les impresiona mucho: la familia. Un buen padre de familia es aquí muy respetado. En fin, ya te irás enterando. ¡Y no se te ocurra decir que el Mediterráneo te parece un lago! No te lo perdonarían. Y algún domingo que otro, vístete de paisano… Eso te dará mucho prestigio".

Otra sorpresa, ésta un poco mayor, la dio el general Sánchez Bravo el día en que, por fin, se puso la primera piedra para la construcción de los nuevos cuarteles, en los solares regalados por la viuda de Oriol, cerca de la estación de Olot. El general, que solía ser parco en sus arengas, en esta ocasión se remontó a las nubes, ante el asombro de su esposa, doña Cecilia, la cual, al regresar a casa le preguntó, mientras se quitaba su nuevo sombrero y sus guantes blancos: "Pero ¿qué te ha pasado? ¿Comiste pico de loro?".

Nada de eso. Simplemente, el general echaba chispas porque un alto jefe militar, compañero suyo de promoción, residente en Madrid, lo había llamado por teléfono asegurándole que todo lo que él pudiera contarle respecto a los manejos del- coronel Triguero eran minucias comparado con lo que ocurría en la capital de España. "Te lo dije por carta y no me creíste; pero es así -le informó su amigo-. Están sucediendo cosas graves. Los ingleses ofrecen sistemáticamente el doble de lo que ofrece Alemania por nuestro mercurio, por nuestras piritas, por nuestra badana, etcétera. ¡Y hay compañeros tuyos y míos que están entrando en el juego! ¿Me oyes…, me oyes? ¿Sí? Pues continúo… Vente un día por Madrid y te contaré lo último que ha ocurrido con las veinte mil toneladas de leche en polvo que la Cruz Roja Americana nos ha enviado… Rrrrr… Rrr… Rrrrr… ¿me oyes…? Rrr… Rrrr… Rrrrr…"

Fue una lástima. El teléfono no funcionaba como era debido, y la conversación se cortó. Pero el general tuvo la impresión de que su colega de Madrid había intercalado nombres importantes, entre los "responsables de las cosas graves que ocurrían". De ahí que su discurso al colocar la primera piedra para los nuevos cuarteles fuera larguísimo, apasionado -Carlos Civil, representante de Emer, se puso a temblar- y terminara diciendo: "No permitiremos que aves de rapiña, sea cual sea su apellido, se aprovechen de la sangre vertida por nuestros soldados. Si es preciso, desenvainaremos de nuevo nuestra espada".

Todo el mundo se quedó de una pieza. Fue una sorpresa de tamaño natural.

Otra, en el transcurso de aquel mes de noviembre, corrió a cargo de Carlota, condesa de Rubí. Carlota anunció a sus amistades que… era casi seguro que estaba encinta. ¡Ah, las diabluras de su marido, alcalde de la ciudad! Por fin le había hecho caso al doctor Morell y se había ido a Barcelona a operarse; y el resultado ahí estaba. Carlota notaba un temblor inédito en las extrañas. "Puede tratarse de una falsa alarma, pero no lo creo… Tengo el presentimiento de que será verdad". Sus amigas la felicitaron de corazón. Sabía lo que aquello significa para Carlota. Una mujer de la nobleza catalana debía tener hijos. No iban a tenerlos únicamente las pobres mujeres que habitaban en los agujeros de Montjuich. "¡Oh, qué alegría, María del Mar! Ésa será la mejor "Ventana al mundo" que mi marido habrá escrito".

Otra sorpresa, que afectó de manera un poco más trascendental a la colectividad gerundense. Su protagonista fue en esta ocasión el padre de Gracia, el doctor Andújar. En efecto, el hombre consiguió, ¡ya era hora!, que la gente se enterara de una vez para siempre de que él no era simplemente "un médico de locos", sino que podía ayudar con eficacia a muchas personas, que, siendo normales, padecían no obstante de trastornos ambiguos, ilocalizables, que ni ellas mismas, y mucho menos sus familiares, podían definir.

La fórmula del éxito del doctor Andújar consistió en unas charlas radiofónicas diarias, de cinco minutos de duración, tituladas "Píldoras para pensar". Nunca los gerundenses habían oído nada parecido. Hiciéronse tan populares como los seriales y como los discos dedicados. Cabe decir que el prestigio personal del doctor Andújar había ido en aumento, aparte de que en los escaparates de las librerías acababa de aparecer una monografía suya titulada sugestivamente: "¿Está usted triste sin saber por qué?", que llamó mucho la atención y que mereció un muy elogioso comentario del doctor Chaos en Amanecer. A todo lo cual cabía añadir la grata simpatía que despertaba en todas partes el modélico comportamiento, sin ñoñerías, de sus ocho hijos, de los que se decía que iban a formar una orquesta "de cámara". "Un hombre que educa así a su familia -decía la gente- es que tiene algo en la cabeza".

¡Vaya si tenía algo en la cabeza el doctor Andújar! Sus charlas lo demostraron. En ellas trató, manejando un lenguaje al alcance de la mentalidad común, de las personas que iban encerrándose en sí mismas, rehuyendo el contacto con los demás; de las que tan pronto estaban eufóricas como perdían las ganas de vivir; de las que notaban crecientes sentimientos de aversión hacia sus seres queridos; de las que al encontrarse en un local cerrado sentían que les faltaba el aire; de las que se mareaban al cruzar una plaza desierta; de las mujeres que si se les moría un pajarillo salían fuera de la población y, anegadas en llanto, lo enterraban, etcétera.

Todas estas personas -dijo el doctor- suelen ser víctimas de incomprensión por parte de quienes las rodean. Se dice de ellas, despectivamente, que son histéricas, o neurasténicas, que lo que persiguen es ser miradas, que han nacido para dar la lata y que lo mejor es no hacerles caso o tratarlas con el bastón. Grave error. Los familiares deben saber que tales personas sufren mucho, que su sufrimiento es real, no imaginario ni fingido, y que el hecho de que al preguntárseles: "Pero, vamos a ver, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás así? ¿Por qué llevas media hora mirando ese jarrón?", no sepan qué contestar, no significa que no necesiten ayuda. Todo lo contrario. La necesitan más que si tuvieran el tifus o padecieran de anemia. Porque su mal no es meramente físico sino que de él participa el alma".

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