La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– ¿Puedo despedirme de mi hijo?
– Sólo si nos permite acompañarlo a su habitación.
– No quiero despertarlo. ¿Me permite unos instantes a solas con mi familia?
Los guardias se apostaron junto a las puertas y ventanas.
– La semana pasada -dijo el oficial-, un individuo me pidió que le dejara ir a besar a su hija y se saltó la tapa de los sesos. Otro que vivía al otro lado del río se arrojó por la ventana de un cuarto piso y se partió el cuello.
– No comprendo por qué se tomó la molestia -dijo Camille-, cuando el Estado lo hubiera hecho por él.
– Espero que no nos cause ningún problema -dijo el oficial.
– Descuide -contestó Camille.
– Coge unos libros para que no te aburras -dijo Lucile, tratando de mostrarse fuerte y valiente.
– Sí, es una buena idea.
– Apresúrese -dijo el oficial, apoyando la mano en el brazo de Camille.
– ¡No! -exclamó Lucile, arrojándose en los brazos de su marido y besándole.
– Vamos -dijo el oficial-. Apártese, ciudadana.
Pero Lucile se abrazó con fuerza al cuello de Camille, negándose a soltarte. Tras unos instantes de forcejeo, el oficial consiguió apartarla, pero ella se volvió y le asestó un puñetazo en la mandíbula. Sintió la sacudida de un impacto, y súbitamente cayó al suelo fulminada. Me han aplastado como a una mosca, como a un bicho, pensó. Me han matado.
Estaba sola. Los guardias se habían llevado a Camille. Lucile se incorporó. No estaba herida. Cogió un cojín del sofá y lo estrechó entre sus brazos mientras se balanceaba suavemente. Deseaba gritar, pero el grito que quería proferir, las palabras de amor que quería pronunciar, se quedaron atascados en su garganta. ¿Qué sucederá ahora?, se preguntó. Tenía que vestirse. Tenía que escribir unas cartas y enviarlas. Iría a ver a todos los diputados, a los miembros de todos los comités. Tenía que actuar rápidamente, pensó, mientras seguía sentada en el suelo, balanceándose de un lado al otro. Existe el mundo auténtico y un mundo de sombras chinescas; el mundo de la libertad y la fantasía y el mundo real, en el que observamos año tras año a las personas que amamos mientras tratan de liberarse de sus cadenas. Al cabo de un rato se levantó del suelo, sintiendo que los grilletes le atenazaban los tobillos. Estoy ligada a ti para siempre, pensó.
A pocos pasos de allí, en la Cour du Commerce, Danton echó una ojeada a la orden de arresto. Tenía prisa. No pidió permiso para despedirse de sus hijos y besó brevemente a su esposa en la cabeza.
– Cuanto antes me marche, antes regresaré -dijo-. Nos veremos dentro de un par de días.
Tras esas palabras, salió escoltado por los guardias.
A las ocho de la mañana, en las Tullerías.
– ¿Querías vernos? -preguntó Fouquier-Tinville.
– Sí -contestó Saint-Just, sonriendo.
– Creíamos que íbamos a entrevistarnos con Robespierre -dijo Hermann.
– No, ciudadano presidente, conmigo. ¿Alguna objeción? -preguntó Saint-Just, sin invitarles a sentarse-. A primeras horas de la mañana hemos arrestado a cuatro personas: Danton, Desmoulins, Lacroix y Philippeaux. He redactado un informe sobre el caso que entregaré hoy mismo a la Convención. Deseo que dejéis lo que tengáis entre manos y que iniciéis de inmediato los preparativos del juicio. Es urgente.
– Un momento -protestó Hermann-. ¿Qué clase de procedimiento es este? La Convención todavía no ha autorizado los arrestos.
– Es una simple formalidad. Supongo que no irás a pelearte conmigo sobre ese detalle -contestó Saint-Just.
– ¿Pelearme contigo? Permíteme que te recuerde la situación. Todo el mundo sabe, aunque nadie puede probarlo, que Danton ha aceptado sobornos. Todos sabemos también, y las pruebas abundan, que Danton derrocó a Capeto, instituyó la República y nos salvó de la invasión. ¿De qué vas a acusarlo? ¿De falta de fervor?
– Si dudas de que existen cargos muy graves contra Danton puedes examinar esos papeles -respondió Saint-Just, indicándole unos documentos que yacían en la mesa-. Como verás, algunos párrafos están escritos por Robespierre y otros por mí. Puedes pasar por alto los párrafos de Robespierre que se refieren a Camille Desmoulins. Son meros pretextos. Cuando hayas terminado de leer los tacharé.
– Eso es una sarta de mentiras, es absurdo -afirmó Hermann, tras revisar los documentos.
– Es lo de siempre -contestó Fouquier-. Conspiró con Mirabeau, con Orléans, con Capeto y con Brissot. Estamos acostumbrados a resolver esas situaciones. De hecho, fue Camille quien nos enseñó cómo hacerlo. La semana que viene, si los jueces emiten rápidamente un veredicto, podremos añadir «conspiró con Danton». En cuanto muere uno de ellos, el haber tenido tratos con él se convierte en un crimen imperdonable.
– ¿Qué vamos a hacer cuando Danton se ponga a actuar para el público de la galería?
– Si es necesario, lo amordazaremos.
– ¡Qué dramático! -exclamó Fouquier-. Según tengo entendido, los cuatro acusados son letrados.
– Vamos, ciudadano, no te desanimes -dijo Saint-Just-. Siempre has sabido estar a la altura de las circunstancias. Me refiero a que siempre has demostrado tu lealtad hacia el comité.
– Sí. Tú eres el Gobierno -respondió Fouquier.
– Si no recuerdo mal, Camille está emparentado contigo, ¿no es cierto?
– Sí. Creí que también era pariente tuyo.
– No, no lo creo -le contestó Saint-Just, frunciendo el entrecejo-. Confío en que ese hecho no influya en tu ánimo.
– Siempre procuro cumplir mi trabajo lo mejor que puedo -replicó Fouquier secamente.
– No me cabe duda.
– Por tanto te agradecería que no volvieras a sacar esa circunstancia a colación.
– ¿Te cae bien Camille? -le preguntó Saint-Just.
– ¿A qué viene esa pregunta? Creí que habíamos acordado que nuestro parentesco no influía para nada en el caso.
– No importa, déjalo. No es necesario que respondas. Como bien recordaréis, os he dicho que se trataba de un asunto muy urgente -insistió Saint-Just.
– Sí -contestó Hermann-. El comité tendrá que apresurarse.
– El juicio debe comenzar mañana o pasado mañana. Preferiblemente mañana.
– ¿Te has vuelto loco? -preguntó Fouquier.
– No me gusta ese tono -replicó Saint-Just.
– Pero las pruebas, las acusaciones…
Saint-Just señaló con el dedo los documentos que yacían ante él, sobre el escritorio.
– Los testigos… -dijo Hermann.
– ¿Para qué necesitamos testigos? -replicó Saint-Just, impaciente-. Está bien, reúne a unos cuantos.
– ¿Cómo podemos a citar a los testigos si no sabemos a quién van a llamar al estrado?
– Te aconsejo que no permitas que declare ningún testigo de la defensa -dijo Saint-Just, dirigiéndose a Hermann.
– Una pregunta -dijo Hermann-. ¿Por qué no envías a unos asesinos para que los mate en sus celdas? No soy un dantonista, pero esto es un asesinato a sangre fría.
– Vamos -contestó Saint-Just, enojado-, te quejas de que el tiempo apremia, y luego lo malgastas con cuestiones frívolas. No he venido a responder a esas ridiculeces. Sabes de sobra la importancia que tienen esos asuntos ante la opinión pública. Bien, las siguientes personas serán acusadas junto con las otras cuatro que ya he citado. Hérault, Fabre…
– Los documentos ya están listos -respondió con tono seco Fouquier.
– Chabot, el estafador, y sus socios Basire y Delaunay, ambos diputados…
– Para desacreditarlos -dijo Hermann.
– Así es -respondió Fouquier-. Los mezclaremos con los políticos, los estafadores y los ladrones. La gente supondrá que si juzgamos a uno de ellos por fraude, los demás deben de ser de su misma calaña.
– ¿Me permites que prosiga? Añadiremos el grupo de extranjeros: los hermanos Frei, el banquero español Guzmán y el hombre de negocios danés, Diedrichsen. Ah, olvidaba al abad D’Espanac, el proveedor del Ejército. Los cargos son conspiración, fraude, especulación monetaria, tratos con potencias extranjeras, etcétera. Lo dejo en tus manos, Fouquier. Disponemos de multitud de pruebas contra todos ellos.