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Электронная книга - «Las Mujeres De Adriano». Краткое содержание книги:

Se ha dicho cl?sicamente que los autores no deber?an medirse por su capacidad de crear grandes h?roes o villanos, sino tambi?n hero?nas de carne y hueso. Una clave narrativa de Aguilar Cam?n es la construcci?n de admirables personajes femeninos. Las mujeres de Adriano es varias cosas: una novela de pasiones cruzadas-la sexta del autor-, un poema dram?tico, un brevario de amores, una escuela de la memoria, una calle con cinco sentidos. Y al final, la vaga melancol?a que nos depara la terminaci?n de un gran libro. Las mujeres de Adriano es una historia perdurable que se va como agua. P?gina tras p?gina el lector quiere saber m?s de esta confesi?n radical y risue?a, que rompe con los prejuicios m?s a?ejos y tradicionales sobre el amor.
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»En el amor, todo es más lento con la edad. También, a veces, más intenso. El orgasmo en el joven es un llamado del más acá, una afirmación de la vida. En el viejo el orgasmo es un llamado del más allá, un asomo a la muerte. Redimí todas las boletas de empeño e hice traer todos los muebles al departamento, hasta reponerlo en sus más ínfimos detalles. Puse una renta mensual en manos de Regina. Cuando esa seguridad llegó, tuvo un colapso nervioso del que volvió luego de una cura de sueño. Se había ido pálida y espiritual. La devolvieron sanguínea y glotona, como no la había visto en mi vida. Comía chocolates por primera vez, golosa y torvamente. Se dejó crecer las lonjas sin culpa en un cuerpo que había estado siempre seguro de sus buenas líneas, lo cual hace siempre, durante toda la vida, cierta diferencia con quienes fueron gordos de arranque. Permítame esta digresión banal sobre los cuerpos. Quienes han sido gordos desde que recuerdan están siempre incómodos dentro de sí mismos. Quienes han sido esbeltos están a gusto dentro de sí aun si la vida los embarnece como gordos originales. La única excepción a esta molestia original del cuerpo de los gordos, es el de los gordos con ritmo, los gordos que desde pequeños bailaban bien, recibían en su cuerpo el llamado de la música. Pero esas son excepciones de la grasa, no su norma. Fin de la digresión. Regina engordó y comió esos días como si fuera la flaca sin culpa que siempre fue. Yo fui el goloso compañero de ese modo extraño que ella tuvo de envejecer engordando, luego de haber sido toda su vida una palmera que mecía el viento, como las que había en el parque frente a su penthouse.»

– ¿Qué me está contando usted? -le dije-. ¿Recobró a sus mujeres?

– Recobrar es un verbo exigente. La idea de que eran "mis" mujeres, es más exigente aún.

– ¿De quién sino de usted?

– De ellas mismas -dijo Adriano-. De nadie más. Fueron mujeres de muchos hombres y yo sólo de ellas. No me quejo: una más me hubiera abrumado, me hubiera quitado la unidad de las otras. Quizá pueda intentar una recapitulación en nuestra siguiente cita. Ahora se me ha acabado la pila. Hable usted, cuénteme de esa mujer policía que mató a sus dos amantes por infieles.

En la última comida que dedicó al tema, Adriano hizo algo semejante a la recapitulación prometida.

– Me pregunto lo que pensaría de mi relato cualquier mujer inteligente de estos días -dijo Adriano-. Quizá lo encuentre más cínico o más promiscuo de lo que es en realidad. Quizá lo vea sólo como lo que es en mi memoria, la parábola de una bienaventuranza. Me pregunto cuál sería la opinión de las mujeres que son parte del relato. Les molestarán los detalles, supongo, la aglomeración. Ninguna desconoce el cuadro, pero ninguna lo ha visto de cerca, en todos sus detalles. Se preguntarán: ¿después de todo, éste a quién quiso más? Una pregunta competitiva, típicamente masculina, que nunca falta en las mujeres: "Mi marido habrá sido un mujeriego, pero a nadie quiso como a mí", etcétera. Me pregunto si mis mujeres se llamarán a escándalo, como alguna vez hicieron, por, llamémosla así, la multifuncionalidad amorosa de esta historia. Puestas todas las mujeres juntas en la vida de un solo hombre, la historia amorosa de ese hombre parecerá la de un cínico. Pero puestas por separado las historias de mis mujeres, acaso resulten más plurales que la mía. Las conozco bien, sé que mi historia ha sido menos variopinta que la de ellas, aunque más extravagante. Digamos que he tenido una vida agitada y fiel. Ahora bien, del mismo modo en que el rasgo más acusado de un carácter es invisible para su poseedor, acaso yo haya sido un mujeriego de unas cuantas mujeres, que es como decir un escritor prolífico de sólo cinco libros.

– Depende del tamaño de los libros -dije.

– Depende de los libros, claro. En todo caso, mis mujeres no fueron libros donde sólo yo escribí. Fui, en todo caso, uno de sus múltiples redactores. Fueron y vinieron a mis estantes, y en ese ir y venir, al final se quedaron. Viví con todas ellas a intervalos, sin agobiarnos con las obligaciones de las parejas. Encontramos la manera de acomodarnos a la pluralidad de nuestras vidas. Todas se fueron otra vez, tuvieron otros hombres, los quisieron, los engañaron con otros, entre ellos yo. Pero todas volvieron a mí, y yo a ellas. Las acepté como un destino gozoso, como la prueba de una vida no estéril. Ellas terminaron asumiéndome a mí, supongo, como a un mendigo sentimental (una especialidad femenina: recoger indigentes sentimentales). Yo fui su refugio amoroso contra el fracaso en otros frentes, y una solución económica en momentos difíciles de la adversa fortuna. Puesto todo junto, terminé siendo una parte de sus vidas que no pudieron dejar atrás, suplir ni rechazar. Entre otras cosas porque nada exigía de ellas, salvo esa compañía tolerante, que terminó siendo más profunda que ninguna otra. Envejecí con ellas y ellas conmigo, sin darnos cuenta, al pasar de los días limados de Góngora: Las horas que limando van los días / los días que limando van los meses / los meses que limando van los años. Los años que limando van las vidas, añado yo. Con una vivía un tiempo, otra era mi amante semanal, las otras mis amantes ocasionales. A una la mantenía, a otras la acompañaba en sus cuitas, a todas en sus enfermedades. Las amaba a todas al punto de seguirlas queriendo mientras las veía envejecer, cada vez más viejas en sus cuerpos, pero no en mis recuerdos. Estaban libres del tedio y de la rutina. Y, en ese sentido, libres de mi desamor. Envejecimos juntos en una clandestinidad que fue una condena y una gloria.

«En los últimos años, todo lo que había existido entre nosotros sucedió de nuevo. María Angélica reincidió en Galio y salió huyendo de él por tercera vez. Se dejó tentar después, visto que nunca viviría conmigo, por la oferta de ser la segunda encargada de la gran biblioteca latinoamericana de la Universi dad de Texas. Detrás de su pasión por los libros, en el orden sereno de las bibliotecas, sospeché la presencia de un hombre. Lo hubo en la figura de un antropólogo más joven que yo, que resultó la antípoda de Galio: tan imposible de aguantar por su índole apacible como Galio lo había sido por su fuego mercurial. Antes, durante y después de aquella nueva elección de pareja, María Angélica vino con frecuencia a arreglar asuntos. Nos veíamos, reincidíamos, me contaba las razones de su viaje. Yo solía descubrir, no sin vanidad, que la mayor parte de sus razones inaplazables para viajar podían resumirse en la razón de vernos.

»Ana Segovia regresó con su marido buscando estabilidad para sus hijos. Admitió su propia pasión por el orden y la certidumbre, ella que había cultivado las anarquías de su temperamento como un asunto de honor. Me dio una explicación trágica de su decisión de volver al matrimonio. Dos años atrás, donando sangre para su padre anciano, la descubrieron portadora del virus de la hepatitis C, recogido años antes en otra transfusión. Salvo algún indicio de fatiga, no había nada en ella que anunciara aquella dolencia asintomática, un mal sin cura que carecía de síntomas, hasta que, una vez desatado, mataba en lapsos breves. "Como te dije, soy una mercancía dañada", recordó Ana. "Y he llegado a la conclusión de que quienes deben hacerse cargo de esas cosas son los maridos, porque los maridos, andando el tiempo, para eso son. La verdadera ayuda que necesito de ti es que no me odies por esto. Y, si es posible, que me sigas queriendo." La seguí queriendo, desde luego. A mi edad, fui su amante adúltero y clandestino, condición que estimuló mi inmodestia tanto como la imaginación de Ana.

»Por lo que hace a Regina Grediaga, vivió bajo mi protección todo el tiempo que su marido quiso someterla por escasez. Agradecieron mi intromisión sus hijos, a quienes conocí en sus visitas. Gocé aquel patronazgo porque me convertía por fin en el amor central de Regina: la pareja sentimental y la solución práctica de su vida. Finalmente, el marido de Regina aceptó la situación, fondeó los gastos de Regina a cambio de que cada año pasaran con sus hijos una vacación de invierno larga y una corta de verano. Regina y yo tuvimos la mejor de nuestras temporadas juntos, la década de nuestros años sesenta. Esos años me hicieron ver cumplidos mis sueños adolescentes con la mujer adulta de mis sueños y convirtieron a Regina en una mujer vanidosa, presumida, aristocrática, que luchaba contra su edad haciendo planes de muchacha.

»E1 itinerario de Cecilia Miramón fue más accidentado. Volvió al alcohol otras dos veces y lo dejó después de sendas crisis. Fui su amante en el alcohol, su enfermero en la sobriedad. Se hizo poco a poco mi compañera estable, la administradora de mi casa, la ordenadora de mi biblioteca, mi secretaria, mi memoria, mi enfermera. Tiene hoy cincuenta y dos años, está a punto de ser abuela, pero para mí es una muchacha, tanto, que he tenido la tentación de escribir, pretensiones literarias aparte, un equivalente moderno de aquella obrita de Balzac, La mujer de treinta años, para mostrar que la mujer de cincuenta es la mejor que puede encontrarse, si se le encuentra a tiempo, en nuestras vidas.

»Para conocer de verdad a una persona hay que comerse con ella un saco de sal, decían en mi pueblo. Yo me comí un saco de sal con cada una de mis mujeres, a lo largo de la vida. Los seres humanos no alcanzamos sino para engancharnos de verdad unas cuantas veces. Nuestro mundo sentimental es restringido, con algunos filamentos múltiples saliendo de cada núcleo, pero con unos cuantos núcleos que ordenan todo lo demás. Entre esos seres nucleares que nos ordenan y nos explican en el orden sentimental, no están siempre los que serían obvios, nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros hijos. Suelen ser fuereños: padres, hermanos, hijos sustitutos, parientes que vamos a buscar fuera de casa. Yo encontré en mis mujeres esa tribu sustituta, acabé queriéndolas más que a nadie. Las quise tanto por lo que me daban como por lo que me quitaban. Fueron historias de amor y de guerra, un enganche como el del torero con el toro, para matar o morir. Mejor dicho: para morirse en la suerte. Sabe usted que el gran torero Juan Belmonte pensaba al final de su vida que su derrota como matador invicto, al que nunca cogió un toro, era precisamente no haber cumplido ese destino: ser muerto por un toro. Su victoria sobre los toros lo hacía incompleto, porque nunca lo mató un toro, nunca se cumplió su destino de pareja cabal con el toro. Lo mismo con nuestros amores. No son sólo cantos de alegría, son también un furioso enganche vital, la rabia y la euforia a un tiempo, una pelea de afinidades que ata tanto por el placer como por el sufrimiento que da. Mis padres murieron jóvenes y yo no tuve hijos. No tuve la tentación ni el calor de la familia. Ni la genealogía ni la herencia fueron mis legados. Acaso me hice historiador tratando de fabricarme un pasado. Al final, todo eso me hizo terriblemente libre. He andado por el mundo ligero de equipaje, como quería el poeta, como si nada hubiera heredado y nada tuviera que heredar, como si nada tuviera que conservar ni que perder. Más que una carencia, he encontrado en ese vacío una libertad. Creo haber ejercido esa libertad completa sólo en dos ámbitos, el de los libros que escribí y el de las mujeres que le he contado. Sé que estará tentado de utilizar alguna vez el relato de mis mujeres. No hagamos un episodio de esto. Yo no le he contado las cosas para que las escriba, pero tampoco para mantenerlas en secreto. No me opongo a que utilice todo eso como le convenga, salvo por lo que pudieran pensar los hijos de ellas, que son también los míos por adopción, aunque no todos lo sepan. Le pido, si va a contar esa historia, que cambie los nombres y no la publique hasta que yo me muera. Creo que es una historia digna de ser contada. Créame que fue digna de ser vivida.»

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