El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 978-84-7002-356-9
- Переводчик: Cesar Terron
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]». Краткое содержание книги:
—En Suvrael —dijo Sleet—, en el palacio del Rey de los Sueños, hay enormes máquinas que vigilan el mundo entero, y que envían mensajes a las mentes de millones de personas, todas las noches. ¿Quién sabe cómo seleccionan a esos millones? Cuando somos niños nos explican una cosa, y yo sé que es cierta: antes de abandonar este mundo notaremos, por lo menos una vez, el contacto del Rey de los Sueños con nuestro espíritu. Todos sin excepción. A mí me pasó.
—¿A ti?
—Más de una vez. —Sleet acarició sus canas, lacias y desgreñadas—. ¿Crees que yo nací con este pelo? Una noche estaba en una hamaca, en la jungla próxima a Narabal. Entonces no era malabarista. El Rey se me apareció mientras yo dormía y dejó órdenes en mi alma, y cuando desperté tenía el pelo así. Tenía veintitrés años.
—¿Órdenes? —dijo abruptamente Valentine—. ¿Qué órdenes?
—Órdenes que vuelven blanco el pelo negro de un hombre entre el anochecer y el amanecer —dijo Sleet. Era evidente que no deseaba dar más explicaciones. Se levantó y observó el cielo matutino como si comprobara la altura del sol—. Creo que ya hemos hablado bastante por ahora, amigo mío. En la fiesta aún hay coronas que ganar. ¿Quieres aprender nuevos ejercicios antes de que Zalzan Kavol nos haga trabajar?
Valentine asintió. Sleet fue a buscar pelotas y mazas. Los tres salieron al patio.
—Observa —dijo Sleet, y se colocó detrás de Carabella. La mujer tenía dos pelotas en la mano derecha, Sleet una en la mano izquierda, y ambos juntaron los brazos—. Esto es malabarismo compartido. Sencillo incluso para novatos, aunque parece muy fascinante.
Carabella lanzó su bola, Sleet lanzó y recogió. Inmediatamente se enfrascaron en un ritmo de intercambio, se pasaron las bolas sin cesar, sin esfuerzo, transformándose en una entidad de cuatro piernas, dos mentes y dos brazos que hacían malabares. Un ejercicio de agotadora apariencia, pensó Valentine.
—¡Échanos las mazas! —gritó Sleet.
Valentine entregó las mazas una a una en rápidos lanzamientos hacia la mano derecha de Carabella, que fue introduciéndolas en la sucesión, una, dos y tres, hasta que bolas y mazas volaron de ella a Sleet, de Sleet a ella, en una vertiginosa cascada. Gracias a sus ensayos privados, Valentine conocía la dificultad de manejar tantos objetos. Esperaba dominar cinco pelotas en cuestión de algunas semanas; y practicar con cuatro mazas al mismo tiempo, igual que el malabarismo a medias que estaba presenciando, constituía una hazaña que le sorprendía y le admiraba. Y que además le provocaba ciertos celos, una sensación extraña para él. Allí estaba Sleet con el cuerpo apretado al de Carabella, formando un solo organismo con ella, cuando hacía unas horas tan sólo Valentine había copulado con Carabella junto al riachuelo del parque de Pidruid.
—Inténtalo tú —dijo Sleet.
Sleet se apartó y Carabella se puso delante de Valentine, con los brazos juntos. Practicaron únicamente con las tres pelotas. Al principio Valentine tuvo problemas para juzgar la altura y la fuerza de sus lanzamientos. Varias veces lanzó la bola fuera del alcance de Carabella, pero al cabo de diez minutos empezó a dominar el ejercicio, y quince minutos más tarde Valentine y Carabella lograron tal compenetración que parecía que llevaban años haciendo ese número. Sleet animó a Valentine con un vivaz aplauso.
Se presentó un skandar, no Zalzan Kavol, sino su hermano Erfon, agrio y frío incluso teniendo en cuenta el carácter de su raza.
—¿Estáis listos? —espetó.
La compañía actuó esa tarde en el parque particular de un poderoso comerciante de Pidruid que ofrecía una fiesta en honor de un duque de la provincia. Carabella y Valentine realizaron el ejercicio de malabarismo compartido que acababan de practicar, los skandars hicieron un número llamativo con platos, copas de cristal y sartenes, y como clímax se anunció que Sleet iba a hacer malabares con los ojos vendados.
—¿Es posible? —preguntó Valentine, admirado.
—¡Observa! —dijo Carabella.
Valentine observó, y pocas personas más le imitaron, ya que la fiesta se celebraba el Día Solar, veinticuatro horas después de la gran locura del Día Estelar, y los nobles de poca monta que habían organizado el espectáculo estaban cansados, hartos, medio dormidos, aburridos de las habilidades de los músicos, acróbatas y malabaristas que habían contratado. Sleet avanzó varios pasos con tres mazas en las manos, se detuvo con gesto resuelto y confiado, se quedó inmóvil un momento con la cabeza erguida, como si escuchara el viento que sopla entre los mundos, y a continuación, conteniendo bruscamente la respiración, empezó el ejercicio.
—Veinte años de práctica, damas y caballeros de Pidruid —retumbó la voz de Zalzan Kavol—. ¡Para hacer esto es preciso tener un finísimo sentido del oído! ¡El malabarista capta el susurro de las mazas al rozar el aire mientras vuelan de una mano a otra!
A Valentine le pareció imposible que el oído del malabarista, por muy fino que fuera, pudiera captar algo entre los murmullos de la conversación, el ruido de los platos y los jactanciosos anuncios de Zalzan Kavol, pero Sleet no cometió un solo error. Era obvio que el ejercicio resultaba difícil incluso para él. Normalmente Sleet tenía la perfección de una máquina, era incansable como un telar; pero en este ejercicio sus manos efectuaban bruscos saltos y acometidas, recogían apresuradamente una maza que giraba casi fuera de su alcance, se estiraban con desesperada rapidez hacia otra maza que caía excesivamente lejos… A pesar de todo, la actuación era milagrosa. Sleet parecía tener en la mente un mapa con la posición de las móviles mazas: ponía la mano donde esperaba que iba a caer la maza, y la maza caía allí, o muy cerca. Realizó diez, quince, veinte intercambios, y después recogió las tres mazas en el pecho, se arrancó la venda de los ojos e hizo una profunda reverencia. Hubo un segundo de aplausos. Sleet permaneció rígido. Carabella se acercó y le abrazó. Valentine le dio vigorosas palmadas en la espalda, y la compañía salió del escenario. Ya en el vestuario, Sleet temblaba a causa de la tensión y gotitas de sudor relucían en su frente. Bebió vino de palmera flamígera, sin freno, como si fuera agua.
—¿Prestaron atención? —preguntó a Carabella—. ¿Se dieron cuenta de mi presencia, por lo menos?
—Algunos sí —dijo dulcemente Carabella. Sleet escupió.
—¡Cerdos! ¡Blaves! Les falta habilidad para caminar de un lado a otro de la sala, y se quedan sentados, descansando mientras un artista… mientras un artista…
Valentine aún no había visto a Sleet de mal temple. El ejercicio a ciegas, decidió, no era bueno para los nervios. Agarró a Sleet por los hombros y acercó la cara a la del malabarista.
—Lo que importa —dijo seriamente— es la demostración de habilidad, no el comportamiento del público. Estuviste perfecto.
—No tanto —contestó tristemente Sleet—. El ritmo…
—Perfecto —insistió Valentine—. Has demostrado total dominio del ejercicio. Una actuación magnífica. ¿Qué importa lo que digan o hagan unos comerciantes borrachos? Aprendiste el arte en provecho de sus almas, o en provecho de tu alma?
Sleet logró esbozar una sonrisa.
—Hacer malabares a ciegas es algo que llega al alma.
—No me gusta verte tan apenado, amigo mío.
—Cosas que pasan. Ahora me siento un poco mejor.
—Tú mismo te has causado esa pena —dijo Valentine—. Dejarte llevar por el enfado no ha sido sensato. Lo repito: estuviste perfecto, y lo demás carece de importancia. —Se volvió para hablar con Shanamir—. Ve a la cocina y consigue carne y un poco de pan, Sleet ha trabajado duro. Necesita más alimento, y el vino no basta.