El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 978-84-7002-356-9
- Переводчик: Cesar Terron
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]». Краткое содержание книги:
Más fuegos artificiales, en esta ocasión infinitamente más efectivos al contar con el telón de fondo de la noche. Un triple estallido estelar dio paso a una imagen de lord Valentine que ocupó medio cielo, y después hubo un deslumbrante reflejo verde, rojo y azul que tomó la forma del Laberinto y precedió al tenebroso rostro del viejo Pontífice Tyeveras. Y al cabo de un momento, en cuanto los colores se aclararon, una nueva explosión extendió un telón de fuego por el cielo; la ígnea capa se fundió para formar las amadas facciones de la gran madre real, la Dama de la Isla del Sueño, que sonrió a Pidruid con todo su amor. La visión conmovió tanto a Valentine que estuvo a punto de caer de rodillas y echarse a llorar, una respuesta misteriosa y sorprendente. Pero no había espacio entre la multitud para hacer tal cosa. Permaneció tembloroso unos instantes. La Dama se sumió en la oscuridad. Valentine deslizó su mano en la de Carabella y la apretó con fuerza.
—Necesito más vino —musitó Valentine.
—Espera. Queda otro.
Cierto. Otro cohete, otro estallido de color, en esta ocasión rasgado y de tosca apariencia. De los amarillos y rojos brotó otro rostro, de mandíbula prominente y ojos sombríos, el rostro del cuarto Poder de Majipur, el personaje más oscuro y ambiguo de la jerarquía, el Rey de los Sueños, Simonan Barjazid. El silencio se apoderó de la multitud, pues el Rey de los Sueños no era amigo de nadie, pese a que todo el mundo reconocía su autoridad, por miedo de que causara mala suerte y horribles penalidades.
Fueron a beber vino. La mano de Valentine temblaba cuando éste apuró rápidamente dos vasos, mientras Carabella le miraba con cierta preocupación. Los dedos de la mujer juguetearon con los recios huesos de la muñeca de Valentine, pero no hubo preguntas. El vaso de Carabella quedó prácticamente lleno de vino.
La siguiente puerta que se abrió ante ellos en la fiesta fue la de un museo de cera, con forma de Laberinto en miniatura, de modo que una vez dentro era imposible volver atrás. Entregaron varias piezas de tres pesos al portero y entraron. De las sombras surgieron héroes del reino, ingeniosas imitaciones que se movían e incluso hablaban en dialectos arcaicos. Un alto guerrero se presentó como lord Stiamot, conquistador de los metamorfos, y también estaba allí la legendaria lady Thiin, madre del anterior, la Dama guerrera que dirigió personalmente la defensa de la Isla del Sueño cuando ésta fue cercada por aborígenes. Se acercó otro personaje que afirmó ser Dvorn, el primer Pontífice, una personalidad casi tan alejada en el tiempo en la época de Stiamot como éste mismo en el presente. Cerca de Dvorn se hallaba Dinitak Barjazid, el primer Rey de los Sueños, un personaje mucho menos antiguo. Carabella y Valentine se adentraron en el laberinto y encontraron una hueste de Poderes ya fallecidos, una colección hábilmente seleccionada de Pontífices, Damas y Coronas, los grandes gobernantes Confalume, Prestimion y Dekkeret, el Pontífice Arioc, hombre de extraña fama… Y en último lugar, presidiendo el conjunto en la salida, la imagen de un hombre de rubicundas mejillas con ajustadas vestiduras negras, quizá de cuarenta años de edad, cabello y ojos oscuros, sonriente. Un personaje que no necesitaba presentación, porque se trataba de Voriax, la difunta Corona, hermano de lord Valentine, muerto hacía dos años en los inicios de su dominio, fallecido en un absurdo accidente de caza tras estar en el poder únicamente ocho años. La imagen, inclinada y con las manos extendidas, exclamó:
—Llorad por mí, hermanos y hermanas, porque fui suprema figura y perecí antes de que llegara mi momento, y mi caída fue tanto mayor por cuanto caí desde tan descollante altura. Yo fui lord Voriax, meditad largamente mi sino.
Carabella se estremeció.
—Un lugar tétrico, y un final tétrico. ¡Salgamos de aquí!
Una vez más Carabella condujo alocadamente a Valentine a través de la bulliciosa fiesta. Vieron casas de juego, galerías y pabellones brillantemente iluminados, mesas con gente que cenaba, casas de placer, sin detenerse una sola vez, volando de un lugar a otro igual que pájaros, hasta que por fin doblaron una esquina y se encontraron a oscuras, completamente aparte del desenfreno. Por detrás llegaban los estridentes sonidos del alborozo que decaía, y el menguante fulgor de la chillona iluminación; delante aguardaba la fragancia de abundantes flores, el silencio de los árboles. Estaban en una zona de jardines, en un parque.
—Vamos —murmuró Carabella, y cogió de la mano a Valentine.
Entraron en un claro iluminado por la luna donde las ramas altas de los árboles se entrelazaban y formaban una morada campestre de apretada trama. El brazo de Valentine se deslizó suavemente alrededor del sólido y estrecho talle de Carabella. La blanda calidez del día yacía atrapada bajo esos árboles entretejidos, y del húmedo suelo ascendía el cremoso, dulce aroma de enormes flores pulposas, más anchas que la cabeza de un skandar. La fiesta y su caótica excitación parecían estar a miles de kilómetros de distancia.
—Pasaremos la noche aquí —anunció Carabella.
Valentine extendió su manto en un gesto de exagerada caballerosidad y Carabella le atrajo hacia el suelo y se abrazó suave y rápidamente a él. Estaban recluidos entre dos densos arbustos de hojas color verde oscuro grandes como estacas. Un arroyo corría cerca del lugar y sólo finísimos destellos de luz penetraban por la parte superior del ramaje.
Carabella llevaba atada a la cadera una minúscula arpa de bolsillo de compleja manufactura. La mujer cogió el instrumento, tocó un breve y melodioso preludio y empezó a cantar con voz pura, serena:
—Es muy bonito —murmuró Valentine—. Y tu voz… tu voz es tan maravillosa…
—¿Sabes cantar? —preguntó Carabella.
—Pues… sí, creo que sí. Carabella le entregó el arpa.
—Ahora canta para mí. Una de tus favoritas. Dio vueltas al instrumento en su mano, confuso, y tardó unos instantes en responder.
—No conozco ninguna canción.
—¿Ninguna canción? ¿Ninguna canción? ¡Vamos, debes saber alguna!
—Todas han desaparecido de mi mente, o así me lo parece. Carabella sonrió y volvió a coger el arpa.
—En ese caso, te enseñaré algunas —dijo—. Pero creo que no lo haré ahora.
—No. Ahora no.
Valentine acercó su boca a los labios de Carabella, que cuchicheó y se rió tímidamente, y se abrazaron con más fuerza. Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Valentine vio con más claridad a su compañera, la cara menuda y fina, el fulgor de los tímidos ojos, el revuelto y lustroso cabello negro. Las ventanas de la nariz de Carabella temblaban de nerviosismo. Valentine olvidó momentáneamente lo que iba a ocurrir, temiendo sin saber el motivo que estuviera a punto de cerrarse algún trato, pero enseguida apartó esos temores. Era la noche de la fiesta, él deseaba a Carabella, y ella a él. Las manos de Valentine se deslizaron por la espalda de la joven, siguieron descendiendo, notaron la caja torácica inmediatamente debajo de la piel. Valentine recordó el aspecto de Carabella cuando ambos se metieron desnudos en el limpiador: músculo y hueso, hueso y músculo, poca carne, excepto en muslos y nalgas. Un sólido manojo de energía. Carabella volvió a estar desnuda al cabo de un momento, igual que él. Se dio cuenta de que la mujer temblaba, aunque no de frío, no por culpa de la noche, húmeda y refrescante en esa secreta morada campestre. Una fuerza extraña, casi aterradora, parecía haberse apoderado de Carabella. Valentine acarició los brazos, las mejillas, los musculosos hombros, las pequeñas esferas que eran los senos y el tieso remate de éstos. Su mano llegó a la suave piel de la parte interna de los muslos, y Carabella gimió bruscamente y le atrajo hacia ella.