El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1983
- Язык: испанский
- Год: Acervo
- ISBN: 978-84-7002-356-9
- Переводчик: Cesar Terron
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]». Краткое содержание книги:
Orquestas, acróbatas, bailarines, domadores, malabaristas, delante y detrás de él, miles de inexpresivos rostros en los asientos, galerías adornadas con cintas para los nobles… Valentine no vio nada de esto, excepto del modo más subliminal posible. Lanzamiento, lanzamiento, lanzamiento y recogida, lanzamiento y recogida, sin cesar, hasta que por el rabillo del ojo vio las brillantes colgaduras verde y oro a ambos lados del pabellón real. Valentine giró la cabeza para ver a la Corona. Fue un instante difícil, ya que tuvo que dividir su atención: con las mazas en movimiento, buscó al mismo lord Valentine, y lo encontró, en el centro del inclinado pabellón. Valentine rogó una nueva sacudida de energía intercambiada, otro rápido momento de contacto con los abrasadores ojos de la Corona. Actuó de un modo mecánico, con precisión, cada maza subiendo la distancia correcta y descendiendo para caer entre el pulgar y los otros dedos, y mientras tanto escudriñó el rostro del príncipe. Pero estaba distraído, no veía al malabarista, contemplaba aburrido la otra parte del ruedo, otra actuación, quizás un animal de llamativas garras y colmillos, tal vez las desnudas nalgas de las bailarinas, quizá nada en concreto. Valentine prosiguió tenazmente, mientras contaba uno por uno los sesenta segundos de su homenaje, y casi al final del minuto le pareció que la Corona miraba hacia él durante una fracción de un instante, pero no más que eso.
Entonces Valentine siguió la marcha. Carabella y Sleet ya estaban cerca de la salida. Valentine dio media vuelta y sonrió animosamente a los skandars, que avanzaban bajo un danzarín dosel de hachas, feroces antorchas, hoces, martillos y frutas, sin dejar de añadir objetos a la infinidad de cosas que lanzaban al aire. Valentine hizo su ejercicio ante ellos durante un instante antes de continuar su solitario giro a lo largo del ruedo.
Adelante, y afuera, por la otra puerta. Y cogió las mazas y las mantuvo en la mano mientras pasaba al mundo exterior. De nuevo, tras alejarse de la presencia de la Corona, Valentine experimentó frustración, fatiga, vacuidad, como si lord Valentine no irradiara energía sino que se limitara a extraerla de otras personas, creando la ilusión de un efluvio brillante y cegador que luego quedaba convertido únicamente en sensación de haber perdido algo. Además, la actuación había terminado. El instante de gloria de Valentine había pasado, y nadie parecía haberse dado cuenta.
Excepto Zalzan Kavol, cuyo semblante reflejaba severidad e irritación.
—¿Quién te ha enseñado ese lanzamiento de las dos mazas? —preguntó, nada más atravesar la puerta.
—Nadie —dijo Valentine—. Yo mismo lo inventé.
—¿Y si se te hubieran caído las mazas?
—¿Se me han caído?
—No era momento para ejercicios caprichosos —murmuró el skandar. Después se ablandó un poco—. Pero admito que te has portado bien.
Un segundo mayordomo le entregó una bolsa de monedas, y Zalzan Kavol las echó en sus manos externas para contarlas. Volvió a guardarlas casi todas, aunque lanzó una a cada uno de sus hermanos, otra a Sleet y a Carabella, y finalmente, después de meditar, otras monedas de menos valor a Valentine y Shanamir.
Valentine se dio cuenta de que él y Shanamir habían recibido una pieza de media corona, y los demás de una corona. No importaba, el dinero carecía de importancia mientras algunas coronas siguieran resonando en su bolsa. La gratificación, aunque pequeña, era inesperada. Esa misma noche la dilapidaría alegremente en fuerte vino y picante pescado.
La prolongada tarde llegada a su fin. La niebla que ascendía sobre el mar daba a Pidruid una temprana oscuridad. En el estadio seguían sonando los ruidos del circo. El pobre príncipe, pensó Valentine, estará sentado allí hasta bien entrada la noche.
Carabella tiró de su muñeca.
—Vamos —musitó con voz apremiante—. ¡Hemos hecho el trabajo! ¡Ahora empieza la fiesta!
9
Carabella echó a correr entre la muchedumbre, y Valentine, tras un momento de confusión, la siguió. Las tres mazas, atadas a su cintura, golpeaban sus muslos y entorpecían su avance. Valentine pensó que la había perdido de vista, pero no, allí estaba ella, caminando a grandes zancadas, brincando, volviéndose y sonriéndole descaradamente, haciéndole señas. Valentine la alcanzó en las amplias escaleras que bajaban hacia la bahía. Varias barcazas aparecían amarradas en el muelle más próximo, con piras de finos troncos apiladas en las cubiertas. Aunque apenas había oscurecido, algunas hogueras estaban encendidas y ardían con una fría llama verdosa que despedía escaso humo.
La ciudad entera se había transformado, durante el día, en un lugar de recreo. Los puestos de feria habían brotado como setas después de una lluvia de verano. Juerguistas con extraños disfraces recorrían los muelles con desafiantes conductas. Por todas partes había música, risas, febril excitación. Al aumentar la oscuridad se encendieron nuevas hogueras y la bahía se convirtió en un mar de luces de colores. Hacia el este estalló algo que parecía un espectáculo pirotécnico, un cohete de penetrante brillantez que se remontó hasta elevada altura y explotó, despidiendo deslumbrantes fajas de luz hacia las cúspides de los edificios más altos de Pidruid.
El frenesí se había apoderado de Carabella, y el frenesí penetraba lentamente en el mismo Valentine. Cogidos de la mano corrieron atolondradamente por la ciudad, de tenderete en tenderete, desparramando monedas como si fueran guijarros mientras se divertían. Muchos puestos de feria ofrecían juegos de habilidad, tirar muñecas con pelotas o volcar construcciones cuidadosamente equilibradas. Carabella, con su destreza y sus manos de malabarista, ganó casi siempre, y Valentine, aunque menos experto, también se llevó bastantes premios. En algunos tenderetes la recompensa era un vaso de vino o un bocado de carne; en otros, absurdos animales disecados o banderas con el emblema de la Corona, y los jóvenes abandonaron estos premios. Pero comieron la carne, bebieron el vino, y con el transcurso de la noche aumentó su acaloramiento y su locura.
—¡Ven aquí! —gritó Carabella, y se unieron a un grupo de cruns, gayrogs y borrachos yorts que bailaban.
Era una danza circular, con abundantes cabriolas, que no parecía tener reglas. Dieron brincos con los extraterrestres durante largo tiempo. Un yort de correosas facciones abrazó a Carabella, y ésta devolvió el abrazo, con tanta fuerza que sus menudos y fuertes dedos se hundieron profundamente en el abultado pellejo. Y cuando una hembra gayrog, con abundantes y serpenteados rizos e innumerables pechos cimbreantes, se apretó contra Valentine, éste aceptó el beso y lo devolvió con más entusiasmo del que se creía capaz de mostrar.
Y después continuó la fiesta. Entraron en un teatro al aire libre donde larguiruchos títeres representaban un drama con espasmódicos, estilizados movimientos, y en un ruedo donde por sólo unos pesos vieron nadar a varios dragones de mar en amenazadores círculos, dando vueltas y más vueltas en un reluciente tanque. Y después visitaron un jardín de plantas vivas procedentes de la costa sur de Alhanroel, fibrosos seres tentaculares y altas, temblorosas, columnas de caucho con sorprendentes ojos cerca de sus apéndices.
—Les toca comer dentro de media hora —anunció el encargado, pero Carabella no quiso quedarse, y con Valentine a rastras se zambulló en la creciente oscuridad.