El Infinito En La Palma De La Mano
- Автор: Belli Gioconda
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Infinito En La Palma De La Mano». Краткое содержание книги:
Poesía y misterio se dan la mano en esta sorprendente novela que nos presenta al primer hombre y la primera mujer descubriéndose y descubriendo su entorno, experimentando el desconcierto ante el castigo, el poder de dar vida, la crueldad de matar para sobrevivir y el drama de amor y celos de los hijos por sus hermanas gemelas.
El infinito en la palma de la mano ha sido galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2008 por su singularidad y su capacidad evocadora. Gioconda Belli ha creado un mundo nuevo que surge de los Grandes libros secretos, textos apócrifos o prohibidos llenos de revelaciones y fantásticas apariciones, y recrea magistralmente la historia más prodigiosa que pueda imaginarse.
Le gustó la sensación de que nada sino sus pensamientos fuera con ella. Bajó de la cueva y miró la montaña que le crecía encima, rocosa y escarpada hasta la cima, con los arbustos cuyas espinas aún recordaba arañándole la piel. Mientras descendía avistó sobre la planicie un rebaño de pequeños animales de altos cuellos con cuernos menudos en la cabeza. Cabras, pensó. Las criaturas del Jardín se habían dispersado. Adán decía que había visto elefantes, jirafas y cebras desaparecer tras el horizonte andando como si, al fin, alguien les hubiese dicho dónde ir. Unos animales desaparecían y otros regresaban de la estampida de los primeros días. Algunos se dejaban ver, otros rondaban agazapados como Adán, cazando a los más pequeños o menos fieros. Pensó en las hienas pero las apartó de su mente para no amedrentarse. Al fondo de la planicie, las montañas se recortaban claras en el día templado. Hermoso lucía el verdor acumulado sobre las márgenes del río. Para llegar al mar tendría que atravesar una depresión boscosa al otro lado de la montaña, subir unas colinas y luego caminar por una extensión plana y desolada en la que crecían grupos de palmeras. Volvería a la cueva, con suerte, al atardecer.
Caminó al descampado por la ladera rodeando la montaña hasta adentrarse en el bosque. El terreno descendía abruptamente. Trató de no perder de vista la colina al otro lado desde donde avistaría el mar, pero bien pronto se vio rodeada de altos troncos y denso follaje. A diferencia del Jardín siempre iluminado, en la hondura del bosque la luz del sol se tornaba por trechos en penumbra. Olía ligeramente a humedad y sus pasos hacían crujir las hojas y alborotaban insectos y pequeñas criaturas que se escurrían evadiéndola. A sus anchas y sin prisa, se detuvo a mirar el ciempiés, la lagartija, una tortuga de tierra de caparazón naranja. Se preguntó cuánta eternidad habría necesitado Elokim para crear todo aquello, si le pondría atención a los detalles o si las criaturas que imaginaba, una vez concebidas, se encargaban de inventar para sí mismas la mejor manera de vivir en sitios tan diversos. Le sorprendió no haberse preguntado ninguna de esas cosas en el Jardín. Se percató de la mansedumbre con la que entonces aceptaba todo cuanto existía, ella también parte de una belleza que no se interrogaba a sí misma.
Creía haber caminado lo suficiente para llegar a la colina pero no terminaba de ir de la penumbra al claro, del claro a la penumbra. Intentó ubicar el sitio por donde había descendido, calculando que estaría al menos a mitad de camino. Miró a su alrededor. Creyó reconocer ciertos árboles por las hojas trepadoras que les crecían sobre los troncos pero se dio cuenta de que la sensación era ilusoria y que los árboles se reflejaban unos a otros como uno de esos sueños que se repetían dando vueltas incesantes sobre una misma cosa. Se volvió sobre sus pasos pensando que encontraría sus huellas, pero se le perdieron a poca distancia. No se desanimó. Se dijo que sólo tenía que decidir andar en una dirección sin desviarse y saldría de allí. La hondonada no era muy extensa y en algún momento tendría que emerger. Anduvo sin detenerse. Varias veces pensó que se acercaba al final del bosque, pero nada. Estaba perdida, pensó, furiosa consigo misma. La furia se tornó en temor y desconsuelo cuando, tras repetidos intentos por desandar lo andado o encaminarse por diferente rumbo, notó que la luz del día se apagaba. Tenía hambre y sed. Vio un árbol alto y grueso lleno de frutos pequeños. Cortó varios. Los puso sobre la palma de su mano y los reconoció. Eran higos. Más pequeños y amarillos que los de las higueras de la cueva o la del Jardín, pero higos al fin. Se sentó al pie del árbol. Descansaría, pensó. Descansaría y comería. ¿Qué haría Adán cuando no la encontrara? ¿Qué haría ella si no lograba salir de allí? Los ruidos aumentaban a medida que la luz palidecía. Cigarras, grillos emitían sus largos y sostenidos cantos vespertinos. Oyó el ronco croar de los sapos y sintió el despertar de las mariposas nocturnas. Tendría quizás que pasar la noche y esperar al día siguiente. Si no había logrado salir hasta entonces, no imaginó cómo podría salir en medio de la oscuridad. De súbito escuchó gran algarabía y experimentó una conmoción en las ramas del árbol. Una manada de monos hizo su aparición. Se columpiaban en las ramas y paulatinamente se acomodaron sobre éstas a dar cuenta de las frutas. Eva observó que no eran los pequeños monos de caras pálidas y cuerpos delgados y ágiles que solía ver en sus exploraciones con Adán y que le hacían pensar en la arañas, quizás por los dibujos que hacían al mecerse. Éstos eran grandes, de espaldas y brazos anchos. Divisó sus ojos brillantes, mirándola también.
Extraño, pensó. No recordaba haber visto animales semejantes en el Jardín.
Tras una pausa llena de chillidos, se pusieron de acuerdo y uno a uno se acercaron a ella. Los más atrevidos descendieron del árbol y la rodearon silenciosos. De vez en cuando alguno de ellos emitía un sonido agudo y repetitivo. A Eva le impresionaron sus rostros expresivos, casi humanos, y los ojos dulces con que la miraban llenos de curiosidad. Jamás se había sentido vista de esa forma por ningún otro animal. Uno de los monos, el más grande y de más autoridad, se le acercó. Ella le sonrió, sin saber qué hacer. No sintió miedo sino fascinación por ver lo que el animal se proponía. El mono se irguió y extendió uno de sus brazos hasta tocar suavemente, con su mano rugosa y larga, el pelo que le caía sobre la cara. Los demás empezaron a saltar y a emitir pequeños chillidos.
El mono que la había tocado la tomó de la mano. Quería que subiera al árbol con él. Ella dijo no, negó con la cabeza. ¿La habría confundido con uno de ellos? Sorprendida, Eva intentó comunicarse con él por señas, indicándole que no era ésa su forma de moverse en el mundo. Sólo podía caminar y no encontraba la manera de salir de allí. El mono la miró atento. Ella se giró en redondo para mostrarle que no tenía cola gesticulando para que comprendiera que no podía subirse a los árboles. Al poco rato, varios de ellos volvieron a subir por el tronco hasta colocarse sobre las ramas. Todos se marcharon finalmente. La oscuridad se cerraba ya sobre el bosque cuando volvió a quedarse sola. Fue más tarde, acurrucada contra el árbol, resignada a la noche, que sintió que le tiraban higos y vio al mono que antes la tocara llegar muy cerca de ella. Brincaba y se rascaba la cabeza, dando pequeños chillidos como si quisiera decirle algo. Lo vio alejarse del árbol andando entre los árboles, apoyándose en sus brazos y piernas. La miraba y hacía gestos. Le tomó un rato a la mujer comprender, pero se levantó y empezó a seguirlo.
Era noche cerrada cuando avistó la cueva bajo la luz de la luna. Encontró a Adán al lado del fuego. Estaba ronco de gritar, de tanto llamarla. La había buscado en el río, cerca del rastro que dejara el Jardín, recién volvía a la cueva esperando que ella hubiese regresado.
– Intenté ir al mar. Quería verlo -dijo ella.
Le contó cómo había perdido el rumbo, sus intentos por regresar y su encuentro con los monos.
– Uno de ellos me enseñó el camino. Me llevó al borde del bosque. Me dejó allí, como si me hubiese comprendido. ¿Crees que me comprendió, Adán?
– No sé, mujer -dijo Adán, abrazándola.
Se durmió con la oreja puesta contra el vientre de Eva, aferrado a sus piernas, pensando que no quería otro paraíso que estar así contra ella, escuchando aquel mar que crecía en su interior y donde a él le parecía escuchar el canto de los delfines.
Capítulo 16
Eva temía que aquel mar interior la inundara. Sus criaturas, cada vez más inquietas, se daban golpes contra las paredes de su vientre o se arremolinaban bajo sus costillas. La luna redonda que tenía por dentro no cesaba de crecer. Moverse con el peso que cargaba era cada vez más incómodo. Se preguntaba si en algún momento se quedaría inmóvil, condenada a existir como una grotesca planta que se recordara mujer. No sabía qué era lo que se agitaba en su interior, ni si aquel estado era pasajero o definitivo. Su temor más grande era vomitar un día de tantos un monstruo marino, una nueva especie que se los comería a ella y a Adán para habitar él sólo aquella tierra donde para sobrevivir quizás se requería más ferocidad de la que ellos eran capaces.