El Infinito En La Palma De La Mano
- Автор: Belli Gioconda
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Infinito En La Palma De La Mano». Краткое содержание книги:
Poesía y misterio se dan la mano en esta sorprendente novela que nos presenta al primer hombre y la primera mujer descubriéndose y descubriendo su entorno, experimentando el desconcierto ante el castigo, el poder de dar vida, la crueldad de matar para sobrevivir y el drama de amor y celos de los hijos por sus hermanas gemelas.
El infinito en la palma de la mano ha sido galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2008 por su singularidad y su capacidad evocadora. Gioconda Belli ha creado un mundo nuevo que surge de los Grandes libros secretos, textos apócrifos o prohibidos llenos de revelaciones y fantásticas apariciones, y recrea magistralmente la historia más prodigiosa que pueda imaginarse.
Al día siguiente acosó a Adán con sus preguntas. ¡Qué podía decirle!, contestó él. Apenas le cabía en la imaginación lo que sucedería. Pensar en que los hijos saldrían como el potrillo de la yegua le producía una contracción involuntaria en el bajo vientre. Prefería pensar que las criaturas aparecerían una mañana junto a ellos, igual que ella apareció junto a él. Eva estaba convencida de que no sucedería así.
– Me dolerá. Lo dijo la Serpiente. Quizás se abra la piel. Quizás el estómago se quiebre como un huevo. O quizás me salgan de la panza como flores -se divirtió mirando el azoro de Adán.
Torpe y pesada, salía por las tardes. En las ramas de la higuera encontró el nido de una pareja de tordos y los vio aparecer con insectos y gusanos en el pico para alimentar a los polluelos apenas emplumados. Apostada tras un árbol a la orilla del río vio corderos, bisontes, cabras y fieras llevar sus cachorros a conocer el agua. Creía ver crecer las manadas, los insectos; escuchaba el bullicio de la vida multiplicándose frenética. Se encerró poco a poco en sí misma. Guardaba silencio pensando que escucharía la voz de los seres que la ocupaban anunciándole que su tiempo había llegado.
Él cosió varias pieles de conejo y cada noche las ponía junto a Eva en caso de que las criaturas aparecieran a su lado.
No pasó mucho tiempo. Era de madrugada. Eva se levantó a orinar y al hacerlo una corriente de agua se derramó por sus piernas. Se desconcertó. ¿Se habría equivocado y era un mar, después de todo, lo que la habitaba? Temió encontrarse rodeada de peces pero en la penumbra que irradiaba la luz de la hoguera no vio ningún pez, ni criatura marina.
Regresó al lado de Adán. No lo despertó sino poco después.
– Me duele, Adán. Como cuando sangraba.
Él se despabiló. El vapor luminoso del amanecer se recortaba contra la entrada de la cueva. Eva se paseaba de un lado al otro sosteniéndose el bajo vientre con las dos manos.
– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó Adán.
– Yo soy la cueva. De allí saldrán. Tú tienes que estar al otro lado para que no se golpeen contra las piedras del suelo.
– ¿Crees que les gustará vivir fuera del Jardín?
– Supongo que sin conocer el Jardín, no lo echarán de menos -dijo ella, sin parar de caminar.
– ¿No crees que recordarán todo lo que nosotros recordamos? Son nuestro reflejo.
– Nosotros no recordamos las memorias de Elokim.
– No.
– A menos que su memoria haya sido la voz que escuchábamos. A veces pienso que ese impulso que tenemos de hacer cosas con las manos nos viene de él.
Eva jadeó de pronto. Se detuvo. Se dobló.
– Adán, Adán, ¡me están mordiendo!
De un momento a otro el dolor la llenó toda. Adán la ayudó a recostarse sobre la piedra donde dormían, pero Eva no quería estar acostada. Se deslizó hasta apoyar la espalda contra unas rocas. El dolor había cedido.
– Pensé que me estaban comiendo -sonrió Eva, bañada en sudor.
Pensó lo mismo al poco rato y un rato después. El dolor iba y venía. Algo de mar tiene, le dijo a Adán. Se mueve como las olas. Cada ola me arranca algo; quizás los hijos estén pegados a mi carne y Elokim los está arrancando con una piedra afilada para sacarlos.
El dolor aumentó. Se acabaron las explicaciones con que intentaba entender lo que le sucedía a su cuerpo. En lugar de razonamientos, empezó a resistir ferozmente, apretando los dientes, contrayéndose toda, abrazando protectora su vientre, llorando y gritando a todo pulmón. Detrás de ella, dándole palmaditas en la cabeza, acariciándole el pelo, Adán lloraba y gritaba también. Los murciélagos, que eran ya muchos, despertaron de su sueño diurno y volaron hacia lo más alto de la cueva. Los alaridos, el llanto del hombre y la mujer subían y subían de tono a medida que el dolor acrecentaba la presión, el puño apretado que Eva temía terminaría por aplastarla. Los gritos de ella eran haces de sonidos anchos y abiertos, que la cueva repetía y difundía al mundo a través del orificio que servía de tragaluz. Los de él eran alaridos de impotencia, de rabia, roncos, desconcertados. En todo el cuerpo le dolía el dolor de la mujer. Lloraba inconsolable viéndola sufrir.
El viento se llevó los gritos de Adán y Eva hasta la gran planicie donde pastaban los animales, los dispersó por las montañas, los dejó caer sobre el río.
Las bestias doradas y felinas, los caballos, los zorros, los conejos, el oso, el lagarto, la perdiz, las vacas, las cabras, los búfalos de la pradera, los monos; animales de todas las especies y tamaños empezaron a seguir el lamento como si fuera un llamado. Nubes de polvo se alzaron bajo los cascos de los caballos y las pezuñas veloces de los felinos, los osos y los bisontes, como si aquel sonido sin palabras hubiese logrado atravesar el olvido que los poseyera al salir del Jardín.
Los halcones, las águilas, tordos, mirlos, pájaros carpinteros y azules fueron los primeros en entrar y posarse en los salientes rocosos de las paredes de la cueva, cubiertas por los dibujos de Eva. Poco a poco, a través de aquel día cruzado de lamentos, fueron entrando en silencio los grandes cuadrúpedos, las fieras, los coyotes, los lobos. Adán tuvo un momento de pánico al ver tigres, jabalíes y leopardos cruzar el umbral de la cueva. Sus gritos se tornaron en gemidos de sorpresa y en llanto de consuelo y pasmo cuando enfilados uno detrás del otro entraron los caballos, las cabras, los venados, las mulas; cazadores y presas súbitamente desprovistos del hambre y el instinto que los enemistaba. Recostada en la piedra, sumida en su dolor, con la cabeza metida entre sus rodillas, balanceándose de atrás hacia delante, Eva los sintió antes de verlos; se sintió rodeada de un aliento cálido, circular, un aire espeso y suave que ablandó el espacio que la circundaba y la sostuvo. Alzó el rostro y vio a los animales apretados en círculo alrededor de ella en un aire de reconciliación y reconocimiento, como si la naturaleza de golpe hubiese retornado a la época sin sospechas ni muerte cuando juntos compartían el frescor y los pétalos blancos del Paraíso. Un caballo tocaba con su hocico el hombro de Adán y un ocelote le lamió a ella la cara. Desde que Elokim los echara del Jardín Eva no había vuelto a sentirse tan rotundamente acompañada. Los cuerpos recios de los animales, sus expresiones mansas, le hicieron recordar con nostalgia su propia inocencia. Sollozó con una tristeza extrañamente feliz. Se percató de cuánto había extrañado la mansedumbre y sencillez de las bestias. Sintió un agradecimiento y una ternura tan profundos al pensar que su dolor así los había conmovido que creyó que se vaciaría toda. En ese vaciarse, aflojó los músculos con los que, desafiante, atrapaba a las criaturas en su vientre, negándose a compartir la creación de Elokim. Acompañada por los animales, mirando el rostro conmovido y dulce de Adán al otro lado de sus piernas, hizo el supremo esfuerzo, gritó a todo pulmón y fue así que la primera mujer echó a sus hijos a vivir sobre la Tierra:
Capítulo 19
Una luna amarilla y enorme flotaba noche arriba. Adán cortó los cordones de la hija y el hijo. El águila y el halcón se llevaron una de las placentas; la otra la comieron el tigrillo y la cabra. El olor de la sangre rompió la quietud. Se escucharon rugidos bajos, los animales más vulnerables se escurrieron a toda prisa. Los más fieros salieron taimados con la expresión azorada de quien despierta de un sueño sin saber dónde está. Sólo quedaron en la cueva el perro, el gato y los murciélagos colgados cabeza abajo.
Adán y Eva lloraron viendo partir a los animales. Seguían llorando sin control de sus lágrimas, que sin ruido eran un flujo incesante igual que el desborde de sensaciones acumuladas. Aquel raro e inefable acontecimiento no se borraría jamás de sus recuerdos.
Al fin retornó la realidad en que Adán contempló a Eva entrar y salir del reposo del sueño. Ella no se animaba a entregarse totalmente al descanso. La retenía el deseo de mirar detenidamente los cuerpecitos desnudos y diminutos que Adán puso a su lado. Él también los miraba pero aún no lograba concentrarse. Pensaba en los animales. Mis animales, se repetía. Volvieron mis animales. ¡Qué solo me he quedado sin ellos! Son míos, pero vinieron por ella, por ese dolor del que fui excluido.