El Infinito En La Palma De La Mano
- Автор: Belli Gioconda
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Infinito En La Palma De La Mano». Краткое содержание книги:
Poesía y misterio se dan la mano en esta sorprendente novela que nos presenta al primer hombre y la primera mujer descubriéndose y descubriendo su entorno, experimentando el desconcierto ante el castigo, el poder de dar vida, la crueldad de matar para sobrevivir y el drama de amor y celos de los hijos por sus hermanas gemelas.
El infinito en la palma de la mano ha sido galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2008 por su singularidad y su capacidad evocadora. Gioconda Belli ha creado un mundo nuevo que surge de los Grandes libros secretos, textos apócrifos o prohibidos llenos de revelaciones y fantásticas apariciones, y recrea magistralmente la historia más prodigiosa que pueda imaginarse.
La luna llena apareció otra vez en la noche, pero Eva no sangró.
– Mi cuerpo está cambiando, Adán. Mira mis pechos. Si los aprieto, sale un líquido blanco de mis pezones. Y mira que se han puesto grandes y pesados. Y tengo tanto sueño y lo que como se pudre dentro de mí.
Adán rehuía hablar de eso con ella. Fingía no ver nada de lo que ella le señalaba. Lo que veía lo asustaba y no encontraba manera de explicarlo.
– Te has apagado porque duermes mucho. Sal conmigo mañana. Te hará bien meterte al río. Intentaremos atrapar algún pez, o regresaremos al mar a buscar ostras.
Le mostró el traje que le había cosido. Ella se levantó. Estaba sucia. Olía. El pelo enmarañado. Evocó la carne de agua de las ostras y sintió hambre. Él había mantenido el fuego ardiendo. Él también cambiaba, pensó. Dejaba de lamentarse, dejaba de tener esperanzas. Sin la alternativa del Jardín recurría a la habilidad de sus manos y a su propia intuición.
– Has estado muy ocupado -sonrió.
– Fui al otro lado del río. Podemos ir juntos, si quieres.
– Quiero meterme en el agua del río, pero me gustaría ir al mar.
Él alimentó el fuego. Metió las piedras que había estado afilando en una suerte de bolsa hecha con otra de las pieles. Ciertas piedras eran muy buenas para cortar, le dijo. Emprendieron camino. Adán no sabía decirle cuánto tiempo había estado ella dormitando. Le dijo que eran muchas las noches que había pasado aguardando que ella volviera de donde andaba. Mientras tanto, el aire se había puesto frío y las hojas de los árboles caían al suelo amarillentas y secas. Quizás pronto todo lo que veían se tornaría difuso y se disolvería igual que el Jardín. El paisaje ciertamente lucía desleído. Los verdes palidecían y la luz del sol caía sobre ellos suave y mansa.
– ¿Qué hacen los animales? ¿Los has visto?
– De lejos. Se acercan pero sólo por la noche. Entonces los oigo respirar fuera de la cueva. Los oigo pero no les entiendo.
– ¿Y te da miedo?
– Temo que piensen en comerme, igual que lo pienso yo de ellos. Si pudiera echar mano de un animal más grande, no tendría que ir a cazar conejos o faisanes todos los días. Se me hace cada vez más difícil porque creo que ya intuyen los trucos que uso para atraparlos.
– No sé cómo lo haces. ¿Te da gusto sentir que eres más fuerte y más listo?
– Ciertamente que adivino lo que debo hacer y eso me asombra. Me enfrento a una dificultad y tras meditarlo un rato, de súbito sé cómo solucionarla. Veo posibilidades, las pruebo y una de ellas siempre funciona.
– Te mueve algo más que matar, entonces.
– ¡Matar! No se trata de eso. Se trata de sobrevivir. Soy más pequeño que muchos animales, pero les llevo ventaja porque puedo prever sus movimientos. Ellos, en cambio, no tienen imaginación. Más que las palabras, creo que es eso lo que nos diferencia de ellos. Eso y la tristeza, Eva. Me da pena cuando recuerdo los animales acompañándome en el Jardín y me doy cuenta de que ahora sólo pienso en comerlos. Haces mal en creer que no es difícil para mí.
– Hace frío fuera de la cueva, Adán. ¿Crees que se esté apagando el sol?
– Creo que al desaparecer el Jardín el mundo se ha puesto triste. Ojalá no se apague el sol, Eva. Tendremos que hacerle más ofrendas a Elokim para que se compadezca de nosotros.
Llegaron al río. El verdor de la vegetación de las márgenes permanecía intenso. El agua corría más oscura y muy fría. Eva se sentó en la hierba y se puso a mordisquearla. Morder, comer, pronto ella también sucumbiría a la necesidad, al hambre. Dejaría de juzgar a Adán, como aconsejaba la Serpiente. ¿Qué era peor, el hambre o la muerte? Sus huesos flotaban en su cuerpo y eran ahora visibles bajo la piel. Podía ver los arcos de sus costillas, los nudos de sus caderas, sus rodillas; sólo su vientre se hinchaba. No le quedaría más que resignarse a existir igual que los demás animales que se comían entre sí. Y, sin embargo, tantos había que simplemente pastaban. Pero ella no podía comer hierba todo el día como hacían ellos. Su estómago no lo toleraba. El vómito verde era amargo e inevitable después que comía los tallos y flores que Adán le llevaba porque era lo que veía comer a los venados, las gacelas, los corderos. Se alzó y se acercó al agua. Despacio entró en la corriente. Con los brazos cruzados sobre el pecho, aguantando la respiración, se hundió en el agua gélida. La sensación era filosamente dolorosa pero a la vez placentera. Su cuerpo se replegaba en sí mismo, pero también despertaba, la sangre corría más deprisa. Se empujó con los pies y las manos, nadó un poco. Su pelo largo flotaba alrededor de ella. Un pez plateado se acercó y empezó a pasearse entre las hebras oscuras. Entraba y salía como si éstas fueran las ramas de una planta submarina. Al pececillo lo siguieron otros. Eva se vio rodeada de pronto por una multiplicidad de peces brillantes que se le acercaban sin temor, rozándole la piel. Sin pensarlo alzó la mano y la pasó sobre el lomo de uno de los peces más grandes. La criatura se lo permitió y tras nadar en círculo, regresó por más caricias. Ella probó a tomar uno de ellos con su mano y el pez se quedó quieto dentro de sus dedos. Se le ofrecían. Querían que los atrapara. Levantó los ojos y vio a Adán en la orilla gesticulando, animándola a tomar los peces y lanzarlos fuera del agua en su dirección.
Aseguró el más grande tomándolo por el centro. Con un gesto rápido, lo tiró en dirección de Adán, evitando pensar, sentir el aleteo de vida de la criatura. Los peces continuaban rozándola, como si quisieran que hiciera lo mismo con ellos. Tomó otro. Se lo pasó a Adán. Hizo lo mismo cuatro, cinco veces. Temblaba aterida de frío, conmovida por el ritual mudo y suave de los peces entregándosele como si supieran que los necesitaba.
Adán había aprendido el secreto del fuego. Juntó ramas secas y luego frotó dos piedras mucho rato hasta que la pequeña chispa saltó y encendió la lumbre.
Eva miró los cinco pescados muertos. Vio sus ojos abiertos. Alzó uno de ellos en su mano y le habló pidiéndole perdón. Después, mecánicamente, con la mirada perdida, empezó a arrancarle las escamas con las uñas, que le habían crecido largas y afiladas, y se los pasó a Adán.
Comió la carne blanca con los ojos cerrados. Era suave, dulce, como los pétalos del Paraíso.
Capítulo 15
Lentamente, Eva recuperó sus fuerzas. De unas setas de sombreros intrincados que crecían en la densa vegetación de las márgenes del río tomó la idea de anudar plantas fibrosas y hacer una red para atrapar los peces. Cuando los comía, procuraba no recordar sus ágiles aletas nadando en la corriente. Para no sentirse culpable, se convenció de que las criaturas del agua no sufrían el mismo tipo de muerte que las de la tierra. Imaginó que transitaban de un estado al otro con la mansedumbre con que se pasaban la vida flotando y nadando en silencio. Los peces que ella comía los soñaba luego moviéndose en su estómago, en el refugio redondo que día a día le crecía en el vientre.
Quería volver al mar. El recuerdo de las ostras, la idea de encontrar la mujer avistada en sueños, el mugido quieto de las olas, el deseo de vagar sola sin que el hombre se empeñara en acompañarla se posesionaron de su ánimo. Esperó a que Adán se marchara una mañana y empezó a caminar.