El Infinito En La Palma De La Mano
- Автор: Belli Gioconda
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Infinito En La Palma De La Mano». Краткое содержание книги:
Poesía y misterio se dan la mano en esta sorprendente novela que nos presenta al primer hombre y la primera mujer descubriéndose y descubriendo su entorno, experimentando el desconcierto ante el castigo, el poder de dar vida, la crueldad de matar para sobrevivir y el drama de amor y celos de los hijos por sus hermanas gemelas.
El infinito en la palma de la mano ha sido galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2008 por su singularidad y su capacidad evocadora. Gioconda Belli ha creado un mundo nuevo que surge de los Grandes libros secretos, textos apócrifos o prohibidos llenos de revelaciones y fantásticas apariciones, y recrea magistralmente la historia más prodigiosa que pueda imaginarse.
– He visto otros animales hinchados como tú, Eva. No eres la única. Las cabras están así. Vi una loba también. Algo te saldrá de dentro.
– Conejitos -rió Eva-. Sólo los conejos hacen más conejos. ¿Nos multiplicaremos acaso, Adán? ¿Será nuestro reflejo lo que se teje dentro de mí? A veces pienso que estoy llena de agua y que todos los peces que he comido saldrán y nos comerán.
– Yo nunca fui pequeño, tú tampoco. Nuestro reflejo no cabría dentro de ti.
– Hay conejos pequeños. Crecen después. Lo que tengo dentro se mueve.
– Serán pétalos blancos o peces para alimentar al que aparezca cuando durmamos.
– Y tú, Adán, ¿no sientes nada?
– Me angustio, Eva. Me pregunto si algún día haremos otra cosa que no sea pensar en cómo no tener hambre y no morirnos de frío. No logro pensar en nada más.
En el mundo helado del invierno, Adán se veía forzado a pasearse entre las presas que dejaban otros animales, compitiendo con los buitres por los despojos. A veces le sorprendía encontrar entre los huesos porciones enteras. Imaginaba que los grandes carnívoros, los tigres, los osos, los leones, guardaban aún en el silencio de sus memorias el vínculo que él forjara con ellos en el Jardín y que aquélla era su manera de mostrarle que no todo estaba olvidado. Se alegraba con estos hallazgos, pero también lloraba. A la vez que salivaba pensando en comer, se lamentaba. Recordaba el tiempo cuando le habría sido imposible imaginar un mundo poblado por criaturas que se amenazaran entre sí y a quienes la necesidad de supervivencia las obligara a la desconfianza mutua. Lloraba mientras se hartaba sin pudor, desgarrando la carne, gimiendo del hambre de días, desgraciado, humillado y a la vez dichoso de poder volver a la cueva y alimentar a Eva, el gato y el perro.
Ella se conmovía al verlo regresar. El hambre al fin la llevó a probar lo que fuera que él encontrara. No preguntaba. Ponía los trozos de carne al fuego y comía casi sin respirar. No pocas veces, mientras masticaba, maldijo a Elokim. Su cuerpo pesado le impedía acompañar a Adán y debía conformarse con salir por las mañanas a recolectar ramas caídas para alimentar el fuego y, durante el día, coser las pieles con las que se abrigaban.
La soledad, sin embargo, le hacía bien. No le importaba estar sola mientras confiara en que él regresaría y prefería no dudarlo. A pesar de las hienas, Adán estaba seguro. No tengas miedo, le decía, las hienas se marcharon. No tengo miedo, le decía él. Eres tú la que aún no se repone del susto. Eva reconocía que era su propio miedo el que hablaba. El encuentro con las hienas retenía en sus recuerdos el horror de comprobar el fin de la complicidad con los animales, la necesidad de reconocer lo que creían conocido. Sola en la cueva a veces la tristeza la agobiaba. Volvía a rememorar una y otra vez las experiencias vividas y los razonamientos que la llevaron a morder el higo. Las visiones, la certeza con la que creyó en la Historia que supuestamente ella inauguraría, la llenaban de congoja y de rabia contra sí misma. El paisaje a veces le recordaba la belleza del Jardín, pero no compensaba el dolor de la piel herida cuando sangraba; no era igual con hambre y sed y frío.
Fue la necesidad de sacarse la congoja lo que la llevó un día de tantos a inventar una forma para poder mirarla y ponerla fuera de ella. Desde entonces, hasta estar triste le pareció que tenía su razón de ser.
Se percató de que con los tizones calcinados y ennegrecidos de la hoguera podía trazar líneas negras sobre las paredes de la cueva. Empezó tanteando el efecto sobre una de las paredes más lisas. Las torpes rayas del principio fueron haciéndose más fluidas con el paso de los días. Mientras pintaba en la pared imágenes de su memoria, el brazo se le llenaba de un fluido cálido y ella se entusiasmaba. La mano perdía la timidez y volaba trazando figuras con el carbón. Conoció entonces una felicidad distinta e inexplicable que tuvo la cualidad de hacer que se sintiera menos sola. Cuanto estaba oculto dentro de ella salió a acompañarla. Luego retrató otras figuras. Así apareció el venado avistado entre los árboles y el bisonte magnífico inclinando la testuz. Con el polvillo rojo de las rocas hizo el Sol. Dibujó el contorno de las riberas del río, las piedras de sus márgenes, y fue como si el rumor del agua sonara en sus oídos.
También imaginó a Adán en sus exploraciones. Lo hizo surgir alto y monumental, más grande y fuerte que cualquier animal con el que pudiera toparse. Lo dibujó atravesando paisajes amables, durmiendo al abrigo de rocas, sin que nada lo amenazara, segura de que la realidad encontraría la manera de parecerse a sus dibujos.
– Y yo que pasé las noches temiendo que me devoraran hienas o coyotes -había dicho él, mofándose para disimular el pasmo que le produjo ver en la pared los perfiles de la realidad.
Adán no tardó, sin embargo, en percatarse del poder de las figuras. Imaginar los dibujos, saber que Eva estaría delineando su regreso, lo reconfortaba. En cada retorno, le narraba a Eva los detalles de sus incursiones para que ella, al dibujarlas, las viviera también. Le maravillaba verla mover la mano, sacar de entre sus dedos los trazos que, sin ser un venado o un tigre, parecían poseer la esencia del venado y del tigre. A la luz de la hoguera, Adán encontró el placer de narrarle sus correrías. A menudo cedía a la tentación de añadir a la realidad sus fantasías. Le daba gozo ver los ojos de ella pendientes de sus palabras. Era como llevarla con él y vivir todo aquello a su lado.
Hacia el final del invierno, flaco y débil, el hombre desistió de salir de la cueva. Días innumerables sólo comieron paja, hierbas e insectos. Dos parejas de murciélagos llegaron a vivir a la cueva. Los sentían volar. Los veían dormir colgados, cabeza abajo. Eva perdió el impulso de dibujar. Agotados en su intento de sobrevivir, se aprestaron a morir.
– No temamos más la muerte -dijo ella-. Quizás por eso sean felices los animales, Adán, porque no la temen.
– Quizás nunca fuimos eternos. Quizás sólo ignorábamos que moriríamos. Quizás eso era el Paraíso -dijo él.
Eva lloró. Lloraba ahora con mucha facilidad. Pensaba que llorar aligeraría el agua de su estómago. Adán la abrazó. Sus brazos no alcanzaban ya a rodearla toda y temía meterse dentro de ella y que lo atrapara la criatura que vivía en su vientre, pero la acomodó contra su pecho. Dormir era un alivio. Los días grises y deslucidos se confundían con las noches de luna llena. Cuanto más dormían, más querían dormir. Apenas despertaban para calmar la sed, orinar y aliviarse los intestinos. Aterido de frío, Adán se asomaba a la boca de la cueva y se preguntaba si las estrellas eran la arena luminosa de un mar oscuro al otro lado del cielo donde se hundirían finalmente.
Del sueño donde estaban siempre muriendo, rodando por precipicios o fracasando en su intento de retornar al Jardín, los sacó el ruido del aguacero entrando por la apertura de la cueva.
Eva sintió la brisa cálida. Abrió los ojos. Miró a Adán durmiendo desmadejado, con el brazo puesto sobre la cara. Se tocó la barriga para cerciorarse de que no era su mar interior el que se desbordaba. Se sentó sobre la piedra y vio el agua que chorreaba afuera en hilos transparentes y brillantes. Zarandeó a Adán.
– Está lloviendo. Está lloviendo -exclamó en tono celebratorio. Tuvo la certeza de que ya no morirían de frío.
Habían sobrevivido a su primer invierno.