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El Infinito En La Palma De La Mano

Электронная книга - «El Infinito En La Palma De La Mano». Краткое содержание книги:

l mágico relato de nuestros orígenes es probablemente el que más fascinación ha inspirado en la humanidad a lo largo de los tiempos. Pero, más allá de los cuarenta versículos que la Biblia dedica a Adán y Eva, más allá incluso de la leyenda, ¿cómo sería la vida de aquella inocente, valiente y conmovedora primera pareja?, ¿cómo sería aquel universo primigenio?
Poesía y misterio se dan la mano en esta sorprendente novela que nos presenta al primer hombre y la primera mujer descubriéndose y descubriendo su entorno, experimentando el desconcierto ante el castigo, el poder de dar vida, la crueldad de matar para sobrevivir y el drama de amor y celos de los hijos por sus hermanas gemelas.
El infinito en la palma de la mano ha sido galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2008 por su singularidad y su capacidad evocadora. Gioconda Belli ha creado un mundo nuevo que surge de los Grandes libros secretos, textos apócrifos o prohibidos llenos de revelaciones y fantásticas apariciones, y recrea magistralmente la historia más prodigiosa que pueda imaginarse.
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Capítulo 17

Adán y ella se bañaron bajo la lluvia. Estaban flacos. Se vieron y se señalaron los huesos. Se pusieron a reír. El agua fría lavó sus legañas, el polvo, el olor rancio. Eva lo miró y supo que estaba pensando lo mismo que ella, recordando el momento en que supo que era y también cuando ella despertó a su lado y se reconocieron hombre y mujer. Nunca hablaban de eso, pero tenían una manera de mirarse en la que cada uno reconocía en el otro la presencia del recuerdo. Se secaron al sol. Recuperaron el porte erguido y la mirada feliz de su primera existencia. Adán se preguntó cuántos días habría llovido mientras ellos soñaban que morían, porque otra vez el mundo estaba verde y opulento. Apenas cesó el aguacero las nubes se fueron arrastradas por el viento y sobre ellos el cielo intensamente azul brilló con el esplendor de un día soleado.

Eva se apoyó en Adán para atravesar los charcos que el agua había dejado como ojos brillantes sobre la tierra. No sólo el paisaje se había recuperado del frío, las ramas de la higuera, yertas y ennegrecidas por el incendio, habían renacido frondosas sin rastro de aquel percance. El árbol rebosaba de higos gordos y jugosos. Los cortaron y se pusieron a comerlos. Tenían el sabor de su último día en el Jardín, pero también de su primera intimidad. Adán apartó el efímero rencor al recordar la delicada y perfecta mano de Eva tendiéndole el fruto prohibido. La nostalgia tenaz cedió ante el alivio de estar vivos y ver los colores del mundo recuperar su intensidad.

Él la ayudó a subir un trecho de montaña desde donde contemplaron la hierba creciendo de nuevo sobre la planicie y un gran número de animales pastando plácidamente. Eva señaló cabras, caballos, venados, antílopes, ovejas. Junto a ellos criaturas idénticas pero más pequeñas retozaban y pastaban.

– Pronto llegará tu tiempo. -La Serpiente estaba enroscada en la rama de un arbusto espinoso.

– ¡Tú! -exclamó Eva.

– Dormí todo el invierno. Un largo sueño. Mucho tiempo perdido.

– ¿Volverá el frío?

– Puntual como el hambre, pero antes renacerán las plantas y hará mucho calor. El invierno llega después que caen las hojas.

– ¿Qué tiempo dices que llegará para mí?

– ¿No lo adivinas?

– ¿Qué saldrá de mí?

– Gemelos, Eva. Varón y hembra. Hijo, hija. Así se llamarán las crías que provendrán de ti y tu descendencia.

– Hijos, hijas -repitió Eva.

– ¿Cuándo vendrán? -preguntó Adán.

– Muy pronto.

– ¿Cómo será?

– Con dolor

Eva miró a la Serpiente con despecho. ¿Más dolor? ¿Que acaso no había sido suficiente ver lo que habían sufrido por el hambre y el frío?

– Lo siento, Eva. Pensé que te lo debía advertir. Así lo dispuso Elokim. No sé por qué tiene una cierta afición al dolor. Quizás él querría sentirlo. Pensará que el del cuerpo es más fácil de tolerar.

– ¿Tú imaginas que sufre?

– Pienso que no habría creado lo que no conoce.

– Quizás lo imaginó. Quizás por eso no mide el sufrimiento ajeno.

– No te alteres. No te hace bien. Me iré. No era mi intención estropearles su primavera.

Deslizando su cuerpo largo y dorado, se metió bajo unas piedras y desapareció.

Adán se sintió intruso en la aflicción de Eva. Le resultó difícil pensar en dolores bajo el cielo ancho y luminoso. Sería mejor no pensar en eso, le dijo a Eva. Si los animales tenían crías, no tendría por qué resultarle más difícil a ella.

– No soy un animal, Adán.

– Precisamente -apuntó él, conciliador-, lo harás mejor que ellos.

Eva prefirió no pensar en el dolor. Bajaron de la falda de la montaña y se encaminaron despacio al río. Caminaron por la ribera bajo el verde tierno de las hojas nuevas. Estornudaron el polen que flotaba invisible en el aire. En medio de la hierba, flores silvestres amarillas, púrpuras y naranjas asomaban sus cabezas. Olía a raíces, a tierra saciada, y el aire estaba lleno del parpadeo súbito de alas de mariposa y el sostenido canto de los insectos que saltaban de improviso entre la maleza. ¿Quién entendía a Elokim?, pensó Adán, aquella tierra a la que los desterró bien que tenía un Jardín bajo la piel. El verdor de pronto tan abundante le llenó los ojos de lágrimas.

Saciados de ver, oír y oler el despliegue de vida de la tierra que habían dado por muerta, emprendieron el regreso a la cueva. De unos matorrales se escapó un quejido agudo. Eva apartó las ramas. Sobre la hierba, tirada, con las patas dando coces al aire, una yegua se retorcía de dolor. Eva notó que su vientre estaba tan abultado como el de ella y que tenía el sexo inflamado.

– Tengo que ver lo que hace, Adán. Creo que a ella le ha llegado su tiempo.

Eva se acercó cautelosa. Se arrodilló a su lado. La yegua hizo amago de moverse, pero desistió resignada casi de inmediato. Eva movió sus manos delicadamente para no asustarla y las pasó apenas sobre la superficie de la amplia barriga. La piel extendida, tensa, misteriosamente rocosa y mineral, era igual a la de su vientre cuando se contraía. Con la mano derecha acarició el largo hocico. La yegua la miró con sus ojos enormes y asustados. Ella continuó pasándole la mano por la panza, el hocico, el pelo de las apretadas mejillas, repitió los sonidos que usaba para sosegar a Adán.

Él contempló el misterioso contorno lunar del cuerpo de la mujer y la curva elevación del vientre de la yegua. Animal y mujer se miraban a los ojos, el largo pelo oscuro de Eva enmarcaba su perfil inclinado.

¿Qué sabrán que yo no sé?, pensó Adán. Sintió la misma reverencia que cuando vio por primera vez el Árbol de la Vida.

Ambos contuvieron el aliento cuando dos pequeñas extremidades aparecieron por el sexo de la parturienta que, tras un largo, dolido relincho expulsó al potrillo diminuto, perfecto, hecho a su imagen y semejanza. Envuelto en un tejido blanco, seboso y sanguinolento, el pequeño caballo quedó sobre la maleza. Ni él ni ella se atrevieron a tocarlo. Pasó una hora, la yegua rompió con sus dientes el envoltorio del potrillo. El animalito hizo el intento de alzarse sobre sus patas. Cayó y se levantó varias veces hasta lograrlo. Resoplando, la yegua, ya de pie, empezó a lamer concienzudamente a su cría.

Eva se tocó el borde redondo. El aire escapó de sus pulmones en un sonido de alivio y asombro. Así era, pensó. Adán tenía razón. Si lo hacían los animales, ella lo haría mejor.

Capítulo 18

Eva apenas durmió esa noche imaginando los hijos diminutos que le anunciara la Serpiente. Rió callada para no despertar a Adán, pensando en cómo su imaginación primero, y luego la de él, había poblado su interior de peces, delfines y hasta monstruos marinos. Entrelazó los brazos alrededor de su vientre. Pensó en su sexo pequeño y húmedo como un molusco encarnado. Se estremeció. Quizás tendría que desgarrarse todo. Cerró apretadamente los ojos para calmar la súbita agitación de su miedo. La yegua se había alzado tras su faena. Ella también lo haría. Se negó a pensar en el dolor. Intentó imaginar a su hija y su hijo. ¿Serían como ella y como él? ¿O serían diferentes como diferentes eran ellos de Elokim? Pasó la mano por su barriga tensa y redonda. Aguardó. Sintió el movimiento acuático, el golpeteo leve. Allí estaban, igual que ella estuvo guardada en la costilla de Adán. Pero él ya no daría más a luz. ¿Por qué ella ahora? ¿Por qué ella la que poblaría la soledad que habitaban? Vivir ¿era un privilegio o un castigo? ¿Por qué la hacía Elokim cómplice de su creación?

¿Cómo serán criaturas pequeñas? -las interrogó-. ¿Cuándo las conoceré? ¿Cuándo se dejarán ver? ¿Qué pasaría exactamente? ¿Cómo se anunciarían? ¿Cómo sabría ella el día que sucedería? ¿Qué asomaría primero, los pies, las manos, la cabeza?

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