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El Infinito En La Palma De La Mano

Электронная книга - «El Infinito En La Palma De La Mano». Краткое содержание книги:

l mágico relato de nuestros orígenes es probablemente el que más fascinación ha inspirado en la humanidad a lo largo de los tiempos. Pero, más allá de los cuarenta versículos que la Biblia dedica a Adán y Eva, más allá incluso de la leyenda, ¿cómo sería la vida de aquella inocente, valiente y conmovedora primera pareja?, ¿cómo sería aquel universo primigenio?
Poesía y misterio se dan la mano en esta sorprendente novela que nos presenta al primer hombre y la primera mujer descubriéndose y descubriendo su entorno, experimentando el desconcierto ante el castigo, el poder de dar vida, la crueldad de matar para sobrevivir y el drama de amor y celos de los hijos por sus hermanas gemelas.
El infinito en la palma de la mano ha sido galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2008 por su singularidad y su capacidad evocadora. Gioconda Belli ha creado un mundo nuevo que surge de los Grandes libros secretos, textos apócrifos o prohibidos llenos de revelaciones y fantásticas apariciones, y recrea magistralmente la historia más prodigiosa que pueda imaginarse.
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Eva pensó con nostalgia en la luz y quietud del Jardín. En la eternidad. Recordó el reposo de su ánimo, los pensamientos simples de su mente ajena al sobresalto, al llanto, a la angustia o la rabia; aquel flotar leve de hoja sobre la superficie del agua.

– Si no hubiésemos comido la fruta -dijo ella mirándolo a los ojos- yo jamás habría probado un higo, o una ostra. No habría visto el Fénix resurgir de sus cenizas. No habría conocido la noche. No reconocería que me siento sola cuando te vas, ni habría sentido cómo mi cuerpo tan frío aún en medio del incendio se llenó de calor apenas oí que me llamabas. Seguiría viéndote desnudo sin que me turbaras. Nunca habría sabido cuánto me gusta cuando te deslizas como pez dentro de mí para inventar el mar.

– Y yo no habría sabido que no me gusta que tengas hambre. Me parece cruel verte palidecer y no hacer nada por evitarlo. Yo no decidí que las cosas fueran así, Eva. Yo aprendo de lo que veo a mi alrededor.

El hombre no dijo más. Ella también calló. ¿Por qué pensarían de tan diferente manera? -se preguntó-. ¿Quién de los dos prevalecería? Al descampado, junto a las rocas que circundaban la cueva, se acurrucó junto a él y más tarde, a horcajadas sobre Adán, con la luna menguante rodeándole la cabeza, hizo que el hombre olvidara el hambre y la necesidad de matar.

De madrugada regresaron a la cueva. El calor intenso había dado paso a una emanación placenteramente cálida. En la arena de la gruta, ardían unas piedras encendidas tenuemente. Adán dejó caer al descuido el conejo. El olor de la carne en el fuego le alborotó la saliva. Puesta al fuego, la carne se doró y fue más fácil hincarle los dientes. Él pensó que tendría que aprender a dominar la intensidad del fuego. Es como todo, pensó, contiene el Bien y el Mal.

Eva lo observó sin acercarse.

Al día siguiente fue ella quien salió a explorar. Quiso ir sola. No debes ir muy lejos, dijo él, no sea que no puedas regresar. Qué le hacía pensar que ella no podría ir y volver igual que él fue y volvió, sonrió ella. Y salió.

Notó que la luz del sol se filtraba blanda y leve a través de un cielo cubierto de nubes. Se encaminó hacia el río pensando que buscaría la manera de cruzar al verdor de la otra orilla. El perro la siguió a través de la pradera de altas hierbas amarillas. Iba delante de ella husmeando el suelo, provocando la huida de conejos que salían corriendo en todas direcciones. Había muchos, ciertamente. Imaginó sus pequeños corazones asustados. Un halcón voló muy bajo, levantó a uno de ellos y se lo llevó volando por los aires. Lo matará. Se lo comerá, pensó ella. Recordó el olor de la carne del animal. La visión de criaturas vivas comiéndose entre ellas era repugnante. La sangre. Los dientes del perro. El dolor de los animales sacrificados. Triste aquello. ¿Qué de bueno podría resultar si la vida se alimentaba de la muerte? ¿Quién lo habría dispuesto? ¿Qué harían si otro animal intentaba matarlos a ellos? Se negaba a aceptar que ésta fuese la única forma de proveerse sustento. La tierra producía higos y frutas. Si alimentaba pájaros y elefantes, tendría que ofrecer algún alimento dulce y benigno. ¡Ah, cómo echaba de menos los pétalos blancos del Jardín!

Llegó al río. Se detuvo a mirarlo. Imaginó un ojo gigantesco muy lejos de allí llorando el agua cristalina. El río llevaba tanta prisa y sin embargo no tenía más propósito que correr y correr. Escuchó su murmullo. Quizás los pájaros morían dentro del río y seguían cantando. Las piedras inexpresivas, mudas, eran suaves y mansas dentro del agua. El río venía de muy lejos. Se perdía en el horizonte. De lo alto del monte desde donde se habían lanzado al vacío, ella recordaba haber visto dos largos cordones de agua retorciéndose sobre el paisaje hasta empequeñecerse en la lejanía. Alguna vez debían seguirlos y ver hasta dónde llegaban.

Anduvo bajo la sombra de los árboles, aspirando con gusto el olor vegetal. Ardillas, pájaros, insectos pululaban por doquier. El perro olfateaba. Se detenía a orinar. De la ribera Eva saltó a un islote equilibrándose sobre las piedras que sobresalían del fondo. El perro nadó. Ella también se metió al agua para alcanzar la ribera opuesta. En una hoja de palma recogió frutas, cuanto le pareció carnoso y comestible. El paisaje era más verde y feraz en esa orilla, con árboles de follaje abundante y unas palmeras pequeñas de las que brotaban racimos de dátiles que arrancó encantada con su hallazgo. También encontró altas malezas doradas coronadas con penachos formados por pequeños granos duros cuyo sabor probó. Vagaba poseída de una energía extraña, como venada, mirando aquí y allá, ya no con una actitud contemplativa, sino con el propósito claro de encontrar en la naturaleza que la rodeaba lo que pudiera transformarse y serles útil. Arrancó hojas largas y pálidas. Las amarró unas con otras para sujetar su carga. Recogió cáscaras, semillas, flores, examinándolo todo, segura de estar rodeada de claves que con paciencia y atención alcanzaría a descifrar. La noche anterior, mirando las plumas del Fénix, había construido en su imaginación un plumaje para ella y Adán, pero apenas había encontrado una que otra pluma desperdigada por el suelo.

De regreso con su pequeño cargamento, tuvo un momento de desmayo. Perdería todo al cruzar el río hacia el islote. Observó que la madera flotaba en la corriente y, uniendo dos trozos de ramas anchas y secas con las lianas que llevaba, construyó un pequeño armazón sobre el que colocó su botín. El perro se echó bajo una sombra mientras ella trabajaba. Por fin Eva llegó al otro lado tiritando, pero feliz. Supo que cuanto había hecho ese día era bueno.

Capítulo 13

Adán había matado más conejos. Los había desollado. Ella se entristeció al regresar y ver las pieles extendidas -tensas siluetas despojadas- expuestas al sol sobre las rocas. Encontró al hombre dormido dentro de la cueva, su rostro esforzado en aferrarse al sueño, los restos de su festín sobre el suelo al lado de la hoguera donde ardían trozos de madera seca. El gato, que yacía cerca de él, levantó la cabeza para mirarla impasible. El perro se posesionó de unos cuantos huesos y fue a echarse a un rincón de la gruta.

Ella abrió su atado de frutas y comió dátiles y naranjas.

– La tierra al otro lado del río se parece al Jardín. Hay muchos árboles y frutas. Mira todo lo que encontré -dijo, cuando él despertó-. No tendrás que matar más conejos.

– ¿Has visto cuántos traje? Prendí fuego con un leño en un lado de la pradera y me aposté en el otro. Vinieron corriendo. Si hubieras estado conmigo, tendríamos más aún.

Sonreía satisfecho, orgulloso.

– ¿Para qué querrías tantos?

– Las pieles nos servirán para cubrirnos, y no nos faltará el alimento.

– Te decía que al otro lado del río hay frutas en abundancia.

– No podemos irnos lejos de aquí, Eva. Debemos esperar cerca del Jardín en caso de que el Otro se arrepienta y cambie de opinión. Ven. Mira.

Se levantó y la llevó fuera a un recodo en las rocas cercanas, donde había puesto dos conejos, sin pelar, sobre una piedra limpia y plana.

– He puesto esta ofrenda para el Otro. Quiero que sepa que agradecemos que interviniera enviando al Fénix a salvarte del fuego. Mira que ha seguido velando por nosotros. Quizás nos perdone.

– Una cosa es que impida que muramos y otra que esté dispuesto a que regresemos.

– Mira que te equivocaste cuando pensaste que comer la fruta no sería mayor cosa. Puede que te equivoques de nuevo.

– ¿Y si no viene a llevarse los conejos?

– Se los llevaremos. Le llevaremos una ofrenda todos los días para ablandar su corazón.

Esa noche, Eva sintió que el sueño tardaba en llegar. Abrió los ojos en la oscuridad y vio los ojos del gato brillando sin parpadear y el resplandor rojizo de las brasas que Adán alimentaba con hierba y ramas secas para que no se apagara. No entendía la crueldad, pero la palabra le sabía amarga en la boca. Cerró los ojos. Exploró dentro de su angustia. Intentó distinguir la sangre que derramara su intimidad de la sangre de los conejos. Dentro de sus ojos, el mar reaparecía y también la playa larga y muda donde las olas cantaban su canción interminable. Sobre las rocas lejanas vio una figura. Creyó que era Adán y caminó hacia él. El rostro de otra como ella la sorprendió. Más le asombró que la conociera y supiera su nombre. A diferencia de ella, apenas cubierta con la única piel tosca y desgarrada que le había servido de vestimenta, la mujer iba envuelta en un plumaje que caía sobre sus contornos suavemente. Eva oía que la otra le hablaba, pero el viento se llevaba sus palabras. Ella quería escucharla y se acercaba intentando vencer la resistencia del aire que se había tornado denso y blancuzco. La boca se le llenaba de sal, pero no desistía. Quería saber quién era esa como ella que aparecía de súbito en su soledad. Al fin logró zafarse del aire que la atrapaba y cayó de bruces sobre la mujer. En el abrazo se disolvió el rostro que la miraba. Cuando recuperó el equilibrio estaba sola en la playa, sentada en el lugar de la otra, con el traje de plumas, viendo el mar.

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