Secretos en el tiempo
- Автор: Хоффман Кейт
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Secretos en el tiempo». Краткое содержание книги:
Después de haber crecido como hija única, Keely McClain descubrió con asombro que no sólo tenía un padre, sino que también tenía seis hermanos mayores. Pero antes de nada debía descubrir qué había sucedido hacía tantos años. Y, al investigar su pasado, encontró una familia… y un amante…
Rafe Kendrick sólo tenía un objetivo en la vida: vengarse de los Quinn, y no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie lo distrajera… Hasta que se enamoró locamente de la nueva camarera del pub de los Quinn. Aún así, decidió poner su plan en marcha… fue entonces cuando descubrió que la mujer que había en su cama también era una Quinn.
Había pensado en Rafe muchísimas veces durante el último mes, pero en ningún momento se le había pasado por la cabeza que este sintiera por ella algo más que un calentón pasajero.
Se paró mediada la acera y gritó frustrada:
– No he venido a esto. No he venido por mi vida sexual. He venido a encontrar a mi familia -se desahogó. Luego se giró para volver al bar, pero pensó que la recibirían con miradas y murmullos curiosos sobre su comportamiento. Había pensado pasar la noche en Boston y regresar a Nueva York por la mañana, pero solo eran las diez. Si se marchaba ya, estaría en casa a la una-. La próxima vez. Les diré quién soy la próxima vez que venga -se dijo.
Se dirigió hacia el coche, medio esperanzada con encontrarse a Rafe esperándola. Pero la calle estaba vacía. Rodeó la parte de atrás del coche y se dio cuenta de que le habían pinchado una de las ruedas. Se agachó a examinarla y encontró una raja cerca de la llanta. Alguien se la había rajado adrede. Pero, ¿quién?
Rafe había desaparecido en esa dirección, pero no podía creerse que hubiese hecho algo tan ruin. ¿Para qué?, ¿para rescatarla de nuevo? ¿O para obligarla a afrontar sus problemas sin su ayuda? Keely soltó una palabrota, abrió el maletero y empezó a bucear entre las herramientas para cambiar la rueda.
Primero intentó aflojar las tuercas. Pero, por más que giraba y tiraba, no conseguía moverlas un milímetro.
– ¡Mierda! -exclamó frustrada. Y le dio una patada a la rueda.
– ¿Puedo ayudarla? -la voz que sonó a su espalda la sobresaltó y la hizo dar un pequeño grito. Se giró, agarrando con fuerza la llave inglesa, pero reconoció al hombre de inmediato. Lo había visto la otra noche delante del Pub de Quinn, justo antes de encontrarse con Rafe-. Tranquila, soy policía -añadió, abriendo las manos en señal de paz.
– Enséñame la placa -contestó Keely, tratando de mantener la calma. Sospechaba que estaba ante uno de sus hermanos, pero quería asegurarse antes de soltar su arma.
El hombre accedió a su petición. Se llevó la mano al bolsillo trasero y sacó una cartera. Cuando la abrió, Keely aguzó la vista para leer su nombre bajo la luz tenue de las farolas.
– ¿Ves? Inspector Conor Quinn. De la Brigada de Policía de Boston.
Había acertado aquella primera noche: era el mayor de sus hermanos.
– ¿Quinn?
– Sí, mi padre es el dueño del pub -dijo Conor. Luego examinó la cara de Keely con extrañeza-. Me resultas familiar. ¿Nos conocemos?
– No -respondió ella.
Siguió haciéndole una pregunta tras otra hasta hacerla sentir que la estaba interrogando, que intentaba descubrir la verdadera razón por la que estaba sola en una calle desierta de Southie a esas horas de la noche. Por suerte, concluyó que no era una delincuente y se ofreció a ayudarla a cambiar la rueda.
Keely se apartó y lo miró maravillada por la sencillez con que llevaba a cabo la operación.
– Podías haber pasado al pub y utilizar el teléfono para llamar a un amigo -comentó Conor-. No deberías estar sola en una calle a oscuras como esta -añadió mientras se ponía de pie. Luego se sacudió las manos, abrió el maletero y sacó la rueda de recambio.
– No tengo amigos… por aquí. Están… todos fuera -contestó Keely. Quizá, pensó entonces, si hacía ella las preguntas, conseguiría que Conor parara-. ¿Es un negocio familiar? -añadió con naturalidad, como si no estuviera deseando recabar el más mínimo detalle.
– ¿El pub? -Conor giró la cabeza-. Me turno con mis hermanos los fines de semana.
– ¿Cuántos tienes?
– Cinco -dijo con el ceno fruncido mientras volvía a apretar las tuercas.
– Cinco hermanos. No… no me imagino con cinco hermanos -Keely sonrió-. ¿Cómo se llaman?
Conor se levantó, se sacudió las manos de nuevo, quitó el gato y el coche bajó despacio a la altura debida.
– Dylan, Brendan, Sean, Brian y Liam. Están dentro todos esperándome. ¿Por qué no pasas y te lavas las manos? Te invito a un refresco.
Keely ya había decidido dar por terminada la noche. Pero la oferta resultaba tentadora. Podía entrar con su hermano mayor en el pub, presentarse y acabar con la historia de una vez por todas.
– No -respondió en cambio, empeñada en no dejarse arrastrar por un impulso. Era un paso importante y quería planearlo con cuidado-. Tengo que irme. Se me hace tarde.
Keely le quitó de la mano la llave inglesa, recogió el gato, lo metió todo en el maletero y se metió en el coche.
Mientras arrancaba, exhaló un suspiro tenso.
Para haber empezado tan bien, la noche había terminado siendo un drama. Parecía la protagonista de una telenovela: era la hija secreta que acababa de descubrir una familia nueva y un amante herido en su orgullo. Solo le faltaba un golpe de amnesia, un accidente que le desfigurara la cara y tendría la trama entera.
Keely miró en la batidora mientras dejaba caer unas gotas de mantequilla en la alcorza. Giró la mezcla una y otra vez, alegre de tener algo con que distraerse. Desde que había vuelto de Boston la noche anterior, no había dejado de pensar en Rafe, todo el rato preguntándose si debía ponerse en contacto con él o dejarlo correr sin más.
No podía negar que seguía atrayéndola. A pesar de su enojo, seguía siendo un hombre increíblemente sexy. La noche anterior se había sentado en la cocina y, entre sorbos de café, había hecho una lista con los pros y contras de llamarlo.
Su tarjeta de trabajo seguía pegada en la nevera, justo bajo un imán con forma de sandía. Pero una llamada sería demasiado violenta, habría muchos silencios incómodos. Y mandarle una carta sería demasiado impersonal. Así que había optado por una tercera opción: una tarta.
– ¿Qué haces?
Keely levantó la vista de la batidora y vio a su madre en la puerta de la cocina. Llevaba un mandil verde con el logo de la repostería.
– Estoy probando un nuevo diseño.
– Tenemos que entregar la tarta de los Wagner antes de las diez de la mañana. Tres plantas ni más ni menos.
– Tranquila, me da tiempo.
– Si no quieres hacerla, dímelo. Les pediré a las chicas que se ocupen ella. Tendrán que ponerse dos, pero…
– Te he dicho que me da tiempo -Keely apretó los dientes-. Tengo el resto de la tarde y toda la noche.
– Creo que no eres consciente de lo complicada que es esa tarta.
– Mamá, el diseño de esa maldita tarta lo inventé yo. Sé perfectamente lo complicada que es.
– No hables mal, Keely.
– ¿Por qué? Tú lo haces. No siempre eres la dama irlandesa educadita que pretendes.
Fiona pasó por alto la provocación y miró hacia la tarta que su hija estaba preparando.
– ¿Qué son?, ¿unos zapatos?
– Italianos -contestó Keely-. Son para un amigo.
Fiona se quedó en silencio unos segundos.
– ¿Voy a tener que estar preguntándote siempre? -preguntó por fin-. ¿No podías informarme por adelantado de tus viajes a Boston? Anoche te esperé para cenar. Creía que teníamos planes.
– Lo siento. Lo decidí en el último momento. Tenía el día libre.
– ¿Hablaste con tu padre? -preguntó Fiona con falsa indiferencia.
– Sí, y conocí a tres de mis hermanos: Conor, Liam y Sean -Keely negó con la cabeza-. Bueno, en realidad no los conocí. Pero hablé con ellos.
Su madre se quedó callada y cuando Keely levantó la vista de la tarta, vio que se le estaban saltando las lágrimas. Se reprochó comportarse de un modo tan infanticlass="underline" su madre llevaba veinticinco años sin noticias de sus hijos y ella le estaba escamoteando información.
– Son muy guapos -comentó con cariño.
– ¿Sí?, ¿son buenos hombres? Quiero decir, ¿son correctos? -preguntó Fiona con una sonrisa trémula-. Siempre intenté enseñarlos a comportarse. Su padre era muy bruto, pero yo no quería que mis hijos fuesen unos bestias.