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Электронная книга - «Secretos en el tiempo». Краткое содержание книги:

Una mujer en busca de su pasado… Un hombre dispuesto a arruinarlo
Después de haber crecido como hija única, Keely McClain descubrió con asombro que no sólo tenía un padre, sino que también tenía seis hermanos mayores. Pero antes de nada debía descubrir qué había sucedido hacía tantos años. Y, al investigar su pasado, encontró una familia… y un amante…
Rafe Kendrick sólo tenía un objetivo en la vida: vengarse de los Quinn, y no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie lo distrajera… Hasta que se enamoró locamente de la nueva camarera del pub de los Quinn. Aún así, decidió poner su plan en marcha… fue entonces cuando descubrió que la mujer que había en su cama también era una Quinn.
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Había hecho todo lo posible por integrarse. Sean y Liam llevaban trabajando desde primera hora de la tarde, preparando caldo irlandés y poniendo jarras de Guinness gratis. Conor había llegado a las tres con su flamante esposa, Olivia, y poco después había aparecido Dylan con su prometida, Meggie, y el hermano de esta, Tommy. Ya solo esperaban a Brendan, aunque ninguno estaba seguro de que acabara presentándose.

Estaba ansiosa por conocer al último de sus hermanos. Ya sabía que Dylan era bombero y Meggie tenía un café. Y que Conor y Olivia se habían casado el fin de semana del día de acción de gracias. Brendan era escritor y Seamus tenía copias de sus libros detrás de la barra. Y justo esa noche, todos se habían apiñado frente al televisor para ver la primera intervención de Brian como reportero en directo para uno de los canales de televisión de Boston.

En cuanto a Liam y Sean, trabajaban cuando podían: Sean como detective privado y Liam como fotógrafo autónomo para el Boston Globe. Los tres hermanos pequeños seguían solteros. Por lo que podía observar de las clientes del bar, no les faltaba compañía femenina. Tenían éxito con el sexo opuesto, así que Keely mantenía las distancias para no tener que explicar por qué estaba soltera, pero no disponible.

Keely dio otro trago a su refresco y deslizó la mirada de un hermano a otro. Una vez que estuvieran todos juntos, podría anunciar quién era y desear que el espíritu navideño la ayudara. ¿Qué mejor regalo de Navidad que descubrir que tenían una hermanita debajo del árbol?

– ¡Hablando del rey de Roma! -saludó Dylan-. ¡Bren, te estábamos esperando!

Keely se giró en la banqueta, con el corazón palpitando de anticipación. ¡Ahí estaba! Brendan Quinn, el único hermano que le quedaba por conocer, apareció con una bonita mujer del brazo. Le tomó la mano y la condujo hacia el resto de la familia. Keely lo miró atentamente, deseosa de rescatar algún dato sobre él para poder contárselo a su madre cuando la llamara más adelante.

La sorpresa saltó casi al instante, cuando Brendan presentó a su acompañante, Amy, como su prometida. Mientras recibía las felicitaciones de todos. Keely sintió un pellizquito en el corazón. Otra fiesta familiar que no había compartido. Y otra razón más para no decirles quién era. No sería justo robarles el protagonismo a Brendan y Amy.

Keely miró hacia Seamus y advirtió que era el único que no estaba de celebración. Se había sentado en una banqueta a unos metros de Keely y daba sorbos a una jarra pequeña de Guinness. Brendan se acercó a su padre y le pasó un brazo sobre los hombros:

– Bueno, ¿qué? ¿Qué te parece, papá?

– ¿Qué me va a parecer? Fatal -bromeó Seamus, negando con la cabeza-. ¿Es que no os he enseñado nada? Nuestros antepasados se estarán retorciendo en sus tumbas.

De pronto, la noche que había empezado tan alegre se volvió melancólica para Keely. Los Quinn se trataban con una camaradería que nunca estaría a su alcance, la naturalidad de quienes han compartido una vida juntos. Entonces se fijó en las tres mujeres del grupo:

Olivia, Meggie y Amy. Habían entrado en la familia después y las habían aceptado. ¿La aceptarían también a ella?

– ¡Keely! -la avisó Seamus-. Hay clientes con el vaso vacío, pequeña.

Keely agarró la bandeja y corrió hacia las mesas situadas en el otro extremo. Durante los siguientes minutos, no tuvo tiempo para pensar en su familia. Hasta que Conor le pidió una botella de champán para Brendan y Amy. Se acercó sonriente a los recién prometidos y se aseguró de no mirarlos con demasiado descaro. Brendan era tan guapo como los otros cinco hermanos, con el mismo pelo negro y los mismos ojos de color verde dorado.

– De parte de Conor -Keely puso las copas en la mesa y le entregó la botella a Brendan-. Enhorabuena. Que seáis muy felices.

– Gracias -contestó Brendan, dedicándole una sonrisa cálida.

Keely asintió con la cabeza y se retiró. Pero se paró a mitad de camino cuando Seamus apuntó con impaciencia a un cliente nuevo. Sacó la libreta y el boli y, al levantar la cabeza, lista ya para anotar el pedido, se le paró el corazón.

– Rafe.

– Keely -dijo este, tan asombrado como ella-. ¿Qué haces aquí?, ¿por qué llevas la bandeja?

Se quedó sin palabras. ¿Cómo iba a explicarle la situación? En el fondo no pensaba que Rafe volviera al pub, sobre todo después del último encuentro.

– Eh… Estoy de camarera -Keely trató de recordar lo que le había contado sobre el trabajo. Hacía diseños de tartas y tenía una repostería. ¿Para qué iba a cambiarse de ciudad y aceptar un trabajo en un pub?-. Yo…

– Creía que vivías en Brooklyn y trabajabas en la repostería de tu familia.

– Es verdad -dijo aliviada Keely-. Pero lo he dejado y me he venido aquí. Necesitaba ponerme a prueba, salir adelante por mi cuenta. He intentado conseguir trabajo en alguna repostería, haciendo tartas, pero está muy difícil. Así que he aceptado este trabajo.

– ¿Por qué en Boston? -preguntó Rafe, que no parecía haberse creído la historia.

– ¿Por qué no? -Keely hizo una pausa-. No, no he venido por ti si es lo que te preocupa.

– No me preocupa -Rafe sonrió-. Después de nuestro último encuentro, he estado evitando este sitio. Pero supongo que no esperaba encontrarte aquí en Nochebuena.

– ¿Te pongo algo? Tenemos caldo irlandés y Guinness gratis.

– Whisky con hielo -dijo él-. El mejor que tengas.

Mientras volvía a la barra, Keely trató de bajar el número de pulsaciones. Se había acordado de Rafe muchísimas veces desde la última en que se habían visto. Pero se había obligado a concentrarse en su familia. Y, llegado el momento del reencuentro, lo cierto era que se alegraba. Era la única persona que conocía en Boston. Y ya no parecía enfadado. De hecho, lo había notado hasta amable.

– Espíritu navideño -murmuró mientras volvía hacia Rafe con la bebida.

– ¿Te puedes sentar un momento?

– La verdad es que no -dijo ella tras lanzar una mirada alrededor del bar-. Estamos bastante liados.

– ¿A qué hora sales?

– El pub cierra a las cinco.

– Y luego volverás a Nueva York a pasar la noche con tu familia -supuso Rafe.

– No, estaré aquí. Sola. Con un tazón de chocolate caliente y un buen libro.

– Ni hablar -dijo entonces Rafe-. Te invito a cenar. Acéptalo como disculpa por mi comportamiento la última vez que nos vimos.

– Si es por eso, deberíamos ir a escote. Mi comportamiento tampoco fue excelente. Pero tendrás planes con tu familia.

– Ninguno.

Keely consideró la invitación un par de segundos antes de asentir con la cabeza.

– De acuerdo. Me encantaría.

Mientras volvía al trabajo, no pudo evitar sonreír. Aunque había intentado no hacer caso a la atracción que sentía hacia Rafe, verlo había demostrado lo contrario. Quizá solo fuese algo físico; pero, ¿qué tenía de malo? Una noche de sexo estupendo podía resultar de lo más reconfortante.

Y si, por alguna casualidad, el sexo daba pie a algo más, ya se ocuparía más adelante.

Rafe dio un sorbo al whisky, atento a Keely mientras se movía entre las mesas. De vez en cuando, esta lo miraba y le sonreía, y Rafe se perdía en la contemplación de su belleza.

En aquel ambiente, donde las mujeres no eran especialmente pulcras, llevaban el pelo de cualquier forma, los labios rojos y los pechos operados, Keely destacaba por encima de todas. Apenas llevaba maquillaje, tenía el pelo corto y solo algo enmarañado, como si acabara de salir de la cama. Rafe se fijó en su ropa: era moderna, con un toque funky, lo que provocaba más de una mirada extrañada en el entorno más bien conservador del pub.

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