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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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– ¿Cuándo podemos empezar? -preguntó Spencer-. ¿Mañana?

– De acuerdo.

– Será mejor que lo hagamos cuando mamá no esté -dijo el joven, bajando la voz hasta un tono conspirador-. Sugiero que lo hagamos después del desayuno. Es entonces cuando se encierra una hora en sus habitaciones para revisar su correspondencia.

– Hecho.

– Después de la lección, le llevaré a las aguas termales. Resultará especialmente saludable ponernos en remojo después del ejercicio.

Andrew logró esbozar una débil sonrisa.

– Las aguas termales. Sí, suena fantástico.

Hizo otra rápida anotación mentaclass="underline" inventar algo que requiriera de su atención inmediata tras su lección con Spencer y así evitar la propuesta de las aguas termales. No tenía la menor intención de acercarse al agua. «De tal palo, tal astilla…»

Capítulo 7

La mujer moderna actual no debería temer llevar la iniciativa al hacer el amor. Tocar a su amante mientras hacen el amor. A pesar de que en un principio él pueda expresar sorpresa ante un comportamiento tan directo, confía en que tu determinación se saldará con resultados muy satisfactorios.

Guía femenina para la consecución

de la felicidad personal y la satisfacción íntima

Catherine llegó a casa tras visitar a Genevieve presa de gran inquietud. Entre su conversación sobre el señor Stanton y el disparo que había recibido, estaba más que turbada.

Después de entregar a Milton su sombrero y su chal, preguntó:

– ¿Ha llegado algún mensaje de mi padre?

– No, señora.

Demonios. Tuvo que tragarse la decepción antes de preguntar:

– ¿Dónde está Spencer?

– Disfruta de su siesta de la tarde.

– ¿Y el señor Stanton? -Apretó los labios, profundamente contrariada al percibir que el corazón le daba un pequeño vuelco al pronunciar su nombre.

– La última vez que le he visto se dirigía a su dormitorio, presumiblemente a descansar antes de la cena. ¿Desea que le prepare el té, señora?

– No, gracias. -Sin duda se sentía aliviada, y no desilusionada, al enterarse de que el señor Stanton no estaba visible-. Hace un tiempo delicioso y, como he tomado el carruaje para visitar a la señora Ralston, creo que me acercaré andando a los establos para ver cómo sigue Fritzborne. -Su mozo de cuadra se había herido la mano arreglando el tejado del establo justo antes de que ella se marchara a Londres-. ¿Cómo está?

– Vuelve a ser el mismo de siempre, aunque creo que el aire que rodea el establo conserva aún un extraño tinte del colorido lenguaje que soltó cuando se machacó el pulgar con el martillo.

Catherine sonrió, imaginando demasiado bien la perorata de Fritzborne. Salió de la casa y emprendió el camino cruzando el césped hacia los establos. El sol de última hora de la tarde besaba el cielo, dorando las algodonosas nubes blancas con una sábana de vívidos naranjas y oros. Inspiró hondo el cálido aroma a flores que impregnaba el aire, permitiendo que la paz la colmara de la sensación de tranquilidad que el resplandor amarillo, las multitudes y los olores de Londres siempre le robaban.

Sin embargo, sintió que la calma que buscaba y que siempre encontraba en aquel paraje la eludía. Obviamente, el disparo seguía perturbando su paz interior. Un poco más de tiempo en casa, rodeada de Spencer y del ambiente familiar y de las cosas que amaba, la ayudarían a recuperar el equilibrio.

Las enormes y desgastadas puertas de madera del establo estaban abiertas de par en par. Tras cruzar el umbral, se quedó varios segundos de pie en la puerta, parpadeando para adaptar la vista a la penumbra en la que estaba sumido el interior del recinto. El murmullo de una voz grave llegó a sus oídos desde el rincón más alejado, donde Venus tenía su establo, seguido por un suave relincho. En los labios de Catherine se dibujó una suave sonrisa al percibir el familiar sonido de su yegua favorita cuando la cepillaban. Hacia allí se dirigió, anticipando la charla con Fritzborne y un amistoso hocicazo de Venus. Los fuertes aromas del heno fresco, el cuero y el pelo de caballo calentado por el sol llenaban su cabeza, aliviándola de todas sus tensiones.

Sin embargo, cuando se detuvo delante del establo, se quedó helada. No pudo apartar la mirada de la escena que presenciaban sus ojos.

No era Fritzborne, sino el señor Stanton quien estaba de pie en el establo, cepillando a Venus con movimientos largos y firmes. El señor Stanton, quien se había quitado la chaqueta y la corbata, que se había arremangado la camisa, revelando unos musculosos antebrazos que se flexionaban de un modo absolutamente fascinante cada vez que pasaba el cepillo por el lomo de Venus. El señor Stanton, vestido con unos pantalones de montar de color crema que se ceñían a sus largas piernas de un modo que a Catherine se le secó la boca.

El sudor había dibujado una T en la camisa blanca de lino que tensaban sus anchos hombros, descendiendo hasta el centro de su espalda. Tenía el pelo revuelto y los mechones oscuros le caían sobre la frente con cada movimiento. Aunque se le veía total y absolutamente relajado por alguna razón que Catherine no lograba adivinar, la palabra que asomó a su cabeza fue «fascinante».

Cualquier pizca de serenidad que hubiera logrado recuperar se disipó como el vapor. Se quedó donde estaba, traspuesta, recorriendo con la mirada el cuerpo de Andrew de un modo que tendría que haberla horrorizado -y que, de hecho, la horrorizó-, aunque no lo suficiente como para conminarla a dejar de mirar.

La visión de esas manos fuertes de dedos largos acariciando a Venus mientras su voz grave murmuraba palabras tranquilizadoras llenó a Catherine de un deseo que la asustó por su intensidad. Tenía que marcharse de allí…

Andrew levantó los ojos y las miradas de ambos se encontraron. Las manos de él se detuvieron y a Catherine le pareció que sus ojos se oscurecían. Una oleada de calor la invadió al verse presa de su intensa mirada y apenas logró contenerse para no pasarse el dorso de la mano por la frente. ¿Y qué demonios le pasaba a su estómago? Sentía una sensación tan extraña… obviamente había comido algo que no le había sentado bien.

– Lady Catherine. No sabía que estuviera usted aquí.

– Yo… acabo de llegar.

Andrew dejó el cepillo en el suelo y se acercó a ella despacio. Los dedos de los pies de Catherine se encogieron en sus zapatos y tuvo que obligarse a no retroceder y huir así de su presencia, una sensación que la molestó. Bueno, al menos ahora estaba molesta. Sin duda era mejor, y mucho más seguro que… no sentirse molesta.

– ¿Dónde está Fritzborne? -Dios mío. ¿Había salido de ella esa voz ronca?

– Ha ido a hacer correr un poco a Afrodita. Nombres muy románticos los de sus caballos.

– Me gusta la mitología. Milton me ha dicho que estaba usted en su habitación.

– Y así era, pero sólo el tiempo suficiente para cambiarme de ropa. Necesitaba un poco de aire fresco.

Una sensación que ella podía entender muy bien, sobre todo porque tenía la impresión de que alguien había dejado los establos sin un ápice de aire.

Andrew abrió la puerta del establo y sonrió.

– ¿Desea unirse a nosotros?

Incluso mientras su cabeza le decía que declinara la oferta de Andrew, los pies de Catherine se movieron hacia delante. Entró en el establo y pasó la mano por el morro satinado de Venus. El caballo relinchó y empujó afectuosamente contra su palma.

– Es un hermoso animal -dijo el señor Stanton, volviendo a coger el cepillo.

– Gracias. ¿La ha montado ya?

– Sí. Espero que no le importe.

– En absoluto. Le encanta correr.

El silencio se instaló entre ambos y Catherine le observó mientras él pasaba el cepillo por el brillante lomo castaño de la yegua. Su atención quedó prendida en la resistencia a la tracción de sus brazos y en la forma en que la camisa se tensaba sobre su pecho con cada prolongado movimiento.

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