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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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Su dedo se apartó despacio de la boca de Catherine, que apretó los labios para evitar humedecerlos involuntariamente.

– Hasta la hora de la cena, lady Catherine. -Ofreciéndole una formal inclinación de cabeza, Andrew giró sobre sus talones y caminó hacia la casa, dejándola con la mirada fija en él, literalmente sin palabras.

En los labios de Catherine todavía hormigueaba la suave presión del dedo de Andrew, y, ahora que él no podía verla, sacó apenas la punta de la lengua para saborear el punto de calor.

Se sentía ultrajada. Absolutamente. ¿Quién era él para decirle cómo tratar a su hijo? ¿O para sugerir que la encontraba tan testaruda, irritante y absolutamente molesta como ella a él? ¿Y luego dar un giro en redondo y atreverse a llamarla inteligente, hermosa, madre maravillosa y deliciosa compañía… al menos la mayor parte del tiempo? Sin duda, era un canalla de primer orden. Un canalla que…

«Me considera hermosa.»

Un escalofrío de placer completamente inaceptable le bajó por la columna, y Catherine soltó esa clase de suspiro prolongado y femenino que creía haber dejado atrás para siempre. Levantó la mano para protegerse los ojos contra los últimos resquicios del sol poniente y clavó la mirada en el trasero en retirada de Andrew.

Y, maldición, qué trasero tan atractivo…

Lo vio subir los escalones de piedra que llevaban a la terraza y, cuando desapareció por los ventanales que conducían a la casa, Catherine despertó de su boquiabierto estupor y le siguió dentro a paso ligero. Sentía una imperiosa necesidad del efecto restaurador de una buena taza de té. Sin duda serían necesarias dos tazas de té para recomponer el revuelo que ahora revelaba su aspecto. Tres no escapaban al reino de la posibilidad.

Capítulo 8

La mujer moderna actual debe actuar ante la atracción que siente hacia un hombre. Aun así, debería reconocer que es posible ser directa y discreta a la vez. Un roce «accidental» con el cuerpo de él, un susurro que sólo él debe oír, sin duda captarán al detalle su atención.

Guía femenina para la consecución

de la felicidad personal y la satisfacción íntima

– Te toca, mamá.

Catherine alzó repentinamente el mentón y sus ojos se encontraron con la mirada de su hijo, sentado delante de ella a la mesa del comedor. Cielos, cuánto tiempo llevaba sumida en sus propias cavilaciones, con la mirada clavada en el plato de guisantes y rodaballo escalfado.

Parpadeó en un intento por deshacerse de la preocupación que la embargaba y forzó una sonrisa.

– ¿Me toca?

– Contar una historia de las de «ojalá no hubiera hecho eso». -La sonrisa de Spencer se ensanchó-. Cuéntale al señor Stanton la historia de cuando te quedaste colgada del árbol.

A pesar de sus esfuerzos por seguir concentrada en Spencer, la errante mirada de Catherine fue a posarse en el señor Stanton. ¿Por qué no podía dejar de mirar a aquel hombre? Durante toda la cena había estado mirándole a hurtadillas entre las pestañas, incapaz de olvidar la conversación que había tenido sobre él con Genevieve. En vano había estado esperando toda la tarde a que llegara una nota de su padre en la que le comunicara que el culpable había sido apresado, aliviándola así del miedo a seguir expuesta al peligro. En cuanto eso ocurriera, no habría ya necesidad de que el señor Stanton siguiera en Little Longstone. Su presencia, cada vez más turbadora, podría regresar a Londres y poner así punto y final a esa indeseada… lo que fuera. Sí, en cuanto él se marchara de su casa, Catherine lo olvidaría.

Mientras tanto, resultaba condenadamente difícil contemplar la posibilidad de olvidarlo cuando lo tenía sentado a menos de un par de metros de distancia, corpulento y masculino e increíblemente atractivo con su chaqueta marrón Devonshire y la camisa blanca inmaculada. Los ojos oscuros de Andrew la estudiaban con una llamativa combinación de calor, interés, diversión y algo más que ella no alcanzaba a definir. No obstante, y fuera lo que fuese aquel algo más, le producía un calor que se extendía hasta los dedos de los pies.

En el rostro de Andrew se arqueó una ceja oscura.

– ¿Colgada de un árbol? -repitió-. Acaba de despertar mi curiosidad, lady Catherine. Por favor, debe compartir con nosotros esa historia. ¿Cómo tuvo lugar tan infortunado incidente?

– Estaba rescatando a un gatito.

– No irá a decirme que subió a un árbol para eso.

– Muy bien. Pues no se lo diré. Sin embargo, si no lo hago, resultará muy difícil continuar con la historia.

No había duda de la sinceridad en la sorpresa que reflejaba el rostro de Andrew. Aun así, en vez de sentirse avergonzada por su expresión de absoluta perplejidad, Catherine apenas pudo reprimir una carcajada de deleite al darse cuenta de que había logrado conmocionarle.

– En ese caso, dígame lo que deba para continuar.

Catherine inclinó la cabeza en señal de consentimiento.

– Hace unos años, Fritzborne trajo a casa una gata que había encontrado deambulando por el bosque. En un período de tiempo notablemente breve nos habíamos convertido en los orgullosos propietarios de una camada de gatitos. Aunque eran adorables, se trataba de los animalillos más traviesos que han visto jamás la luz del día. La gatita a la que llamamos Angélica era la más malvada del grupo. Un día, cuando Spencer y yo volvíamos de tomar las aguas, oímos un lastimero sonido. Levantamos la vista y vimos a Angélica colgando de la rama alta de un olmo. Necesitaba que alguien la rescatara, así que fui yo quien se encargó de hacerlo. -Se aclaró la garganta y pinchó un guisante con el tenedor-. Fin de la historia.

– Pero, mamá, no has contado la mejor parte -protestó Spencer-. Cuando te quedaste colgada del árbol. -Con los ojos iluminados de pura animación, se volvió a mirar al señor Stanton-. A mamá se le enredó el vestido entre las ramas. Al ver que no podía liberarse por sí sola, tuve que ir a los establos a buscar a Fritzborne. Volvimos al árbol con una cuerda gruesa y una cesta. Fritzborne lanzó la cuerda a mamá, enganchó la cesta y luego, con cierto toque de ingenio, bajamos a Angélica en la cesta.

– Dejando a tu madre todavía colgada del árbol -dijo el señor Stanton.

– Sí -intervino Catherine con un suspiro exagerado-. Mientras la cobarde gatita se alejaba tranquilamente como si nada hubiera ocurrido.

– ¿Y cómo bajó?

– Fritzborne regresó a la casa a buscar unas tijeras, que me mandó en la cesta -dijo Catherine-. Naturalmente, Milton, Cook y Timothy, el mozo de cuadras, regresaron con él. Mientras yo seguía sobre el árbol, dando tijeretazos para lograr soltar el vestido de la rama, el grupo seguía abajo, discutiendo la mejor forma de bajarme. Spencer, bendito sea, dio con la mejor solución. Até la cuerda a la rama sobre la que estaba sentada y luego simplemente me deslicé por ella hasta el suelo. Fin.

Spencer le dedicó una mirada sufrida.

– ¿Mamá…?

Catherine le miró y arrugó la nariz.

– Oh, muy bien. Estaba tan orgullosa de mí misma por haber logrado deslizarme por la cuerda que decidí soltarme cuando todavía estaba a un par de metros del suelo y regalar a mi público una elegante reverencia. Desgraciadamente, aterricé sobre un resbaladizo trozo de barro. Levanté los pies y mi trasero fue a dar al suelo. -Dedicó a ambos una sonrisa triste-. Afortunadamente, el barro estaba muy blando, como lo eran también mis enaguas, y nada, salvo mi orgullo, resultó herido. Sin embargo, ni la más avezada imaginación podría calificar de digno lo sucedido. Y mi vestido quedó totalmente destrozado. Sin duda, un episodio al que calificar de «no debería haber hecho eso».

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