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La muerte visita al dentista

Электронная книга - «La muerte visita al dentista». Краткое содержание книги:

Poco después de la visita de Hércules Poirot al dentista, el profesional es encontrado muerto. Todo indica que se trata de un suicidio. El investigador jefe de Scotland Yard Japp, invita a su amigo Poirot a que participe en esta investigación, que es concluida rápidamente con la muerte de otro paciente que estuvo en el consultorio el mismo día. La opinión del tribunal es que el dentista se suicidó después de haber matado al paciente, al haberle inyectado, por equivocación, una dosis excesiva de anestésico. Sin embargo, Poirot no queda satisfecho. Hay otros hechos inexplicables mezclados en esta historia que él necesita entender. Otros pacientes del doctor, que estuvieron en el consultorio ese mismo día, podrían estar envueltos: un gran financiero, la señora que usaba un extraño par de zapatos y que más tarde desapareció, un joven revolucionario con cara de asesino (enamorado de la sobrina del financiero), el novio de la secretaria del dentista... Poirot coloca sus células grises a funcionar y termina desentrañando la trama. El lector, al contrario, puede tener dificultades en descubrir al asesino, pues la Reina del Crimen esta vez, no brinda todas las informaciones necesarias hasta que Poirot no comienza a revelar los hechos. El título original de la novela está basado una vez más en una canción infantil inglesa, que se utiliza para acompañar al juego de la rayuela. Los versos de la canción dan nombre a cada uno de los capítulos.
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—¿Y nadie la ha visto?

—¡Oh, sí; prácticamente la ha visto todo el mundo! No tiene usted idea de la cantidad de señoras de mediana edad vestidas de verde que andan por ahí. La vieron en Yorkshire, en los hoteles de Liverpool, en las casas de huéspedes de Devon y en la playa de Ramsgate. Mis hombres han investigado pacientemente todos los informes, que no nos han conducido a ninguna parte, más que a una serie de señoras respetables de mediana edad.

Poirot hizo chasquear su lengua con simpatía.

—Y con la agravante —prosiguió Japp— de que es una persona normal y real. Quiero decir que algunas veces se tropieza con un fantasma (valga el símil), un ser que aparece en un lugar como miss Spinks... donde nunca hubo una miss Spinks. Pero esta mujer es auténtica..., tiene un pasado, un origen. Todos la conocemos desde su niñez. Ha llevado una vida perfectamente razonable..., y de pronto... ya no está..., ha desaparecido.

—Debe de haber una razón —le dijo Poirot.

—No mató a Morley. ¿No es eso lo que insinúa? Amberiotis le vio con vida después de salir ella y hemos seguido todos sus movimientos desde entonces.

—Yo no insinúo que matase a Morley—dijo Poirot impacientemente—. Claro que no, pero...

Japp le atajó:

—Si es usted quien tiene razón en el asunto Morley es posible que le dijese algo, sin ella sospecharlo, que diese una pista al asesino. En ese caso pudo ser eliminada deliberadamente.

—Todo eso supone una organización de mucha más importancia que la muerte de un simple dentista —observó el detective.

—No crea todo lo que cuente Reginald Barnes. Es un tipo muy divertido que por todas partes ve espías y comunistas.

Japp se puso en pie y Poirot le pidió:

—Comuníqueme las noticias que se reciban.

Cuando se hubo marchado Japp, el detective quedó ante su mesa con el entrecejo fruncido.

Tenía la sensación de estar aguardando algo. ¿Qué era?

Recordó que antes estuvo sentado recopilando datos y nombres y que un pájaro pasó ante: la ventana con una brizna de paja en el pico.

Él también estuvo recogiendo pajitas. «Five, six, picking up sticks...»

Tenía las ramitas..., un buen número. Faltaba ordenarlas. Tenía que dar otro paso..., colocarlas en su sitio.

¿Por qué no lo hacía? No ignoraba la respuesta. Aguardaba..., no sabía qué. Algo inevitable, imprevisto, el eslabón siguiente en la cadena. Cuando llegara..., entonces..., entonces podría continuar.

2

A última hora de la tarde llegó la noticia.

La voz de Japp sonó áspera a través del teléfono.

—¿Es usted, Poirot? La hemos encontrado. Será mejor que venga cuanto antes a las residencias del Rey Leopoldo, Battersea Park, número cuarenta y cinco.

Un taxi depositaba a Hércules Poirot un cuarto de hora después ante las residencias del Rey Leopoldo. Era un gran bloque de edificios de varias plantas situado frente a Battersea Park. El número 45 estaba en el segundo piso. Japp en persona le abrió la puerta.

—Entre —le dijo—; no es muy agradable precisamente, pero creo que querrá verlo.

Poirot dijo, aunque era una pregunta ociosa:

—¿Muerta?

—¡Podrá comprobar por sí mismo que está bien muerta!

Poirot volvió la cabeza al oír un ruido procedente de una habitación a su derecha.

—Es el portero —le aclaró Japp—. ¡Se ha mareado ante esta podredumbre! Tuve que ense-ñarla por si podía identificarla.

Echó a andar por el pasillo seguido de Poirot, que arrugó la nariz.

—No es agradable —dijo Japp—, pero ¿qué esperaba? Lleva muerta cerca de un mes.

La habitación en que se hallaba el cadáver era el cuarto trastero. En el centro veíase un arcón de metal de los empleados para guardar pieles, con la tapa alzada.

Poirot se aproximó para contemplar su interior. Lo primero que vio fue un pie calzando un zapato viejo con hebilla. El recuerdo que guardaba de su primer encuentro con miss Sainsbury Seale era también una hebilla.

Sus ojos recorrieron el abrigo de lana verde hasta llegar a la cabeza. Exhaló un sonido inarticulado.

—Lo sé —dijo Japp—, es horrible.

El rostro había sido golpeado hasta quedar irreconocible, y si a esto hay que añadir el natural proceso de descomposición, no es de extrañar que los dos hombres palidecieran y se alejasen.

—Bien —dijo Japp—; este va a ser un día muy atareado. Ya lo creo. Nuestro trabajo es desagradable a veces. Hay una botella de coñac en la otra habitación. Será mejor que beba un trago.

El saloncito estaba amueblado elegantemente a la última moda, con gran profusión de tonos crema y algunas butacas cuadradas tapizadas con un tejido geométrico de un color tostado claro.

Poirot cogió la botella para servirse coñac. Al terminar de beberlo, dijo:

—¡Qué desagradable! Ahora, amigo mío, cuénteme todo lo que sepa.

Japp comenzó:

—Este piso pertenece a mistress Chapman, que me la figuro cuarentona, rubia y elegante; paga sus cuentas, aficionada al bridge si se tercia jugar con sus vecinos; sin hijos. Mister Chapman es viajante de comercio. Miss Seale vino aquí la noche de nuestra entrevista cerca de las siete y cuarto. Es probable que viniera directamente desde el hotel. Ya había estado otras veces aquí, según el portero. Ya ve usted..., todo muy natural y explicable..., una visita amistosa. El portero la acompañó en el ascensor hasta este piso. La vio por última vez llamando al timbre.

Poirot le interrumpió:

—¡Ha tardado mucho tiempo en recordarlo!

—Ha estado en el hospital aquejado de una dolencia intestinal, y mientras, le sustituyeron. La semana pasada leyó en un periódico atrasado la descripción de la dama desaparecida y le dijo a su mujer: «Parece esa señora que vino a ver a mistress Chapman. También llevaba un abrigo de lana verde y zapatos con hebilla. Creo que tenía un nombre parecido.» Y después de una hora, dijo: «Miss No Sé Cuántos Seale.» Después —siguió diciendo Japp—, tardó cuatro días en sobreponerse al natural recelo de verse mezclado con la Policía y entonces vino a vernos. No creímos que su información nos condujera a ninguna parte. No tiene usted idea de las falsas alarmas que recibimos. Sin embargo, envié al sargento Beddoes a investigar... Es un muchacho muy competente. Un poco engreído, pero ahora eso está de moda. Pues bien: Beddoes tuvo la corazonada de que estábamos sobre la verdadera pista.

»En primer lugar, mistress Chapman no había sido vista desde hacía un mes. Se marchó sin dejar dirección alguna. Esto era un poco raro. Y en resumen, todo lo que pudo averiguar sobre el matrimonio Chapman era por demás extraño. El portero no vio salir a miss Sainsbury Seale. Esto de por sí no era anormal. Pudo bajar la escalera y salir sin que él la viera, pero luego añadió que la marcha de mistress Chapman fue precipitada. A la mañana siguiente encontró un papel en su puerta que decía: «Dígale a Nellie que no traiga leche. He tenido que marcharme.» Nellie es la doncella que se la trae a diario. Mistress Chapman se había marchado un par de veces de improviso; así que no lo encontró extraño, pero sí lo es el que no llamase al portero para que le bajase el equipaje hasta el taxi.

»Beddoes decidió penetrar en la casa. Obtuvimos la autorización del portero y la llave maestra del administrador. No encontramos nada de interés hasta llegar al cuarto de baño. Allí se había efectuado una apresurada limpieza. Hallamos señales de sangre en el linóleo, en los rincones donde no llegó el lavado. Después fue cuestión de buscar el cuerpo. Mistress Chapman no se había llevado el equipaje, pues de lo contrario lo habría sabido el portero. El cuerpo aún debía de estar en el piso. Pronto dimos con este arcón para pieles..., ya sabe que cierran herméticamente. Las llaves estaban en el cajón del tocador. Lo abrimos, y allí estaba la «Dama desaparecida».

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