El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
[No era nada. Solo palabras].
Entonces me voy. Adiós Diecisiete. Tengo la sensación de que no volveremos a hablar.
Volyova alcanzó el trasbordador. Acababa de meterse por la cámara estanca a la cabina sin aire cuando vio algo fuera. Con un movimiento pesado, como la enorme aguja de una brújula buscando el norte, el arma del alijo estaba volviendo a apuntar sin ayuda de nadie mientras las chispas saltaban de los nódulos propulsores del arnés del arma. Volyova siguió el largo eje del arma en busca de un punto de referencia, cualquier cosa en la esfera de la batalla que le dijera a dónde apuntaba el arma diecisiete. Pero el panorama era demasiado confuso y no había tiempo para pedir una imagen táctica en el panel del trasbordador.
El arma frenó y se detuvo de golpe. A la mujer le pareció ahora la manecilla de hierro de un reloj titánico listo para dar la hora.
Y luego, una línea de fulgor ardiente rasgó la mandíbula del arma y se internó en el espacio.
Diecisiete estaba disparando.
Ocurre dentro de tres mil millones de años, le dijo su amiga.
Chocan dos galaxias: la nuestra y su vecina espiral más cercana, la galaxia de Andrómeda. En este momento las galaxias están a más de dos millones de años luz de distancia, pero surcan el cielo hacia la otra con un impulso imparable, decididas a provocar una destrucción cósmica.
Clavain le preguntó qué pasaría cuando las galaxias se encontraran, y la mujer le explicó que había dos escenarios, dos futuros posibles.
En uno, los lobos (los inhibidores o, para ser más precisos, sus remotos descendientes mecánicos) han conseguido que la vida se abra paso a través de la crisis y se han asegurado de que la inteligencia surja por el otro lado, donde se podría permitir que floreciese y se expandiese sin estorbos. No era posible evitar la colisión, dijo Felka. Ni siquiera una cultura mecánica superorganizada y extendida por toda la galaxia tenía los recursos necesarios para evitar que ocurriera. Pero se podía gestionar; se podían evitar los peores efectos.
Ocurriría a muchos niveles. Los lobos sabían de varías técnicas para mover sistemas solares en teros, de tal modo que podían sacarlos de allí y ponerlos a salvo. Los métodos no se habían empleado en la historia galáctica reciente, pero la mayor parte habían sido intentados y puestos a prueba en el pasado, durante emergencias locales o inmensos programas de segregación cultural. Se podía sujetar alrededor del vientre de una estrella una maquinaria sencilla que requeriría la demolición de solo uno o dos mundos por sistema. La atmósfera de la estrella se apretaría y flexionaría hasta provocar campos magnéticos ondulados, convenciendo a la materia para que saliera volando de la superficie. Lo que había en la estrella se podía manipular, podían obligarla a volaren solo una dirección, con lo que actuaría como un enorme tubo de escape de cohete. Había que hacerlo con delicadeza, de tal modo que la estrella siguiese ardiendo de una forma estable y de tal modo también que los planetas restantes no se cayeran de sus órbitas cuando la estrella empezase a moverse. Hacía falta mucho tiempo, pero eso no solía ser problema: en circunstancias normales se les avisaba con decenas de millones de años de antelación, antes de que hubiera que mover un sistema.
También había otras técnicas: se podía envolver parte de una estrella en una concha de espejos, de tal modo que la presión de su propia radiación transmitía un impulso. Unos métodos menos probados o menos fiables implicaban una manipulación a gran escala de la inercia. Estas técnicas eran las más sencillas cuando funcionaban bien, pero se habían producido accidentes alarmantes cuando iban mal, catástrofes en las que sistemas enteros se habían visto expulsados de la galaxia casi a la velocidad de la luz, lanzados al espacio intergaláctico sin esperanza de regresar.
Los lobos habían aprendido que los enfoques más antiguos y lentos eran, con frecuencia, mejores que los trucos de moda.
La gran obra abarcaba algo más que el simple movimiento de unas estrellas, por supuesto. Incluso si las dos galaxias solo se rozaban en lugar de precipitarse de cabeza una contra la otra, todavía habría fuegos artificiales incandescentes cuando las paredes de gas y polvo chocaran entre sí. Cuando las ondas de choque rebotaran por las galaxias, se activarían furiosos ciclos nuevos de nacimiento estelar. Una generación de estrellas calientes supermasivas viviría y moriría en un abrir y cerrar de ojos cósmico, y moriría en ciclos igual de convulsos de supernovas. Aunque las estrellas individuales y sus sistemas solares podrían pasar por el acontecimiento sin sufrir daño alguno, enormes extensiones de la galaxia seguirían quedando esterilizadas por estas catastróficas explosiones. Sería un millón de veces peor si la colisión fuera frontal, por supuesto, pero seguía siendo algo que había que con tener y minimizar. Durante otro millar de millones de años, las máquinas trabajarían para suprimir no la aparición de la vida, sino la creación de estrellas calientes. Las que se hubieran filtrado por la red serían acompañadas al límite del espacio por la maquinaria capaz de mover las estrellas, de tal modo que sus explosiones finales no amenazasen las culturas recién nacidas.
La gran obra todavía tardaría en terminarse.
Pero ese era solo uno de los futuros. Había otro, dijo Felka. Era el futuro en el que la inteligencia se deslizaba por la red aquí y ahora, el futuro en el que los inhibidores perdían el control de la galaxia.
En ese futuro, dijo la mujer, la época del gran florecimiento era inminente en términos cósmicos; ocurriría dentro de los próximos millones de años. En apenas un momento, la galaxia desbordaría de vida, se convertiría en un oasis atestado, repleto de inteligencia. Sería una época de maravillas y milagros.
Y sin embargo, estaba condenado.
La inteligencia orgánica, dijo Felka, no podía lograr la organización necesaria para abrirse paso por la colisión. La cooperación de la especie no era posible a esa escala, así de simple. A menos que hubiera un genocidio, que una especie aniquilase a todas las demás, las culturas galácticas nunca se unirían lo suficiente para implicarse en un programa tan prolongado y masivo como era la operación para evitar la colisión. No era que no vieran que había que hacer algo, sino que cada especie tendría su propia estrategia, su propia solución preferida al problema. Habría disputas por la política tan violentas como la Guerra del Amanecer. Demasiadas manos en la rueda cósmica, dijo Felka.
La colisión ocurriría y los resultados, a causa de la colisión y las guerras que la acompañarían, serían absolutamente catastróficos. La vida en la Vía Láctea no terminaría de inmediato: unas cuantas llamas parpadeantes de sapiencia seguirían luchando durante otro par de miles de millones de años, pero a causa de las medidas que habían tomado para sobrevivir en un primer momento serían a su vez poco más que máquinas. Jamás volvería a surgir nada parecido a las sociedades anteriores a la colisión.
Casi en cuanto comprendió que el arma estaba disparando, el haz se apagó y dejó el arma diecisiete igual que la había encontrado ella. Según los cálculos de Volyova, el arma se había liberado del control de Clavain durante medio segundo, quizá. Podría haber sido incluso menos que eso.
Encendió la radio con gesto torpe. La voz de Khouri se oyó de inmediato.