La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
¡Brahim! Hernando cerró los ojos, dejó que la verdad fuera penetrando en su mente. Brahim había cumplido con su amenaza: había vuelto a por Fátima y se había vengado de su hijastro arrebatándole a sus hijos, a su esposa, todo cuanto amaba… ¿Cómo no se le había ocurrido pensarlo? Había venido a por ellos y se los había llevado… Pero entonces… ¿Y la toca blanca de Fátima? ¡La había visto en el cuello del cadáver de Ubaid! ¿Cómo era posible? ¿Ubaid y Brahim juntos? Un pensamiento cruzó su cerebro sin que pudiera detenerlo. ¡Su madre debía de saberlo! Aisha le había dicho que Ubaid los mató a todos, Aisha había jurado y perjurado que había presenciado las muertes de Fátima y los niños… Aisha le había engañado. ¿Por qué? La idea de que su madre le hubiera mentido se le hizo insoportable, y pese al alfanje, a Francisco y al hombre que mantenía la tea junto a sus rostros, Hernando se aovilló en el suelo. Notó que el corazón se le aceleraba en el pecho, como si quisiera estallar. ¡Dios! ¡Fátima vivía! Quiso llorar, pero sus ojos se negaban a derramar ni una sola lágrima. Se encogió todavía más a consecuencia de las convulsiones que de repente asaltaron su cuerpo, como si él mismo pretendiera romperse en pedazos. ¡Toda una vida convencido de que su familia había sido asesinada por Ubaid!
– ¡Fátima! -llegó casi a gritar.
– Vas a morir -sentenció Shamir.
– Muerte es esperanza larga -contestó Hernando sin pensar.
Abdul extrajo una daga de su cinto. En el claro, los moriscos asistían en respetuoso silencio a la coronación de su rey. «Juro morir por el único Dios», se oía en el bosque en el mismo momento en el que el hombre que aguantaba la tea estiró del cabello de Hernando para que presentase su cuello. La hoja de la daga brilló.
¡Fátima! La mujer estalló en la memoria de Hernando.
– ¿Quién eres tú para hacerlo? -se revolvió entonces-. ¡No moriré sin antes poder hablar con tu madre! ¡No dejaré que me mates sin conseguir su perdón! Os creía muertos, y sólo Dios sabe cuánto he sufrido por vuestra pérdida. Que sea Fátima quien decida si desea concederme el perdón o el castigo; no tú. Si debo morir, que sea ella quien lo decida.
Movido por un súbito acceso de rabia, empujó a su hijo que, desprevenido, cayó sentado al suelo. Hernando trató de levantarse, pero el alfanje de Shamir amenazó su pecho. Hernando lo agarró con la mano. El filo le hirió la palma.
– ¿Acaso crees que voy a escapar? -le espetó-. ¿A luchar con vosotros? -Abrió los brazos para mostrar que no llevaba armas-. Quiero entregarme a Fátima. Necesito que sea ella quien clave ese cuchillo, si es que cree realmente que yo habría sido capaz de renunciar a ella, a vosotros, de haber sabido que seguíais vivos.
Por primera vez llegó a vislumbrar el rostro de su hermanastro y reconoció en él los rasgos de Brahim. Shamir interrogó a Abdul con la mirada y éste asintió tras unos momentos de duda: Fátima se merecía llevar a cabo su venganza, en persona, igual que había hecho con Brahim.
En ese momento, en el claro, finalizó la coronación y los moriscos estallaron en vítores y aplausos.
La mayoría de los delegados y jeques aprovecharon lo que restaba de la noche para iniciar el regreso a sus pueblos. El francés Panissault lo hizo con la promesa de que los ciento veinte mil ducados le serían entregados en la ciudad de Pau, en el Bearne francés, de donde era gobernador el duque de La Force. Al principio, con el trajín de gente despidiéndose alborotada, Munir ni se había percatado de la ausencia de Hernando, pero poco a poco empezó a preocuparse y a buscarlo. No lo encontró y se dirigió al lugar donde habían dejado las mulas: las dos permanecían atadas.
¿Dónde podría estar? No se habría marchado sin despedirse de él, ni sin la mula; su caballo estaba en Jarafuel. Preguntó a varios moriscos, pero ninguno supo darle razón. Uno de los berberiscos que colaboraba en el proyecto de rebelión pasó por su lado, cargado y presuroso. ¿Qué iba a saber un berberisco…?
– Oye -reclamó su atención, no obstante-, ¿conoces a Hernando Ruiz, de Córdoba? ¿Lo has visto?
El hombre, que hizo ademán de detenerse ante la llamada del alfaquí, se excusó con un balbuceo y prosiguió raudo su camino tan pronto como hubo oído el nombre por el que le preguntaban.
¿A qué esa actitud?, se extrañó Munir mientras lo observaba dirigirse hacia el bosque. Unos pasos más allá, el berberisco volvió la cabeza, pero al comprobar que el alfaquí continuaba mirándole, avivó la marcha. Munir no lo dudó y se encaminó tras él. ¿Qué escondía el berberisco? ¿Qué sucedía con Hernando?
No tuvo oportunidad de plantearse más cuestiones. Nada más internarse entre los árboles, varios hombres saltaron sobre él y lo detuvieron; otro lo amenazó con una daga.
– Un solo grito y eres hombre muerto -le advirtió Abdul-. ¿Qué es lo que pretendes?
– Busco a Hernando Ruiz -contestó Munir tratando de mantener la calma.
– No conocemos a ningún Hernando Ruiz… -empezó a decir Abdul.
– Entonces -le interrumpió el alfaquí-, ¿quién es el hombre que ocultáis allí?
Incluso en la penumbra, los borceguíes de Hernando destacaban entre las piernas de un grupo de cuatro berberiscos que pretendían esconderlo, todos ellos con práctico calzado para la navegación. Abdul se volvió hacia donde señalaba Munir.
– ¿Ése? -indicó con cinismo al comprender la imposibilidad de negar la presencia de alguien ajeno al grupo de berberiscos-. Es un renegado, un traidor a nuestra fe.
Munir no pudo evitar una sonora carcajada.
– ¿Renegado? No sabes lo que dices. -Abdul frunció el entrecejo, sus ojos azules denotaban duda-. Pocas personas existen en España que hayan luchado y luchen más por nuestra fe que él.
Abdul titubeó. Shamir abandonó el grupo que escondía a Hernando y se aproximó.
– ¿Y quién eres tú para sostener tal afirmación? -preguntó al plantarse junto a ellos.
El alfaquí pudo entonces ver a Hernando: su amigo parecía derrotado, cabizbajo, ausente. Ni siquiera mostraba interés en la conversación que se desarrollaba a poca distancia de él.
– Me llamo Munir -afirmó. ¿Qué le sucedía a Hernando?-. Soy el alfaquí de Jarafuel y del valle de Cofrentes.
– Nos consta -saltó Shamir- que este hombre colabora con los cristianos y que ha traicionado a los moriscos. Merece morir.
Hernando continuó sin reaccionar.
– ¡Qué sabréis vosotros! -le espetó Munir-. De dónde venís, ¿de Argel, de Tetuán?
– Nosotros, de Tetuán -contestó Abdul con cierta actitud de respeto ante un alfaquí-; los demás…
Munir aprovechó la indecisión de quien parecía mandar a los berberiscos para liberarse de las manos que le detenían, y le interrumpió:
– Vivís más allá del estrecho, en Berbería, donde se puede practicar libremente la verdadera fe. -El alfaquí cerró los ojos y negó con la cabeza-. Yo mismo comulgo cada domingo. Confieso mis pecados cristianos para obtener la cédula que me permite moverme. A menudo me veo obligado a comer cerdo y a beber vino. ¿También me consideráis renegado? ¡Todos los moriscos que habéis visto esta noche se pliegan a las órdenes de la Iglesia! ¿Cómo, si no, íbamos a poder sobrevivir y a mantener nuestra fe? Hernando ha trabajado por el único Dios tanto o más que ninguno de nosotros. Creedlo, no conocéis a ese hombre.
– Lo conocemos bien. Es mi padre -reveló Abdul.
– Y mi hermanastro -añadió Shamir.
Munir trato de convencer a los dos jóvenes berberiscos de la soterrada labor de Hernando en favor de la comunidad. Les habló de sus escritos, de sus años de trabajo, de los plomos y de la Torre Turpiana, del Sacromonte y de don Pedro de Granada Venegas; de Alonso del Castillo y Miguel de Luna, del evangelio de Bernabé y de lo que pretendían. Les explicó que Hernando creía que todos ellos habían muerto a manos de Ubaid.