La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
– ¿Por qué lo hiciste, madre?
Intentó encontrar la respuesta en su interior. El tiempo transcurrió con Hernando especulando mil posibilidades hasta que una de ellas, ajena a las razones de Aisha para haber obrado como lo hizo, despuntó entre las demás: «Viven». Fátima vivía. Francisco también, y Shamir, y probablemente Inés. ¿Hubiera preferido que todos ellos estuvieran muertos para aliviar sus penas? Se sintió indigno. Hasta entonces sólo había pensado en él mismo, en sus culpas, en la cobardía que tanto le echara en cara Francisco. Sin embargo, lo importante era que vivían aunque fuera lejos de él. Halló cierto consuelo en esta idea… Pero seguía necesitando obtener su perdón. Aguardaba con ansiedad noticias de Munir, pero dicho anhelo se trocó en decepción cuando el alfaquí hizo que le devolvieran la carta dirigida a Fátima junto a su negativa de remitírsela a Tetuán.
Fátima no pudo dejar de darse cuenta: después de la visita de Shamir y su hijo, tres imponentes esclavos nubios, armados, se sumaron al personal de servicio que atendía el palacio.
– Son para vuestra seguridad, señora -le contestó uno de los sirvientes -. Corren tiempos revueltos y vuestro hijo así lo ha dispuesto.
¿Para su seguridad? Dos de ellos la seguían, un par de pasos por detrás, en sus salidas por Tetuán. Fátima lo probó. Una mañana, acompañada de dos esclavas a las que hizo cargar con algunos bultos, se dirigió con resolución a la puerta de Bab Mqabar, al norte de la muralla de la ciudad.
Antes de que pudiera cruzarla, los dos nubios se interpusieron en su camino.
– No podéis salir, señora -le dijo uno de ellos.
– Sólo quiero ir al cementerio -afirmó Fátima.
– No es seguro, señora.
Otro día de madrugada, abandono su dormitorio. No había recorrido la mitad del pasillo y la inmensa figura de uno de los negros apareció de entre las sombras.
– ¿Deseáis algo, señora?
– Agua.
– Yo ordenaré que os la traigan, no os preocupéis. Descansad.
¡Estaba presa en su propia casa! No se había planteado huir, ni siquiera sabía qué hacer o qué pensar; sólo sabía que después de años de creer en la traición de Hernando, la simple posibilidad de que no hubiera sido así hizo revivir en ella unos sentimientos que durante años se había obligado a arrinconar en lo más recóndito de su interior. Desde la muerte de Brahim se había dedicado a dirigir los negocios y a amasar dinero con tanta frialdad como Abdul y Shamir atacaban a los barcos cristianos o las costas españolas. Llegó incluso a renunciar a su condición de mujer. Pero ahora algo había vuelto a despertar en ella y de vez en cuando, por las noches, con la mirada perdida en el horizonte, allí donde debían alzarse las sierras granadinas, unos casi imperceptibles estremecimientos le recordaban que había sido capaz de amar con todo su ser.
Una tarde Efraín acudió a despachar de negocios con ella. El judío, muerto ya su padre, se había convertido en el más íntimo colaborador en los negocios familiares dirigidos por la gran señora tetuaní.
– Tengo que pedirte un favor, Efraín -le dijo mientras el otro le explicaba de números y mercaderías.
– Debes saber que tu hijo ha venido a verme -susurró el inteligente judío.
Fátima clavó en él sus hermosos ojos negros.
– Pero mi lealtad está contigo, señora -añadió Efraín al cabo de unos instantes de silencio.
65
Muerte es esperanza larga.
«Romances de Aben Humeya»,
Romancero morisco
Rafaela había acompañado hasta la puerta al preceptor, que acudía diariamente a dar lecciones a Juan y Rosa, cuando vio que un desconocido se acercaba a su casa. Aunque Hernando parecía haber recuperado su estado de ánimo habitual, cualquier imprevisto desasosegaba a Rafaela, cuyo embarazo ya estaba a punto de llegar a su fin. El hombre, que contaría cerca de cuarenta años y cuyas ropas, de estilo castellano, aparecían sucias por el largo viaje, preguntó con voz educada si aquélla era la casa de Hernando Ruiz. Rafaela asintió y mandó a Juan a que diera el recado a su padre; Hernando no tardó en bajar al zaguán.
– La paz sea con vos -saludó al hombre, en la creencia de que no sería más que un arrendatario o un interesado en algún caballo-. ¿Qué deseáis?
Efraín aguardó un instante antes de hablar. Por suerte, en esta ocasión no le costó dar con Hernando.
– La paz -contestó el judío, que clavó la mirada en su anfitrión.
– ¿Qué deseáis? -repitió.
– ¿Podemos hablar en algún lugar privado?
En ese momento Hernando comprendió que aquel hombre era algo más que un simple tratante en caballos; aunque percibió un extraño acento en su voz, había algo en él que le inspiró confianza.
– Acompañadme.
Salieron del zaguán y cruzaron el patio.
– Que nadie me moleste -advirtió a Rafaela.
Subieron a la biblioteca y Hernando reparó en la admiración con la que el judío corría su mirada por los libros que constituían su más preciado tesoro.
– Os felicito -dijo Efraín refiriéndose a ellos al tiempo que tomaba asiento tras el escritorio. Hernando hizo un gesto de asentimiento y los dos guardaron silencio unos instantes-. Me envía Fátima, vuestra esposa -reveló al fin.
Un tremendo escalofrío recorrió el cuerpo de Hernando. Se vio incapaz de decir nada y el judío se dio cuenta.
– La señora Fátima necesita saber de vos -continuó Efraín-. Son muchos los rumores que llegan a Tetuán y ella se niega a creerlos, salvo que vos mismo los confirméis. Debo significaros, antes que nada, que hará cerca de quince años, yo mismo estuve aquí, en Córdoba, en vuestra busca, también enviado por mi señora…
– ¿Cómo está ella? -le interrumpió Hernando.
Hablaron durante todo el día. Hernando contó su vida y lo hizo sin disimulo, sin ocultar el más nimio de los detalles. ¡Contó incluso sus amoríos con Isabel! Era la primera vez que se confesaba a alguien con tal sinceridad. Excusó su imagen cristiana, pero también reconoció el error que significaba que en algunos momentos, llevado por los acontecimientos, se hubiera excedido en aquella postura. ¿Por qué tuvo que salir cargado con una cruz en procesión?
– Mi madre no habría muerto si hubiera evitado ese alarde -añadió con la voz tomada.
Luego se explayó en la historia de los plomos.
– Shamir -recordó- sostuvo que nunca se beneficiarían los humildes… y probablemente tenga razón.
– Quizá algún día ese evangelio del que habláis pueda salir a la luz.
– Quizá -suspiró Hernando, pesaroso-, pero no sé cuál será nuestra situación para entonces. En verdad parece que no seamos más que unos apestados: los cristianos nos odian a muerte y ninguno de los gobernantes musulmanes ha hecho nada por ayudarnos. Somos un pueblo que siempre ha estado oteando el horizonte con la esperanza de vislumbrar una armada, turca o argelina, que nunca ha aparecido.
Efraín estuvo tentado de discutir. ¿Apestados? Su pueblo sí que lo había sido, en España y en todos los reinos europeos. Los judíos ni siquiera tuvieron la oportunidad de otear el horizonte: nadie podía acudir en su ayuda. Sin embargo, calló; no era ése su cometido. Fátima le había proporcionado instrucciones: él mismo debía juzgar las palabras y la actitud de Hernando. Él mismo debía decidir si trasladarle su mensaje o retirarse sin hacer entrega de él a aquel hombre que le miraba consternado. «Confío plenamente en ti», le había dicho ella antes de despedirse. Y el judío ya había decidido.
– Muerte es esperanza larga -dijo entonces.
Efraín sintió cómo el morisco clavaba sus ojos azules en él, igual que había hecho su hijo Abdul hacía poco tiempo, cuando fue a visitarle y a advertirle de que bajo ningún concepto debía ayudar a Fátima en nada relacionado con el «maldito traidor». Los mismos ojos, pero ¡qué diferencia entre el mensaje que lanzaban unos u otros! Los del corsario emanaban odio y rencor; los de Hernando, en cambio, mostraban una tristeza infinita.