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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– ¡La Inquisición nos esquilma! -oyó que gritaba un morisco a sus espaldas.

Era cierto. Munir también se lo había explicado durante el largo camino hasta Toga. En Córdoba no sucedía así, pero en aquellas tierras de moriscos eran tantos los pecados que teóricamente cometían los cristianos nuevos que la Inquisición cobraba por adelantado y cada comunidad estaba obligada a pagar una cantidad anual a la Suprema.

– ¡Los señores también! -gritó otro.

– ¡Pretenden matarnos a todos!

– ¡Castrarnos!

– ¡Esclavizarnos!

Los gritos se sucedían, cada vez más fuertes, cada vez más airados.

Hernando escondió la mirada en la tierra. ¿Acaso no era verdad? ¡Tenían razón! Las gentes no podían vivir, y el futuro… ¿qué futuro esperaba a los hijos de todos ellos? Y ante eso, él, Hernando Ruiz, de Juviles, se refugiaba en su biblioteca, mientras vivía con holgura y comodidad… ¡Y se empeñaba ingenuamente en minar los cimientos de la religión cristiana buscando respuesta en los libros!

Tembló al oír el proyecto que se llegó a pactar tras arduas discusiones entre los presentes: la noche del Jueves Santo de 1605, los moriscos se levantarían en Valencia e incendiarían las iglesias para llamar la atención de los cristianos. Al mismo tiempo, Enrique IV mandaría una flota al puerto del Grao. En todos los lugares, los jeques moriscos alzarían en armas a sus gentes. Pero ¿y si el rey francés no cumplía como no lo hicieron los del Albaicín de Granada cuando la sublevación de las Alpujarras? En ese caso, los moriscos volverían a quedarse solos, una vez más, frente a la ira de los cristianos por haber profanado sus iglesias. Igual que años atrás. Estaban poniendo su futuro en manos de un rey cristiano; enemigo de España, cierto, ¡pero cristiano al fin y al cabo! ¿Cuántos de aquellos que ahora discutían habían vivido la guerra de las Alpujarras? Quiso intervenir pero el griterío era ensordecedor; hasta Munir, con el brazo alzado al cielo, aullaba exigiendo la guerra santa.

– Allahu Akbar!

El grito, unánime, retumbó en el bosque.

Se procedió entonces al nombramiento del rey de los moriscos: Luis Asquer, del pueblo de Alaquás, fue el elegido. El nuevo monarca fue vestido con una capa roja, empuñó una espada y se dispuso a jurar el cargo conforme a las costumbres. Los hombres lo aclamaron, se levantaron y lo rodearon. Hernando se apartó del grupo; la decisión ya estaba tomada… La guerra era inevitable. ¡Ganar o ser exterminados! Fue alejándose de los vítores y el bullicio, mientras recordaba las muchas ocasiones en que había oído esos mismos gritos en las Alpujarras. Él mismo…

De repente, sintió un fuerte golpe en la nuca. Hernando creyó que le iba a reventar la cabeza y empezó a desplomarse. Sin embargo, aturdido, notó cómo varios hombres lo agarraban de los brazos y lo arrastraban más allá del claro y de sus fuegos, hasta los árboles. Allí lo dejaron caer al suelo. Entre el retumbar de su cabeza y la visión borrosa, creyó ver tres… cuatro hombres en pie, quietos a su alrededor. Hablaban en árabe. Intentó incorporarse pero el aturdimiento se lo impidió. No llegaba a entender lo que decían; los aplausos y ovaciones al nuevo rey resonaban con potencia.

– ¿Qué… qué queréis? -logró balbucear en árabe-. ¿Quiénes…?

Uno de ellos le arrojó el contenido de un pellejo de agua helada sobre el rostro. El frío lo reanimó. Hizo entonces otro intento de levantarse, pero en esta ocasión una bota sobre su pecho se lo impidió. La silueta de cuatro hombres se dibujaba contra el resplandor de las hogueras, sus rostros seguían ocultos en las sombras.

– ¿Qué pretendéis? -preguntó, algo más consciente.

– Matar a un perro renegado y a un traidor -contestó uno de ellos.

La amenaza resonó en la noche. Hernando se esforzó por pensar con celeridad, al tiempo que notaba cómo la punta de un alfanje se posaba en su cuello. ¿Por qué querían matarlo? ¿Quizá alguien que le conocía de Córdoba? No había reconocido a nadie de la ciudad en la reunión, pero… La punta del alfanje jugueteó sobre su nuez.

– No soy renegado ni traidor -afirmó con determinación-. Quien os haya dicho tal cosa…

– Quien nos lo dijo te conoce bien.

Hernando casi no podía hablar; la punta del alfanje presionaba sobre su garganta.

– ¡Preguntad a Munir! -balbuceó-. ¡El alfaquí de Jarafuel! Él os dirá…

– Si lo hiciésemos y le contáramos cuanto sabemos de ti, sería él quien te mataría, con toda seguridad, y esto es algo que debemos hacer nosotros. La venganza…

– ¿Venganza? -se apresuró a preguntar-. ¿Qué mal os puedo haber causado a vosotros para que busquéis venganza? Si es cierto que soy renegado y traidor, que me juzgue el rey.

Uno de ellos se acuclilló junto a éclass="underline" tenía aquel rostro a un palmo escaso del suyo, notaba su aliento cálido. Sus palabras rezumaban odio.

– Ibn Hamid -susurró. Hernando tembló con solo escuchar aquel nombre. ¿Alpujarreños? ¿Qué significaba…?-. Era así como te gustaba que te llamasen, ¿no? -volvió a susurrar.

– Así es como me llamo -afirmó.

– ¡El nombre de un traidor a su gente!

– Jamás la he traicionado. ¿Quién eres tú para sostener tal infamia?

El hombre hizo una seña a otro de ellos que corrió al claro y volvió con una tea encendida.

– Mírame, Ibn Hamid. Quiero que sepas quién va a poner fin a tu vida. Mírame…, padre.

El hombre acercó la tea, y la oscuridad se quebró para que Hernando observase unos inmensos y furibundos ojos azules clavados en él. Sus rasgos, sus facciones…

– Dios -murmuró desconcertado-. ¡No puede ser! -Se sintió mareado. Miles de recuerdos se amontonaron en su mente a la sola visión de aquel rostro, todos ellos pugnando por imponerse a los demás. Habían transcurrido más de veinte años…-. ¿Francisco? -musitó.

– Hace mucho que me llamo Abdul -respondió con dureza su hijo-. Y aquí está también Shamir, ¿le recuerdas?

¡Shamir! Hernando intentó reconocerle entre los tres restantes, pero ninguno de ellos salió de entre las sombras. La confusión se apoderó de su mente: Francisco estaba vivo… Y también Shamir. ¿Habían escapado de Ubaid? Pero su madre… Aisha le había asegurado que estaban muertos, que había visto con sus propios ojos cómo el arriero los mataba en la sierra.

– ¡Me aseguraron que habíais muerto! -exclamó-. Busqué… Os busqué durante semanas, recorrí la sierra tratando de hallar vuestros cuerpos. El de Inés… y el de Fátima.

– ¡Cobarde! -le insultó Shamir.

– Mi madre esperó… todos esperamos durante años a que vinieses a ayudarnos -añadió Abdul-. ¡Perro! No moviste ni un dedo por tu esposa, ni por tu hija, ni por tu hermanastro. ¡Ni por mí!

Hernando sintió que le faltaba el aire. ¿Qué acababa de decir su hijo? Que su madre había esperado… ¡Su madre! ¡Fátima!

– ¿Fátima vive? -preguntó con un hilo de voz.

– Sí, padre -le escupió Abdul-. Vive… Aunque no gracias a tu ayuda. Todos hemos sobrevivido. Tuvimos que soportar el odio de Brahim, sentirlo en nuestras carnes. ¡Ella la que más! Y mientras tanto, tú te olvidabas de tu familia y traicionabas a tu pueblo. El perro de Brahim ya lo ha pagado con su vida, te lo aseguro. ¡Ahora eres tú quien debe rendir cuentas por ello!

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