La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
Hernando negó con la cabeza. Munir asintió gravemente.
– El fraile no me preocupa, hay muchos como él, pero Ribera, sí. No sólo es el arzobispo de Valencia, también es patriarca de Antioquia y, lo más importante, capitán general del reino de Valencia. Se trata de un hombre muy influyente en el entorno del rey y del duque de Lerma.
El alfaquí hizo otra larga pausa, como si necesitara meditar antes de seguir hablando.
– Hernando, te consta que aplaudí vuestro intento con los plomos, pero también entiendo al pueblo. Temen que llegue el día en que el rey y su Consejo lleguen a adoptar alguna de esas drásticas medidas de las que tanto se habla, y frente a ello sólo nos resta una posibilidad: la guerra.
– Desde las Alpujarras he sabido de muchos intentos de levantamiento, algunos disparatados, todos fracasados. -Hernando no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer. ¿Más guerra? ¿Más muertes? ¿No había habido ya bastantes?-. ¿En qué se diferencia éste?
– En todo -replicó con contundencia el alfaquí-. Hemos prometido… -Al ver que Hernando enarcaba las cejas, Munir aclaró-: Sí, me incluyo; lo apoyo, ya te lo he dicho. Es una guerra santa -afirmó con solemnidad-. Hemos prometido que si los franceses invaden este reino, les ayudaremos con un ejército de ochenta mil musulmanes y les entregaremos tres ciudades, entre ellas Valencia.
– Y… ¿los franceses os creen?
– Lo harán. Se les va a entregar ciento veinte mil ducados en garantía de nuestra palabra.
– ¡Ciento veinte mil ducados! -exclamó Hernando.
– Así es.
– Es una barbaridad. ¿Cómo…? ¿Quién ha sufragado esa cifra?
Hernando rememoró las graves dificultades padecidas por la comunidad morisca para hacer frente a los impuestos especiales a los que los sometían los reyes cristianos, los mismos que después pretendían exterminarlos. Tras la derrota de la Gran Armada se les obligó a pagar, «graciosamente», rezaban los documentos, doscientos mil ducados; otro tanto les fue requerido tras el saqueo de Cádiz por parte de los ingleses, además de las múltiples contribuciones especiales con que los cristianos cargaban a los moriscos. ¿Cómo podían hacer frente ahora a tan importante desembolso?
– Pagan ellos -rió el alfaquí imaginando las dudas de su compañero.
– ¿Ellos? -preguntó Hernando, extrañado-. ¿A quién te refieres?
– A los cristianos. Lo hace el propio rey Felipe. -Hernando le hizo un imperioso gesto para que se explicase-. Pese a todas las riquezas que llegan de las Indias y los impuestos que cobra a los pecheros, la hacienda del reino está en bancarrota. Felipe II suspendió sus pagos en varias ocasiones y su hijo, el tercero, no tardará en hacerlo.
– ¿Qué tiene eso que ver? Si resulta que el rey no tiene dinero, ¿cómo va a pagar esos ciento veinte mil ducados? Eso suponiendo que… ¡Es absurdo!
– Ten paciencia -le rogó el alfaquí-. Esa situación financiera llevó al rey Felipe II a rebajar la ley de la moneda de vellón. -Hernando asintió. Como todas las gentes de España, también él había sufrido la decisión del monarca-. De un vellón rico, con cuatro o seis granos de plata por moneda, pasó a labrarse otro de un solo grano.
– La gente se quejaba -rememoró Hernando-, porque obligaron a cambiar monedas con mucha plata por otras que carecían de ella, ¡a la par! Por cada vellón perdieron tres granos o más de plata.
– Exacto. La hacienda real recogió las monedas antiguas y obtuvo unos importantes beneficios con esa artimaña, pero los consejeros no previeron el efecto que eso supondría en la confianza del pueblo en su moneda, sobre todo en la menuda, la que más se utiliza. Luego, hace dos años, su hijo, Felipe III, decidió que el vellón no debía labrarse ni con ese grano de plata y ordenó que fuera exclusivamente de cobre. Como las monedas carecen de ley, ni siquiera llevan la marca del ensayador de la ceca que las ha labrado. ¡Y nosotros nos estamos hartando de labrar monedas! -sonrió Munir-. Binilit ya falleció, pero en su taller, el que fuera su aprendiz ya no fabrica joyas moriscas; se limita a falsificar moneda constantemente, y como él, muchos otros. Hoy en día ya no es necesario que las monedas sean de cobre, se admiten las de plomo y hasta las simples cabezas de clavo toscamente repujadas con algo similar a lo que pueda ser un castillo y un león en cada una de sus caras. ¡Por cada cuarenta monedas falsas, los cristianos nos están pagando hasta diez reales de plata! Se calcula que hay centenares de miles de ducados en moneda falsa corriendo por el reino de Valencia.
– ¿Por qué no las falsifican los mismos cristianos? -inquirió Hernando a pesar de que intuía la respuesta.
– Por miedo a las penas a los falsificadores y porque no poseen nuestros talleres secretos. -Munir sonrió-. Pero principalmente por simple pereza: hay que trabajar, y eso, ya sabes, no le atrae ni al más humilde de los artesanos cristianos.
– Pero la gente, los comerciantes, ¿por qué admiten esos dineros que les consta son falsos? -siguió interesándose Hernando, recordando de nuevo cómo controlaba Rafaela que las monedas menudas con las que compraba fueran auténticas, aunque en Córdoba esas falsificaciones no se daban en tanta abundancia como la que acababa de señalar el valenciano.
– Les da lo mismo -explicó el alfaquí-. Eso es lo que te he comentado antes. Desde que Felipe II les robó tres granos de plata por cada pieza, desconfían de la moneda. Con la aparición de la falsa todos creen ganar y para que lo haga el rey, ya lo hacen ellos. Simplemente, se acepta. Es un nuevo sistema de cambio. El único problema es que los precios suben, pero a nosotros eso no nos afecta tanto como a los cristianos; no compramos como ellos, nuestras necesidades son mucho menores.
– ¿Y así habéis conseguido los ciento veinte mil ducados? -Hernando no podía evitar un enorme asombro ante ese hecho.
– Gran parte de ellos -dijo el alfaquí con una sonrisa de satisfacción-. Otra parte nos ha llegado en ayuda desde Berbería, de todos nuestros hermanos que han ido estableciéndose allí y que comparten nuestras esperanzas de recuperar las tierras que nos pertenecen.
Habían dado ya cuenta de la frugal cena servida por la esposa de Munir. El alfaquí se levantó y le invitó a salir al huerto posterior de la casa, donde la luna y un límpido cielo estrellado sobre la Muela de Cortes les ofrecía un panorama espectacular.
– Pero -dijo Munir mientras le guiaba-, háblame de ti. Ahora ya sabes cuáles son mis intenciones: luchar y vencer… o morir por nuestro Dios. Soy consciente de que no son de tu agrado. -El alfaquí se apoyó sobre la baranda que cerraba el huerto, en lo alto del cerro en el que se enclavaba Jarafuel, el valle a sus pies y la Muela de Cortes más allá-. ¿Qué ha sido de tu vida desde la última vez que nos vimos? -inquirió al notar que Hernando se situaba a su lado.
El morisco dirigió la vista al cielo y sintió el frío del invierno en su rostro; luego empezó a contarle los sucesos acaecidos desde que volviera a Córdoba tras entregar los primeros plomos en Granada.
– ¿Te has casado con una cristiana? -le interrumpió Munir al saber de Rafaela.
No hubo reproche en su pregunta. Ambos permanecían con la vista al frente; dos figuras recortadas en la noche, erguidas sobre la baranda, solas.
– Soy feliz, Munir. Vuelvo a tener una familia, dos hijos hermosos -contestó Hernando-. Tengo mis necesidades holgadamente cubiertas. Monto a caballo, domo los potros. Son muy apreciados en el mercado -hablaba con sosiego-. El resto del día lo dedico a la caligrafía o a estudiar mis libros. Creo que la serenidad que me ha proporcionado esta nueva situación me permite unirme a Dios en el momento en que mojo el cálamo en la tinta y lo deslizo sobre el papel. Las letras surgen de mí con una fluidez y una perfección que pocas veces antes había conseguido. Estoy escribiendo lo que pretendo sea un bello ejemplar del Corán. Los caracteres brotan proporcionados entre ellos y disfruto coloreando los puntos diacríticos. También rezo en la mezquita, delante del mihrab de los califas. ¿Sabes?, cuando me coloco frente a él y susurro las oraciones, me sucede algo parecido al espectáculo que se nos ofrece esta noche: igual que todas estas estrellas, veo refulgir los destellos del oro y de los mármoles con los que se construyó ese lugar sagrado. Y sí, me he casado con una cristiana. Mi esposa… Rafaela es dulce, buena, discreta y una gran madre.