La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
– ¿Por qué no me enseñas de cuentas? -le pidió Miguel un día a Hernando, que vivía casi enclaustrado en su biblioteca.
Los años dedicados a la escritura de los plomos habían despertado en él una sed insaciable de aprender, que intentaba colmar con lecturas sobre temas diversos, siempre con un objetivo: hallar algo que pudiera servir para lograr la convivencia pacífica de ambas culturas. Sus amigos de Granada le proveyeron, gustosos, de cuantos libros tuviesen a su alcance y pudieran ser de su interés.
Hernando entendió las razones que se escondían detrás de aquella petición y se prestó a ello, por lo que el tullido, entre números, sumas y restas, también se recluyó durante el día en la biblioteca. Así fueron superando la incomodidad que suponía el encierro, mientras la epidemia diezmaba a la población de Córdoba.
El jurado don Martín Ulloa fue una de sus víctimas. Los jurados de cada parroquia tenían la obligación de controlar las casas, comprobar si en ellas habitaban apestados y, en su caso, enviarlos a San Lorenzo y expulsar a sus familias de la ciudad. Don Martín se presentó en numerosas ocasiones en la de Hernando y Rafaela, exigiendo al médico que le acompañaba exámenes innecesarios y mucho más exhaustivos que aquellos a los que sometía a los demás parroquianos; ya no temía al morisco, hacía tiempo de lo de los expósitos, ¿quién iba a preocuparse entonces de aquel asunto? Don Martín no escondía sus ansias por encontrar el más nimio de los síntomas de la enfermedad hasta en su propia hija.
Hernando se sorprendió el día en que, en lugar de presentarse el jurado, lo hizo su esposa, doña Catalina, acompañada del hermano menor de Rafaela.
– ¡Déjanos entrar! -le exigió la mujer.
Hernando la miró de arriba abajo. Doña Catalina temblaba y se retorcía las manos, el rostro contraído.
– No. Tengo obligación de dejar entrar a vuestro esposo, no a vos.
– ¡Te ordeno…!
– Avisaré a vuestra hija -rehuyó Hernando, convencido de que sólo algo grave podía lograr que aquella mujer se humillara a llamar a la puerta de su casa.
Desde el zaguán, Hernando y Miguel escucharon la conversación entre Rafaela y su madre.
– Nos echarán de Córdoba -sollozaba doña Catalina, tras comunicar a su hija la noticia de que su padre había contraído la letal enfermedad-. ¿Qué haremos? ¿Adónde iremos? La peste asola los alrededores. Permite que nos refugiemos en tu casa. La nuestra quedará cerrada. Así nadie se enterará. Tu hermano mayor, Gil, será el nuevo jurado de la parroquia, como le corresponde. Él mantendrá el secreto de nuestra estancia aquí.
– Hernando y Miguel alzaron el rostro y se miraron sorprendidos cuando la voz de Rafaela rompió el silencio.
– No has venido a vernos en todo este tiempo. Ni siquiera te has molestado en conocer a tus nietos, madre.
La mujer no contestó. Rafaela siguió hablando, con voz firme y clara.
– Y ahora quieres vivir con nosotros. Me pregunto por qué no acudes a casa de Gil. Estoy segura de que te sentirías mucho más a gusto allí…
– ¡Por todos los santos! -insistió la mujer, con voz brusca y colérica-. ¿A qué viene esto ahora? Te lo estoy pidiendo. ¡Soy tu madre! Ten misericordia.
– ¿O quizá ya lo has hecho? -prosiguió Rafaela, desoyendo las protestas. Doña Catalina calló-. Por supuesto, madre. Me consta que sólo vendrías a esta casa si no te quedara otro remedio. Dime, ¿acaso mi hermano teme el contagio?
Doña Catalina balbuceó una respuesta. La voz de Rafaela se elevó entonces, clara y firme.
– ¿Crees de verdad que voy a poner en peligro a mi familia?
– ¿Tu familia? -La mujer soltó un bufido de desprecio-. Un moro…
Rafaela alzó la voz a su madre, quizá por primera vez en toda su vida.
– ¡Fuera de esta casa!
Hernando suspiró, satisfecho. Miguel dejó escapar una sonrisa.
Luego vieron pasar a Rafaela por delante de ellos, caminando en silencio, la cabeza erguida, en dirección al patio, mientras las súplicas y sollozos de su madre se oían desde la calle.
El morisco y su familia superaron la peste. Igual que muchos otros cordobeses, doña Catalina, consumida y cargada de ira contra Hernando y Rafaela, regresó tan pronto como la ciudad se declaró libre de la epidemia y se abrieron sus trece puertas.
Al tiempo que una muchedumbre las cruzaba para retornar a sus casas, Miguel se apresuró a volver al cortijillo tras una rápida y balbuceante despedida.
Más de seis mil personas habían fallecido durante la epidemia.
63
Camino de Toga, reino de Valencia, 1604
Para aquel viaje al pequeño pueblo de Toga, al norte de Segorbe, enclavado en un valle tras la sierra del Espadan, pasando primero por Jarafuel, Hernando eligió un magnífico potro colorado de cuatro años que, haciendo honor a su color de fuego, retrataba más que andaba y tenía que ser refrenado constantemente. Llevaba su ancho y soberbio cuello de caballo español siempre erguido; bufaba incluso a las mariposas y se asustaba del revoloteo de los insectos, con las orejas tiesas y atentas en todo momento.
Después de nueve años desde su última visita, Hernando encontró a Munir, el alfaquí, prematuramente envejecido; la vida era muy dura en aquellas tierras de la sierra valenciana, máxime para quien pretendía mantener vivo el espíritu de unas creencias cada vez más perseguidas. Los dos hombres se abrazaron y luego se observaron el uno al otro, sin reparos. Durante la exigua cena que les sirvió la esposa del alfaquí de Jarafuel, sentados en el suelo sobre unas sencillas esteras, hablaron de la reunión que iba a celebrarse en el pequeño y escondido pueblo de Toga, todavía a varias jornadas de allí y de mayoría morisca, como casi todos los de la zona. Se discutiría allí el intento de rebelión más serio urdido desde el levantamiento de las Alpujarras en el que, según se decía, estaban implicados el rey Enrique IV de Francia y lo había estado también la reina Isabel de Inglaterra hasta su reciente muerte.
La rebelión llevaba fraguándose tres años y don Pedro de Granada Venegas, Castillo y Luna, rogaron a Hernando que acudiera junto a Munir a la reunión en la que iban a culminar todas aquellas negociaciones. Los tres veían cercano el éxito de los plomos; el proceso de autentificación no podía demorarse mucho más y una nueva revuelta echaría por tierra todos sus esfuerzos.
El alfaquí de Jarafuel entendió los argumentos que en ese sentido le expuso Hernando.
– En todo caso -alegó sin embargo-, va a hacer diez años que aparecieron los plomos y debes reconocer que nada se ha conseguido. Y sin el reconocimiento de Roma no valen nada. Esa es la realidad. Por el contrario, la situación de nuestros hermanos ha empeorado de forma significativa en estos reinos. Fray Bleda continúa exigiendo con insistencia en nuestra más completa destrucción por el medio que sea. Tal es el rigor de ese dominico que hasta el inquisidor general, ¡el inquisidor general!, le ha prohibido opinar acerca de los nuestros, pero el fraile continúa acudiendo a Roma, y allí el Papa le escucha. Sin embargo, lo más importante es el cambio de opinión del arzobispo de Valencia, Juan de Ribera.
Munir hizo una pausa; su semblante, con más arrugas de las que debería haber tenido a su edad, expresaba una franca preocupación.
– Hasta hace poco -prosiguió el alfaquí-, Ribera era un ferviente defensor de la evangelización de nuestro pueblo, tanto que llegó a pagar de su pecunio personal los sueldos de los párrocos que debían llevar a cabo esa tarea. Eso nos beneficiaba: los sacerdotes que llegan por aquí no son más que una banda de ladrones incultos que no se preocupan lo más mínimo por nosotros; con que acudamos a comer la torta los domingos se dan por satisfechos. La única iglesia que hay para todo el valle de Cofrentes es ésta, la de Jarafuel, y ni siquiera es una iglesia, ¡se trata de la antigua mezquita! Después de años de intentarlo sin resultados y de gastar mucho dinero, Ribera ha cambiado de opinión y ya ha enviado un memorial al rey en el que propone que todos los moriscos sean esclavizados, destinados a galeras o condenados al trabajo en las minas de Indias. Sostiene que Dios agradecería esa decisión, así que el rey podría tomarla sin escrúpulo alguno de conciencia. Ésas han sido sus palabras, literalmente.