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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– Abdul -dijo ella por fin, apoyando la mano en el fuerte brazo de su hijo-. ¿Qué te sucede?

Él negó con la cabeza y murmuró algo incoherente.

– A mí no puedes engañarme. Soy tu madre y te conozco bien.

Abdul y Shamir cruzaron sus miradas. Fátima aguardaba, expectante.

– Hemos visto al nazareno -le espetó Shamir por fin-. Ese perro traidor estaba en Toga.

Fátima se quedó boquiabierta; por un instante le faltó el aire.

– ¿Ibn Hamid? -Al pronunciar su nombre, sintió una opresión en el pecho y se llevó una mano enjoyada hasta él.

– ¡No le llames así! -replicó Abdul-. No lo merece. ¡Es un cristiano y un traidor! Pero se arrastró como el perro que es…

Ella levantó la vista, consternada.

– ¿Qué…? ¿Qué le habéis hecho? -Intentó incorporarse del diván pero le flaquearon las rodillas.

– ¡Deberíamos haberlo matado! -gritó Shamir-. ¡Y juro que lo haremos si volvemos a verlo!

– ¡No! -La voz de Fátima surgió en forma de un aullido ronco-. ¡Os lo prohíbo!

Abdul miró a su madre, sorprendido. Shamir dio un paso hacia ella.

– Esperad… ¿Qué, qué hacía en Toga? Contádmelo todo -exigió Fátima.

Lo hicieron; le hablaron del nazareno con odio, le narraron con detalle la escena vivida en Toga, le relataron las palabras del alfaquí que habían logrado salvar la vida del perro traidor. Mientras los escuchaba, atenta a cada una de sus palabras, Fátima no dejaba de pensar. Ibn Hamid estaba en Toga, con los que planeaban la revuelta; había dedicado años de su vida a esos textos. Eso significaba que no había renunciado a su fe. Su rostro se fue animando a medida que los oía. ¡Si fuera cierto…! ¡Si fuera verdad que Ibn Hamid seguía siendo un creyente! Fue entonces cuando las palabras de Shamir resonaron en la estancia como una bofetada.

– Y debes saber que se ha casado… con una cristiana. Así que eres libre, Fátima. Puedes volver a casarte… Aún eres bella.

– ¿Quién te crees que eres para decirme qué puedo o no hacer? ¡Nunca volveré a casarme! -le espetó ella entonces.

Y ahí, al percibir las emociones que se escondían ante esa negativa, aparecieron los demonios de Brahim renacidos en Shamir, que se adelantó amenazadoramente hacía ella.

– Jamás volverás a verlo, Fátima. Lo mataré si me entero de que existe la menor comunicación entre vosotros. ¿Lo oyes? Le arrancaré el corazón con mis propias manos.

Sus gritos prosiguieron durante un buen rato ¡Ella sólo era una mujer! Una mujer que debía obedecer. Aquel palacio era suyo, y los esclavos, y los muebles, y la comida, hasta el aire que respiraba le pertenecía a él, a Shamir. ¿Cómo iban a permitir que se relacionase con aquel perro cobarde que no les había defendido en su infancia? Perderían el respeto de sus hombres y de toda la comunidad. Todos conocían el juramento que habían hecho en Toga con respecto a Hernando: los berberiscos lo habían explicado a quien quisiera escucharles. ¿Qué autoridad tendrían para impartir justicia entre sus hombres si consentían la más mínima relación con el nazareno? ¿Con qué potestad arriesgarían la vida de sus hombres, a menudo en incursiones peligrosas, cuando a sus espaldas, en su casa, una simple mujer se permitía desobedecerles? Cumplirían su juramento si volvían a verlo. Lo matarían como a un perro.

Fátima aguantó en pie, erguida, como la noche en que había anunciado a Brahim que jamás volvería a poseerla. Lo hizo sin buscar la ayuda de Abdul, sin mirarlo siquiera, tratando de no poner en un compromiso a su hijo, de no enfrentarlo con su compañero y con quien a la postre, efectivamente, era el dueño de todo.

– Recuerda lo que te he dicho… No cometas ninguna estupidez -masculló Shamir antes de dar media vuelta y salir de la estancia.

Fue entonces cuando Fátima, a espaldas de su hijastro, intentó encontrar en su hijo un atisbo de comprensión y apoyo, pero sus ojos se le mostraron fríos y sus rasgos, curtidos por el sol, tan tensos como los del otro corsario. Lo vio abandonar la estancia con un caminar igual de decidido. Sólo cuando se quedó sola permitió que sus ojos se llenaran de lágrimas.

64

En Valencia se ha hecho prisión de muchos moriscos, por ciertas cartas que el rey de Inglaterra ha enviado, las cuales se habían hallado entre los papeles de la reina pasada, que le habían escrito los moriscos pidiéndole favor para levantarse, y que ellos darían orden que pudiese saquear aquella ciudad, viniendo con su armada. Hase dado tormento a muchos de ellos para averiguarse lo que pasaba en este negocio, y no dejarán de castigarse algunos para ejemplo de los demás.

Luis Cabrera de Córdoba,

Relaciones de las cosas sucedidas en la corte de España

Tras la muerte de Isabel de Inglaterra, a finales de agosto de 1604, España e Inglaterra suscribieron un tratado de paz. Entre otros compromisos, el rey español se comprometía a cejar en su empeño por elevar al trono de la isla a un rey católico. Quizá por ello, meses más tarde, una vez firmado el acuerdo y en muestra de gratitud, Jacobo I hizo llegar a Felipe III una serie de documentos hallados en los archivos de su antecesora. En ellos constaban las propuestas de los moriscos españoles para, con la ayuda de ingleses y franceses, alzarse contra el rey católico y reconquistar los reinos de España para el islam.

El virrey de Valencia y la Inquisición pusieron manos a la obra tan pronto como el Consejo de Estado hizo pública la conjura. Multitud de moriscos fueron detenidos y sometidos a tormento hasta que confesaron el plan. Varios de ellos fueron ejecutados conforme a las costumbres valencianas. Al reo se le preguntaba si quería morir en la fe cristiana o en la musulmana. Si contestaba que en la primera, era ahorcado en la plaza del mercado; si se empeñaba en conservar su fe, se le llevaba extramuros de la ciudad, a la Rambla, y conforme al castigo divino previsto en el Deuteronomio para los idólatras, el pueblo lo lapidaba y después quemaba su cadáver.

Salvo excepciones, los moriscos optaban por una muerte rápida y elegían hacerlo en la fe cristiana, pero justo en el momento en que la soga se tensaba, estallaban en gritos invocando a Alá. Tan conocida era esa estratagema que la gente acudía a las ejecuciones provista de piedras para lapidar al ahorcado en el momento en que clamaba el nombre del Profeta. Luego, las familias moriscas recogían las piedras y las guardaban en recuerdo de la ejecución de sus muertos.

A los tres meses de su vuelta a Córdoba, Hernando tuvo conocimiento de que la tentativa de revuelta urdida en Toga había sido desbaratada. Lo cierto era que durante esos tres meses, sólo una cosa le había aportado algo de bienestar en su permanente desesperanza: la carta que logró escribir para Fátima.

Él y Munir habían hecho el camino de regreso de Toga en silencio, su mula siempre por detrás de la del alfaquí, como si éste tirase de él para llegar cuanto antes a Jarafuel. Su madre le había engañado. Fátima vivía y había matado a Brahim. Su hijo también había jurado matarle si sus caminos volvían a cruzarse. ¡Matarle! ¡Su propio hijo!, pero ¿acaso no lo habría hecho ya en Toga? Recordó los inocentes y expresivos ojos azules de Francisco en el patio de la casa cordobesa. Y la pequeña Inés, ¿qué habría sido de ella? La cabeza de Hernando no paraba de dar vueltas a las revelaciones de las últimas horas. Las imágenes, las preguntas, se agolpaban en su mente, y las punzadas de dolor se acompasaban a los cortos trancos del animal que montaba.

¡Fátima! El semblante de su esposa aparecía y desaparecía en su recuerdo como si juguetease con su sufrimiento. ¿Qué habría pensado de él? ¿Habría esperado que fuera en su busca? Cuánto tiempo, ¿cuántos años debió de confiar en su ayuda? El estómago no podía encogérsele más al imaginarla sometida a Brahim esperando su ayuda; ¡su Fátima! La había defraudado.

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