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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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Mientras comían en la casa de los Tiros, don Martín reconoció que se hallaba en la ciudad en calidad de comisionado por el cabildo cordobés para investigar unos rumores de peste. Todas las grandes ciudades españolas se negaban a reconocer oficialmente la epidemia hasta que los muertos se amontonaban en las calles. Declarar la enfermedad conllevaba el inmediato aislamiento de la ciudad apestada y la paralización de todo trato comercial con ella. Por eso, en el momento en que surgía la menor sospecha en algún lugar, los cabildos de las otras ciudades enviaban a médicos de su confianza para que comprobaran por ellos mismos la veracidad de los rumores.

– El presidente de la Chancillería -explicó don Martín durante la comida- me ha autorizado a investigar y me ha comentado que es poca cosa, que las gentes están sanas.

Tanto Luna como Castillo soltaron una exclamación.

– El cabildo organiza fiestas y bailes por las noches para distraer a los ciudadanos -reconoció el último-, pero hace ya algún tiempo que se han empezado a tomar medidas contra la peste.

– Lo sé, pero no son medidas preventivas, sino paliativas -afirmó el doctor Martín Fernández-. He visto las sillas entoldadas en las que extraen a los apestados de la ciudad, y a cuadrillas de soldados que controlan los barrios. He visitado el hospital de apestados y ninguno de los médicos que trabajan en él hablan de otra cosa que no sea de la peste.

– No pasará mucho tiempo -intervino Miguel de Luna- hasta que se vean obligados a reconocer oficialmente la epidemia.

Hernando escuchaba con un interés no exento de estupor.

– ¿No sería mejor actuar de inmediato? -preguntó-. ¿Qué se gana con negar la realidad? Es el pueblo el que sale perjudicado, y la peste no distingue entre señores y vasallos. ¿Qué queréis decir con medidas paliativas? ¿Existe alguna forma de prevenir la enfermedad?

– Son paliativas -le contestó el médico cordobés- porque sólo se adoptan frente a los apestados. Tradicionalmente se ha creído que la peste se contagia a través del aire, aunque ahora ganan terreno algunas teorías que sostienen que también se propaga mediante las ropas y el contacto personal. Lo más importante es purificar el aire y quemar hierbas aromáticas en todos los rincones de la ciudad, pero también hay que procurar la limpieza y favorecer la reclusión de la gente en sus casas en lugar de promover fiestas y aglomeraciones; ordenar el tapiado de las casas donde se ha producido algún caso y el aislamiento de cualquier persona que presente algún síntoma, incluso de sus familiares. Mientras no se adopten esas medidas, se deja vía libre al contagio y a la verdadera epidemia.

– Pero… -trató de intervenir Hernando.

– Y lo más importante -le interrumpió don Martín al tiempo que Luna y Castillo asentían, seguros de lo que diría a continuación-, cerrar la ciudad para que la epidemia no se extienda a otros lugares.

Granada cayó al poco y la peste llegó a Córdoba al año siguiente, en la primavera de 1601. Pese al contundente informe que el doctor Martín Fernández había presentado sobre la negligente actuación de las autoridades granadinas, el cabildo de la ciudad califal actuó exactamente igual que el de la Alhambra, y al tiempo que prohibía las ventas en almoneda y los tratos con ropavejeros o sacaba extramuros camas de enfermos para quemarlas, los ocho médicos municipales suscribían una declaración por la que certificaban que Córdoba estaba libre de la peste y de cualquier otra enfermedad contagiosa de consideración.

Hernando tenía dos preciosos hijos, Juan, de cuatro años, y Rosa, de dos, a los que adoraba y que habían venido a cambiar su vida. «Sé feliz», recordaba noche tras noche, al observarlos mientras dormían. Le aterrorizaba la sola idea de perder de nuevo a su familia y, en cuanto regresó de Granada, se aprovisionó lo suficiente como para poder resistir encerrado en su casa los meses que fueran necesarios. Tan pronto tuvo noticias de que la peste asolaba la cercana Écija, hizo llamar a Miguel, que vivía en el cortijillo con los caballos y que en un primer momento rehusó la invitación alegando el mucho trabajo que tenía, pero que finalmente tuvo que ceder cuando Hernando fue a buscarlo y le obligó a volver con él a la casa de Córdoba, a pesar de sus protestas.

– Hay mucho que hacer aquí, señor -insistió el tullido, señalando yeguas y potros.

Hernando negó con la cabeza. Miguel había realizado una buena labor: hacía años que Volador había muerto y el tullido se había movido con la picardía que le caracterizaba para encontrar buenos sementales con los que mezclar la sangre. Por orden real, la cría de caballos estaba fiscalizada por los corregidores de los lugares en los que se emplazaban las yeguadas. Ningún caballo andaluz podía superar el río Tajo y ser vendido en tierras de Castilla y las cubriciones de las yeguas debían ser efectuadas por buenos sementales debidamente registrados ante los corregidores. Miguel consiguió que los productos de las cuadras de Hernando fueran altamente cotizados en el mercado.

Hernando sabía lo que temía su amigo, y decidió mostrarse más retraído con Rafaela mientras Miguel viviera con ellos. Durante ese tiempo, la convivencia entre los esposos se había desarrollado de forma plácida; habían ido conociéndose poco a poco. Hernando había encontrado en ella a una compañera dulce y discreta; Rafaela, a un hombre solícito y amable, que nunca la apremiaba, mucho más cultivado que su padre y hermanos. Y el nacimiento de los niños la había sumido ya en la felicidad más completa. Rafaela, a quien la maternidad había dotado de formas más redondeadas, había resultado ser lo que Miguel le había predicho: una buena esposa y una madre excelente.

Así pues, permanecieron todos encerrados en la casa cordobesa, con un fuego de hierbas aromáticas permanentemente encendido en el patio. Sólo salían para acudir a misa los domingos. Era entonces cuando Hernando, imprecando por lo bajo ante el hecho de que la Iglesia insistiese en reunir a las gentes en misas o en rogativas, comprobaba sobrecogido los efectos de la enfermedad en la ciudad: tiendas cerradas, ninguna actividad económica; hogueras de hierbas junto a los retablos y los altares callejeros, frente a las iglesias y conventos; casas marcadas y cerradas; calles enteras, aquellas en las que se habían producido numerosos contagios, tapiadas en sus accesos; familias expulsadas de la ciudad al tiempo que su pariente, enfermo, era llevado al hospital de San Lázaro y las ropas de todos ellos quemadas, y mujeres todavía sanas, otrora honestas y a las que su honor les impedía mendigar por las calles, ofreciendo públicamente su cuerpo para ganar algunos dineros con los que alimentar a sus maridos e hijos.

– ¡Es absurdo! -susurró Hernando a Miguel un domingo en que se cruzaron con una de ellas-. Pueden convertirse en prostitutas, pero no en mendigas. ¿Cómo pueden sus hombres aceptar esos dineros?

– Su honor -le contestó el tullido-. En estos tiempos no funcionan las cofradías que atienden a los pobres vergonzantes.

– En la verdadera religión -apuntó Hernando bajando todavía más el tono de su voz-, recibir limosna no significa ninguna humillación. La comunidad musulmana es solidaria. Haced la plegaria y dad la limosna, dice el Corán.

Pero no sólo la Iglesia desafiaba a la enfermedad con las reuniones de sus fieles. El propio cabildo municipal, ante la tristeza del pueblo y desoyendo cualquier consejo, organizó unos juegos de toros en la plaza de la Corredera en el momento más crudo de la epidemia. Ni Hernando ni Miguel pudieron ver cómo dos hijos de Volador, que en su día habían vendido, sorteaban y requebraban a los astados, levantando aclamaciones por parte de un público que, si bien momentáneamente olvidaba sus penas, parecía incapaz de comprender que la aglomeración y el contacto de unos con otros sólo servía para agravarlas.

Por su parte, durante aquellos meses de reclusión, Miguel se volcó en los dos niños. Evitaba hasta la posibilidad de mirar a Rafaela, que por su parte actuaba con prudencia y recato. Allí, en aquellas largas noches de tedio, el tullido se refugiaba en sus historias haciendo sonreír al pequeño Juan con sus aspavientos.

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