El club de los muertos
- Автор: Харрис Шарлин
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El club de los muertos». Краткое содержание книги:
Con esta nueva entrega de su saga más exitosa, Harris demuestra que una mezcla casi imposible de vampiros, misterio, romance, intriga y humor puede convertirse en una obra deliciosamente imprescindible.
– ¿Quiénes son tus vecinos?
– El 501 pertenece a dos senadores del Estado, pero estoy seguro de que se han ido a casa por vacaciones -dijo-. La señora de Charles Osburgh Tercero vive en el 502, con su enfermera. La señora Osburgh era una anciana independiente hasta el año pasado. No creo que ya pueda hablar. La 503 está vacía ahora mismo, a menos que el de la inmobiliaria lo haya vendido en las últimas dos semanas -abrió la puerta del 504 y me hizo un gesto para que pasara antes que él. Accedí a la silenciosa tibieza del pasillo, que se abría a mi izquierda a una cocina encerrada en encimeras; nada de paredes, para que nada molestara al ojo en la contemplación del salón comedor. Había una puerta justo a mi derecha que probablemente daba a un armario perchero, y otra un poco más al fondo, que daba a un pequeño dormitorio con una cama doble pulcramente hecha. Una puerta más allá revelaba un cuarto de baño de baldosas blancas y azules y toallas colgadas de los toalleros.
Al otro lado del salón, a mi izquierda, otra puerta conducía a un dormitorio más grande. Eché una breve ojeada al interior sin querer parecer demasiado interesada en el espacio personal de Alcide. Tenía una cama enorme. Me pregunté si Alcide y su padre recibían muchas visitas cuando estaban en Jackson.
– El dormitorio principal tiene su propio cuarto de baño -explicó Alcide-. Me encantaría cedértelo, pero el teléfono está ahí y estoy esperando algunas llamadas de negocios.
– El dormitorio pequeño estará bien -dije. Miré un poco más por ahí cuando mis cosas estuvieron por fin en la habitación.
El apartamento era una sinfonía de beis. Moqueta beis, mobiliario beis. Una especie de papel de pared de estética oriental con bambúes y fondo beis. Era muy tranquilo y estaba muy limpio.
Mientras colgaba mis vestidos en el armario, me pregunté cuántas noches tendría que acudir a ese club. Si eran más de dos, tendría que ir de compras. Pero aquello sería imposible, o al menos imprudente, dado mi presupuesto. Una preocupación que me era familiar se posó sobre mis hombros.
Mi abuela no pudo dejarme mucho, que Dios la bendiga, sobre todo después de los gastos de su funeral. La casa había sido un regalo tan maravilloso como inesperado.
El dinero que había invertido en criarnos a Jason y a mí, dinero que había surgido de un pozo de petróleo que se había agotado, hacía mucho que había desaparecido. El dinero que me habían pagado los vampiros de Dallas por el trabajo que hice allí se había ido prácticamente en mis dos vestidos, el pago de los impuestos sobre la propiedad y la tala de un árbol, porque una tormenta de hielo del último invierno había debilitado las raíces y se había inclinado demasiado cerca de la casa. Una gran rama ya se había caído y había dañado un poco el tejado de cinc. Afortunadamente, Jason y Hoyt Fortenberry sabían lo suficiente sobre techos como para reparármelo.
Me acordé de la furgoneta de los reparadores de tejados a la entrada de Belle Rive.
Me senté en la cama abruptamente. ¿Por qué me había asaltado ese recuerdo? ¿Acaso era tan mezquina como para enfadarme porque mi novio hubiera pensado en una docena de formas diferentes de asegurarse de que sus descendientes (los poco amistosos y, en ocasiones, esnobs Bellefleur) prosperaran mientras yo, el amor de su segunda vida, me preocupaba por el estado de mis finanzas hasta el borde de las lágrimas?
Seguro, era una mezquina.
Debería avergonzarme de mí misma.
Pero lo haría más tarde. No tenía la cabeza para cargar con los agravios.
Mientras pensaba en el dinero (o más bien en su ausencia), me pregunté si cuando Eric me mandó aquí se le habría ocurrido que no podría ir a trabajar y que no recibiría ninguna paga. Así las cosas, no podría pagar la luz, la televisión por cable, el teléfono o el seguro del coche… Eso sí, tenía la obligación moral de encontrar a Bill, independientemente de lo que le hubiera pasado a nuestra relación, ¿no?
Me recosté de espaldas sobre la cama y me dije que todo saldría bien. En el fondo sabía que todo lo que tenía que hacer era sentarme con Bill (suponiendo que lo recuperara alguna vez) y explicarle la situación. Así, él… El haría algo.
Pero no podía pedirle dinero, sin más. Por supuesto, si estuviésemos casados, lo haría; los buenos matrimonios comparten sus posesiones. Pero no podíamos casarnos. Era ilegal.
Y él tampoco me lo había pedido.
– ¿Sookie? -me llamó una voz desde la puerta.
Parpadeé y volví a la posición sentada. Alcide estaba apoyado contra el batiente de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho.
– ¿Estás bien?
Asentí sin estar muy segura.
– ¿Lo echas de menos?
Me sentía demasiado avergonzada como para hablar de mis problemas económicos, y no eran más importantes que Bill, por supuesto. Para simplificar las cosas, asentí.
Se sentó a mi lado y me rodeó con un brazo. Era tan cálido. Olía a detergente Tide, a jabón Irish Springy, a hombre. Cerré los ojos y volví a contar hasta diez.
– Lo echas de menos -confirmó. Su brazo me apretó un poco contra sí y, con la otra mano, me cogió la mano izquierda.
«Ni te imaginas cómo lo echo de menos», pensé.
Por lo que parece, una vez te acostumbras al sexo de forma habitual y espectacular, el cuerpo cobra una conciencia propia (por así decirlo) al verse privado de su caramelo; eso sin incluir la parte de los abrazos y los mimos. Mi cuerpo me estaba pidiendo a gritos tumbar a Alcide Herveaux sobre la cama para saciarse con él. Ahora mismo.
– Lo echo de menos, al margen de los problemas que podamos tener -dije, y la voz me salió escasa y temblorosa. No abrí los ojos, porque si lo hacía, quizá viera en su cara un diminuto impulso, una leve inclinación, y eso sería más que suficiente-. ¿A qué hora crees que deberíamos ir al club? -pregunté, llevando la conversación en otra dirección.
Era tan cálido.
¡Cambio de dirección!
– ¿Te apetecería que hiciésemos algo de cena antes de ir? -era lo mínimo que podía ofrecer. Salté de la cama como un muelle, me volví hacia él con la sonrisa más natural posible. O me alejaba de su proximidad o saltaría encima de él.
– Oh, vayamos al Mayflower Cafe. Tiene aspecto de restaurante antiguo, bueno, en realidad lo es, pero te gustará. Todo el mundo va allí, tanto senadores como carpinteros, todo tipo de gente. De alcohol sólo ponen cerveza, ¿algún problema?
Me encogí de hombros y asentí. Por mí, ningún problema.
– No bebo mucho -le dije.
– Yo tampoco -confesó-. Quizá se deba a que, de vez en cuando, mi padre se pasa con la bebida y luego toma malas decisiones-Alcide pareció arrepentirse de habérmelo contado-. Después del Mayflower iremos al club -añadió, con un tono más vigoroso-. En estas fechas anochece muy pronto, pero los vampiros no salen hasta que han tomado algo de sangre, recogido a sus parejas y hecho algunos negocios. Deberíamos estar allí a eso de las diez. Así que saldremos a cenar a las ocho, ¿te parece?
– Claro, será genial -estaba perdida. Apenas eran las dos de la tarde. Su apartamento no necesitaba limpieza. No había razón para cocinar. Si quería leer, tenía novelas románticas en la maleta. Pero, dada mi condición, no creo que fueran de mucha ayuda para mi estado… mental.
– Oye, ¿te molestaría que saliese a ver a unos clientes? -preguntó.
– Adelante, no hay problema -pensé que sería ideal que no se encontrara en la cercanía más inmediata-. Haz lo que tengas que hacer. Tengo libros para leer y hay un televisor -quizá pudiera empezar la novela de misterio.
– Si quieres…, no sé… Mi hermana, Janice, es propietaria de un salón de belleza a unas cuatro manzanas de aquí, en el centro histórico. Se casó con un tipo de la ciudad. Si quieres, puedes ir allí y arreglarte lo que necesites.