La magia del deseo
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
– ¿Por qué? ¿Porque Melinda ha muerto?
– Sí.
Savannah cerró los ojos para contener las lágrimas y alzó la barbilla.
– No me gusta ser segundo plato de nadie, Travis. Nunca me ha gustado.
– ¿Ni siquiera quieres saber por qué me casé con ella?
– ¡No! Eso no importa. Ya no… -se le quebró la voz con aquella mentira.
Él la atrajo hacia sí. Savannah podía sentir la furia reverberando en su cuerpo, oler su aliento a whisky, ver la rabia que fulguraba en sus ojos.
– Claro que importa. ¿Es que no te das cuenta? He venido aquí a acabar con todas las mentiras del pasado…, todas y cada una. Incluyendo la mentira de haberme casado con la mujer que no debía. Yo te amaba a ti, Savannah, y por ello me condené. Porque tú eras la hija del hombre que me crió y me educó… y hasta aquel momento yo siempre había pensado en ti como en una hermana pequeña.
En el denso silencio que siguió a sus palabras, Savannah lo miró fijamente a los ojos y vio la abrasadora pasión que ardía en ellos. El corazón se le aceleró al pensar que, nueve años atrás, Travis la había amado realmente. Y que en aquel momento, nueve años después, seguía deseándola.
– Y tú también me amabas -añadió él finalmente.
Savannah sentía que las lágrimas le quemaban los ojos, pero se negaba a derramarlas.
– El hombre al que amaba jamás me habría abandonado -pronunció con voz temblorosa-. Jamás se habría marchado sin despedirse siquiera.
– Reconozco que cometí muchos errores. Dios sabe que no soy ningún santo y que debí haber intentado verte antes de aceptar casarme con Melinda. Pero todo el mundo, incluido tu padre, juzgó que lo mejor era que me marchara sin más.
Savannah se estremeció visiblemente.
– ¿Cómo se enteró papá de lo nuestro?
– Melinda fue a Reginald con la historia de que se había quedado embarazada. O eso, o urdieron la mentira juntos.
– No entiendo… -sintió que le flaqueaban las rodillas, pero Travis la sujetó a tiempo.
– Le dijo a Reginald que la única razón por la que nosotros habíamos discutido antes, aquella misma noche, fue porque estaba asustada. Porque tenía miedo de que yo la abandonara a ella y al niño. Y que después se lo pensó mejor y fue a buscarme al estanque.
– ¿Cómo sabía que estabas en el estanque?
– Pura casualidad. Mi coche estaba en el garaje, y no me encontró ni en el apartamento ni en la oficina. Melinda sabía que siempre que quería estar solo iba al estanque, así que…
– Nos descubrió -susurró ella con un brillo en sus ojos azules, mezcla de humillación y de furia.
– Sí.
– De modo que te casaste con ella porque estaba embarazada…
– No. Porque ella «me dijo» que estaba embarazada.
– ¿Y el niño?
– Probablemente nunca existió.
– ¿Qué?
Una amarga sonrisa asomó a los labios de Travis.
– Melinda me aseguró que se había quedado embarazada. Yo no lo puse en duda, lo cual probablemente fue un error -bajó la mirada hasta los senos de Savannah, que destacaban bajo el suéter, antes de mirarla de nuevo a los ojos-. Evidentemente no el primero.
Una vez más ella intentó apartarse, pero él se lo impidió.
– Tres semanas después de la boda, Melinda me dijo que había tenido un aborto. No dudé de ella hasta mucho después, cuando le sugerí que tuviéramos un hijo para salvar nuestro matrimonio -leyó la protesta en los ojos de Savannah-. Sí, ya sé que es una pobre excusa para tener un hijo, pero yo estaba desesperado. Quería arreglar las cosas entre nosotros como fuera, porque durante todo el tiempo que estuvimos casados, ella siempre supo que yo no te había olvidado. ¿Tienes idea de lo mucho que debió sufrir?
– O de lo mucho que ella te hizo sufrir a ti.
– Era mi esposa, tanto si la amaba como si no. En cualquier caso, para entonces Melinda ya no tenía intenciones de tener un bebé y dudo que las hubiera tenido alguna vez. Creo que Melinda me mintió, Savannah, para forzar nuestro matrimonio -su mirada se oscureció-. Y en eso contó con la complicidad de tu padre.
– Pero eso no tiene sentido… -a Savannah le costaba trabajo digerir aquellas palabras.
– Claro que lo tiene. Sobre todo si él creía que Melinda estaba embarazada.
– ¿Por qué no fuiste a buscarme para explicármelo todo?
– ¿Cómo te habrías sentido si lo hubiese hecho?
Ella se ruborizó visiblemente.
– Bueno, quizá un poco menos… utilizada.
Travis cerró los ojos y apoyó la frente en la suya.
– Yo nunca pretendí utilizarte. Ni que te sintieras utilizada.
– Pero ¿de qué otra manera podía sentirme? -su orgullo herido pareció resucitar-. ¿Crees que pasar una sola noche contigo era lo único que quería?
– ¡Claro que no! Pero yo pensé que, cuanta menos gente supiera lo nuestro, mejor.
La cólera acumulada durante nueve largos años la desbordó de golpe. Quiso golpearlo, devolverle todo el dolor que él le había infligido. Pero no podía, porque Travis seguía sujetándola de los brazos.
– ¿Y qué hubiera pasado si hubiera sido yo la embarazada?
– Pensé en ello. Mucho.
– ¿Y?
– Me habría divorciado de Melinda.
– ¿Y habrías esperado también que me echara a tus brazos? -ella sacudió la cabeza, tensa-. Yo nunca me habría casado contigo, Travis -afirmó con los dientes apretados-. Porque eso habría sido una trampa, para ti, para mí y para nuestro hijo, ¡y al final él habría terminado pagando las consecuencias, como Josh las está pagando por culpa de Charmaine y de Wade!
– No puedes creer una cosa semejante…
– Claro que sí -insistió ella-. Yo nunca…
Pero Travis acalló sus protestas con un beso apasionado. Savannah quiso empujarlo y salir de la habitación con la cabeza bien alta, pero no pudo resistirse.
– No -susurró de nuevo, pero él la estrechó entre sus brazos, apretándola contra su cuerpo. Y cuando ella sintió que su lengua le presionaba los dientes, entreabrió los labios.
Un dulce calor comenzó a expandirse por su cuerpo y le aceleró el pulso. Travis gimió y profundizó el beso. Savannah tembló cuando notó que los labios abandonaban su boca para recorrer la aterciopelada piel de su cuello.
– Travis… -susurró, jadeante, mientras sentía unas manos buceando bajo su suéter, explorando su piel desnuda… hasta que encontraron un seno.
Él volvió a besarla en los labios mientras le acariciaba el endurecido pezón. Vagos pensamientos de que debía detenerse asaltaron la mente de Savannah, pero no podía concentrarse en nada más que en el poder de su contacto, de sus caricias. Travis se apoyó entonces en la chimenea, abrió las piernas y la obligó a sentir la dura prueba de su excitación.
– Vuelve a decirme que no me deseas -susurró contra su pelo.
Savannah se sentía embriagada de pasión. Cuando Travis la agarró de las nalgas para estrecharla una vez más contra sí, pudo sentir el alocado latido de su pulso.
– Yo no… no puedo…
– Dime que nunca me has amado.
– Travis… por favor… -jadeó en un intento desesperado por asimilar lo que estaba sucediendo. No podía caer nuevamente bajo su hechizo, no podía volver a amarlo… y, aun así, su cuerpo se negaba a moverse.
Travis se apartó para mirarla a los ojos. No había resto alguno de pasión en su mirada, pese a que sus cuerpos seguían en íntimo contacto.
– Nunca te avergüences de lo que sucedió entre nosotros. Tanto si lo crees como si no, lo cierto es que yo te amaba con locura.
– Pero aun así no fue suficiente…
– Nos vimos atrapados en una maraña de mentiras, Savannah. Mentiras tejidas por gente en la que confiábamos. De lo contrario, las cosas habrían sido muy diferentes, eso te lo puedo asegurar -declaró, sincero.