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El Primer Hombre De Roma

Электронная книга - «El Primer Hombre De Roma». Краткое содержание книги:

Collen McCullough nos traslada a los primeros siglos de la civilización occidental y traza un espléndido cuadro de la Roma republicana. La historia se inicia con dos grandes ambiciosos cuyo único y decidido objetivo es llegar a ser el primer hombre de Roma: Mario y Sila. Uno es un plebeyo de mediana edad, enardecido por la comfianza en sus dotes y el enriquecimiento que ha logrado. El otro, un joven y apuesto aristócrata corrompido por la pobreza. Aquél, un militar disciplinado y soberbio, y éste, un desvergonzado epicúreo. Mario se casa por interés para favorecer su carrera política. Sila, por amor. Ambos luchan por el poder y la gloria.
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Lo que Boiorix no entendía era la estructura física de Italia; pues de haberla entendido, habría optado por declarar la Galia itálica la nueva patria del pueblo cimbro y a Roma le habría parecido aceptable, ya que la Galia más allá del Padus no era considerada de vital importancia y su población era básicamente celta. Y es que la estructura fisica de Italia impedía en gran medida que las riquezas del valle del Padus las aprovechase la propia península, porque en ella todos los ríos discurrían de este a oeste y viceversa, y la imponente cordillera de los Apeninos la dividía en dos desde la costa ligur de la Galia allende el Padus hasta la costa adriática. Y así, la Galia allende el Padus quedaba aislada, constituyendo un país aparte dividido por el gran río en sus dos regiones norte y sur.

Pero, dada su ignorancia, Boiorix volvió a su propósito al llegar el verano y observarse los primeros signos de tierras esquilmadas. Sí que habían crecido los cultivos, pero eran ralos, sin vainas ni yemas; los cerdos, dotados del instinto de conservación, habían desaparecido y el medio millón de cabezas de ganado que los propios cimbros habían traído se había consumido con el resto de las plantas.

Había llegado el momento de ponerse en marcha. Cuando Boiorix fue a ver a los jefes para estimularlos, éstos se dedicaron a recorrer las tribus para mover a la gente; y así, a primeros de junio recogieron el ganado, trabaron los caballos y cargaron los carros. Los cimbros, formando otra vez una ingente masa, se dirigieron hacia el oeste, río arriba por la orilla norte del Padus, camino de las regiones más romanizadas próximas a la ciudad de Placentia.

En Placentia estaba el ejército romano de cincuenta y cuatro mil hombres. Mario había cedido dos de sus legiones a Manio Aquilio, que había marchado a primeros de año a Sicilia para enfrentarse al rey de los esclavos Atenión. Los teutones habían sido derrotados tan aplastantemente, que no era necesario dejar mas tropas de guarnición en la Galia Transalpina.

La situación presentaba un paralelismo con las discrepancias de mando en Arausio: el comandante en jefe volvía a ser un hombre nuevo y el segundo, un rancio aristócrata. Pero la diferencia entre Cayo Mario y Cneo Malio Máximo era enorme; el hombre nuevo Mario no era persona que aceptase necedades del aristócrata Catulo César. A Catulo César se le había especificado taxativamente lo que debía hacer, dónde tenía que ir y los motivos correspondientes. No le quedaba más remedio que obedecer, y sabía perfectamente qué le sucedería si no obedecía, porque Cayo Mario se había tomado la molestia de decírselo con toda franqueza.

– Digamos que os he trazado una línea límite, Quinto Lutacio. Cruzadla un solo paso y os envío automáticamente a Roma. ¡A mí no se me hace ninguna jugarreta al estilo de Cepio! -dijo Mario-. De hecho, prefiero poneros a Lucio Cornelio entre los pies para que os pare si os desviáis de esa línea. ¿Entendido?

– No soy un subalterno, Cayo Mario, y me ofende verme tratado así -replicó Catulo César, con las mejillas coloradas.

– Escuchad, Quinto Lutacio, no me importa cómo os sintáis -contestó Mario con exagerada paciencia-. Lo único que me importa es lo que hagáis. Y lo que hagáis será lo que yo os diga. Nada más.

– No preveo ninguna dificultad en cumplir vuestras órdenes, Cayo Mario. Son concretas y minuciosas -replicó Catulo César, dominando su malhumor-. Pero os repito que no hay necesidad de que me habléis como si fuese un oficial bisoño. ¡Soy vuestro lugarteniente!

– Tampoco a mí me gustáis, Quinto Lutacio -espetó Mario, sonriendo aviesamente-. Sois uno más de los mediocres de la clase alta que se creen dotados de derecho divino para dirigir Roma. La opinión que me merecéis como persona es que sois incapaz de sacar adelante una taberna situada entre un burdel y una asociación de varones. Así que nuestro sistema de colaboración será el siguiente: yo doy las instrucciones y vos las seguís al pie de la letra.

– Protesto… -replicó Catulo César.

– Protestad pero cumplidlas -dijo Mario.

– ¿No podías haber tenido algo más de tacto? -inquirió Sila, aquel mismo día, después de haber aguantado el ir y venir de Catulo César por la tienda durante una hora, refunfuñando contra Mario.

– ¿Para qué? -inquirió éste, francamente sorprendido.

– ¡Porque en Roma eso cuenta; simplemente! ¡Y también cuenta en la Galia itálica! -espetó Sila-. ¡Ah, eres imposible! -añadió una vez calmado, meneando la cabeza-. Y te juro que cada vez peor.

– Soy viejo, Lucio Cornelio. Tengo cincuenta y seis años. La misma edad que el príncipe del Senado, al que todos llaman viejo.

– Porque el príncipe del Senado es un adorno calvo y arrugado del Foro -replicó Sila-. Tú aún eres el comandante vigoroso en activo, y nadie piensa que seas viejo.

– Pues soy demasiado mayor para aguantar alegremente a imbéciles como Quinto Lutacio -replicó Mario-. No tengo tiempo para pasarme horas acariciando las plumas erizadas de pollos de estercolero para su buen prestigio.

– ¡Yo te he avisado! -añadió Sila.

En la segunda mitad de Quinctilis, los cimbros estaban concentrados al pie de los Alpes occidentales, en una llanura llamada los Campi Raudii, próxima a la ciudad de Vercellae.

– ¿Y por qué están allí? -preguntó Mario a Quinto Sertorio que se había estado infiltrando esporádicamente entre ellos en su marcha hacia el oeste.

– Ojalá lo supiera, Cayo Mario, pero no he conseguido acercarme a Boiorix en persona -contestó Sertorio-. Parece ser que los cimbros creen que vuelven a Germania, pero un par de jefes que conozco dicen que Boiorix sigue decidido a continuar hacia el sur.

– Está demasiado situado al oeste -dijo Sila.

– Los jefes creen que trata de apaciguar a la gente haciéndoles creer que van a cruzar los Alpes para volver a la Galia Cabelluda muy pronto y que el año que viene estarán de nuevo en las tierras del Quersoneso Címbrico. Pero va a tenerlos en la Galia itálica hasta que estén cerrados los pasos alpinos y luego confrontarles con la triste alternativa de quedarse en la Galia itálica y morir de hambre este invierno o invadir Italia.

– Es una maniobra muy compleja para que la haya concebido un bárbaro -comentó Mario, escéptico.

– La maniobra en forma de tridente para penetrar en la Galia itálica tampoco era una estrategia supuestamente bárbara -dijo Sila.

– Son como buitres -dijo de pronto Sertorio.

– ¿A qué te refieres? -inquirió Mario con el entrecejo fruncido.

– Dejan en los huesos todo lo que encuentran, Cayo Mario. Por eso siguen adelante, creo yo. Quizá sea más exacto compararlos con una plaga de langosta. Devoran todo lo que pillan conforme avanzan. A los eduos y ambarres les costará veinte años rehacerse de la devastación que les han dejado sus huéspedes germanos estos cuatro años. Y, cuando los dejé, los aduatucos estaban en las últimas.

– ¿Cómo han podido estar tanto tiempo en sus tierras de origen sin moverse hasta ahora? -inquirió Mario.

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