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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Como las ciudades mayores del serpenteante río estaban situadas en la orilla sur, Eumaco avanzó por la norte, siguiendo una ruta pavimentada que comenzaba en la ciudad de Tripolis. Prometiendo a los soldados el pillaje cuando hubiesen conquistado la provincia de Asia, Eumaco dejó atrás Nisa, primera gran ciudad a su paso, y siguió aguas abajo hacia Tralles. Era imposible mantener a los hombres juntos durante el avance, pues continuamente había que buscar alimentos y a veces un rebaño de suculentos carneros o una bandada de gruesas ocas requería para su captura unos centenares de soldados dispersos por el paisaje. Ya por entonces había comenzado a manifestarse descontento en las filas.

De hecho, aquella marcha tranquila por tierras ricas había sido como un paseo. Los exploradores que Eumaco envió en avanzadilla, informaban dos veces al día y siempre lo mismo: ni señales del enemigo. Eso, pensó Eumaco con menosprecio, era porque no había focos de resistencia al sur de Pérgamo. Todas las legiones romanas (incluso las de Cilicia) estaban acantonadas en las inmediaciones de Pérgamo para proteger a la preciosa persona del gobernador; era un dato que conocían hacía tiempo los generales pónticos y que se confirmó enviando exploradores al Caico.

Tan tranquilo y seguro estaba Eumaco, que no se inquietó cuando una tarde los exploradores no regresaron a informar, una hora antes de la puesta de sol, como de costumbre. La ciudad de Tralles ya estaba más cerca y Nisa había quedado atrás a mayor distancia; el sol doraba las suaves ondulaciones del valle que obligaban al río a discurrir con tal profusión de curvas. Eumaco dio orden de detenerse para pasar la noche. No se levantaron fortificaciones ni se organizó campamento alguno; todo se improvisó y los hombres fueron colocándose a su buen criterio, charlando, discutiendo y yendo de un sitio para otro.

Aún había luz suficiente cuando de la penumbra surgieron cuatro legiones de la milicia asiática en perfecta formación romana que cayeron sobre el desprevenido ejército póntico haciéndolo picadillo. Aunque superaban en fuerza a los asiáticos en una proporción mayor de dos a uno, las tropas pónticas no pudieron oponer resistencia alguna.

Al tener a mano el caballo y hallarse por pura casualidad al extremo contrario del que atacó César, Eumaco y sus legados pudieron huir y cabalgaron sin preocuparse de la suerte del ejército hacia el río Tembris en busca de Marco Mario.

Pero aquel año no acompañaba la suerte al rey Mitrídates. Eumaco llegó al Tembris a tiempo de ver cómo Deiotaro y los tolistobogos gálatas atacaban a las fuerzas de Marco Mario. Fue fundamentalmente una batalla de caballería, aunque no muy encarnizada; los jinetes sármatas y escitas que constituían el grueso de las fuerzas pónticas estaban acostumbrados a luchar en la estepa y no sabían maniobrar en las laderas del valle alto del Tembris, por lo que sucumbieron a miles.

En diciembre, los restos del ejército de invasión de Frigia regresaban con dificultad a Zela al mando de Eumaco; Marco Mario había preferido ir en busca del rey Mitrídates para decirle lo que había sucedido en vez de informarle por escrito.

La milicia de Asia estaba eufórica y con la población del valle del Meandro se entregó durante varios días a festejar la victoria.

En su arenga a las huestes antes de la batalla, César había insistido en el hecho de que la provincia de Asia se defendía por sí misma, que Roma estaba lejos y no podía ayudarles, y que por una vez el destino de la provincia dependía exclusivamente de su población autóctona de origen griego. Hablándoles en el dialecto griego de la región, apeló a sus sentimientos de patriotismo y solidaridad con tal entusiasmo, que los veinte mil hombres de Lidia y Caria a quien dirigió para caer sobre Eumaco acampado, estaban tan sobreexcitados que la batalla casi les decepcionó. Durante cuatro nundinae los había entrenado y disciplinado, durante cuatro nundinae les había imbuido la moral de su propia valía, y no podía haberse esperado mejor resultado.

– Este año no vendrán más ejércitos pónticos -dijo a Memnon en la fiesta que dieron en Tralles para celebrar la victoria dos días después de la derrota de Eumaco-, pero el año que viene vendrán en mayor número. Os he enseñado lo que debéis hacer y ahora sois vosotros quienes tendréis que defenderos. Te prevengo de que Roma se verá tan enredada en otros frentes que no tendrá legiones ni generales disponibles para la provincia de Asia. Ahora ya sabéis cómo combatir.

– Sí, César, y a ti te lo debemos -dijo Memnon.

– ¡Bah!, lo único que necesitabais era alguien que os pusiera en marcha, y la buena suerte quiso que yo estuviera cerca.

Memnon se inclinó hacia él.

– Tenemos la intención de levantar un templo a la Victoria lo más próximo al campo de batalla que permitan las crecidas del río, y se ha hablado de una colina en las inmediaciones de Tralles. ¿Nos autorizas a erigir una estatua tuya en el templo para que la gente no olvide quien mandó las tropas?

Ni aunque Lúculo hubiese estado presente para vetar el ofrecimiento habría César renunciado a tan singular honor. Tralles estaba muy lejos de Roma y de las grandes ciudades de la provincia de Asia, y sería raro que algún romano fuese a visitar un templo de la Victoria sin tradición de antigüedad ni (lo más probable) artística. Pero para él aquel honor significaba mucho. A los veintiséis años de edad tendría una estatua de tamaño natural con atavío de general dentro de un templo dedicado a la Victoria. A sus veintiséis años había llevado un ejército a la victoria.

– Con mucho gusto -contestó muy serio.

– Pues mañana te enviaré a Glauco a que te tome medidas. Es un buen escultor que trabaja en el taller de Afrodisios, pero como pertenece a la milicia está aquí. Le diré que traiga al pintor para que haga bocetos en color, y así no tendrás que posar si tienes cosas que hacer en otro sitio.

Si que tenía cosas que hacer en otro sitio. La más importante era un viaje para ver a Lúculo en Pérgamo antes de que le llegara por otros medios la noticia de la victoria de Tralles. Como Burgundus había regresado de Galacia siete días antes de la batalla, envió al gigante germano a Rodas escoltando a los dos escribas y a su precioso Pezuñas. Él iría solo a Pérgamo.

Cabalgó los ciento sesenta kilómetros sin detenerse más que a cambiar caballos, lo que hizo con bastante frecuencia para cubrir dieciséis kilómetros por hora de día y trece de noche. Era una buena carretera romana y, aunque había poca luna, el cielo estaba despejado. La suerte seguía acompañándole. Salió de Tralles al amanecer, dos días después de la victoria, y llegó a Pérgamo al día siguiente antes de ponerse el sol. Era mediados de octubre.

Lúculo le recibió en seguida. A César le pareció significativo que lo hiciese a solas, sin estar acompañado por su tío Marco Cotta, que se hallaba también en el palacio. Además, tampoco había el menor rastro de Junco.

– ¿Qué ha motivado el alejamiento de tus estudios, César? ¿Te has tropezado con otros piratas? -inquirió Lúculo con voz fría.

– Con piratas no -replicó César muy serio-, pero si con un ejército de Mitrídates de cincuenta mil hombres que descendía por el Meandro. Me enteré de la invasión antes de que llegases a Oriente, pero estimé inútil comunicárselo al gobernador, que supuse tendría mejor información que yo, aunque nada había hecho por defender el valle del Meandro. Así que hice que Memnon de Priena pusiese en pie de guerra a la milicia de Asia, cosa que, como sabes, está autorizado a hacer si se lo dice Roma. Y él no podía imaginar que yo no representara a Roma. A mediados de septiembre los dirigentes de Lidia y Caria habían reunido una fuerza de veinte mil hombres a los que entrené y ejercité para prepararlos para el combate. El ejército póntico entró en la provincia en la segunda mitad de septiembre, y la milicia de Asia mandada por mí derrotó al príncipe Eumaco cerca de la ciudad de Tralles hace cuatro días. Casi todas las tropas pónticas perecieron o fueron capturadas, aunque el príncipe Eumaco logró escapar. Tengo entendido que a otro ejército póntico al mando del hispano Marco Mario se enfrentará el tetrarca Deiotaro de los tolistobogos. Ya recibirás noticia dentro de unos días de si logra la victoria. Y eso es todo.

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