La Mano De Fátima
- Автор: Фальконес Ильденфонсо
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:
– ¡Pero me estás pidiendo que me case!
– ¿Y? Aquellos que llamas tus hermanos en la fe no quieren saber nada de ti. ¿Pretendes salir en busca de otra cristiana para casarte? ¿Qué hay de malo en hacerlo con Rafaela? Tendrás una buena mujer que te servirá, te atenderá y te dará hijos. Eres rico. Posees una casa, rentas, tierras y caballos. ¿Por qué no casarte?
– ¡Soy musulmán, Miguel! -protestó Hernando.
– ¿Y qué más da? Córdoba está llena de matrimonios entre moriscos y cristianas. Educa a tus hijos en esas dos religiones que pretendes unir, ¿a qué si no tanto trabajo? ¿En beneficio de aquellos que te rechazan y te insultan? ¿Hacia dónde vas?, ¿cuál es tu futuro? Cásate con Rafaela y sé feliz.
«Sé feliz.» Aquellas dos simples palabras le persiguieron durante todo el día siguiente antes de que se decidiese a llamar a la puerta del jurado. ¿Llegó alguna vez a buscar la felicidad? Fátima y los niños se la proporcionaron. ¡Qué lejos estaban aquellos tiempos! Hacía ya catorce años que los habían asesinado a todos. ¿Y desde entonces? Estaba solo. La tristeza que le había asaltado durante su último viaje a Granada, con Estudiante mordisqueando las hierbas de la ribera del Darro y él mirando la ladera donde estaba emplazado el carmen de Isabel, tornó a su recuerdo. Miguel tenía razón. ¿Para quién tanto trabajo y esfuerzo? ¡Sé feliz! ¿Por qué no? Rafaela parecía una buena mujer. Miguel la adoraba. ¿Y si se iba Miguel? Si también le abandonaba su único amigo…
¿Qué podía perder casándose? Imaginó la casa con niños correteando, sus gritos y risas alegrando el trabajo que llevaba a cabo en la biblioteca. Se imaginó contemplando sus juegos en el patio, apoyado en la barandilla de la galería, igual que hacía con Francisco e Inés. ¡Catorce años! Se sorprendió al no sentirse culpable por plantearse aquella posibilidad: Rafaela era tan distinta a Fátima… Nadie hablaba de amor; pocos matrimonios se contraían por amor. Tampoco de pasión; sólo de la posibilidad de huir de aquella melancólica soledad que debía reconocer que tan a menudo le embargaba. Entonces imaginó esos otros hijos y una indefinible sensación de sosiego se apoderó de él.
– ¿Qué pretendes, moro asqueroso?
Don Martín Ulloa no esperó al día siguiente. Esa misma noche se presentó en casa de Hernando, que lo recibió en la galería, sentado en el patio. El jurado escupió su pregunta inclinado por encima de él, sin aceptar su invitación para que tomase asiento. Hernando se percató de la espada que colgaba de su cinto. Miguel escuchaba tras el portalón de las caballerizas.
– Sentaos -le invitó una vez más.
– ¿En la silla de un moro? No me siento con moros.
– En ese caso, apartaos unos pasos de este moro que tanto os incomoda. -El jurado accedió. Hernando continuó sentado-. Pretendo la mano de vuestra hija Rafaela.
Se trataba de un hombre corpulento, algo entrado en años pero de un porte soberbio. Las canas del poco cabello que le restaba en la cabeza y su poblada barba blanquecina contrastaron con el repentino sofoco que enrojeció su rostro. Don Martín bramó algún insulto ininteligible, luego soltó dos carcajadas profundas y volvió a los improperios.
Miguel, asustado, asomó la cabeza tras el portalón.
– ¡La mano de mi hija! ¿Cómo te atreves a mentar su nombre? Tus sucios labios manchan su honra…
– Vuestra honra -le interrumpió Hernando, amenazante- es la que no se repondrá nunca si el cabildo se entera de vuestros manejos con los niños expósitos. La vuestra, la de vuestra esposa y la de vuestros hijos. La de vuestros nietos… -Don Martín echó mano a su arma-. ¿Me tomáis por imbécil, jurado? Ahí donde estáis, esos moros a los que tanto odiáis crearon la más espléndida de las culturas en esta misma ciudad, y eso no fue por casualidad. -Habló tranquilamente ante la espada a medio desenvainar del jurado-. En este momento hay un escrito lacrado en manos de un escribano público -mintió- que relata al detalle todo cuanto hacéis con los expósitos, incluyendo los nombres de los niños y las personas que han intervenido. Si a mí me sucediese algo, ese escrito sería inmediatamente entregado a las autoridades. -Hernando vio dudar al hombre, parte del filo de la espada brillaba fuera de su vaina-. Si me matáis, vuestro futuro no vale una blanca. ¿Recordáis a una niña llamada Elvira? -continuó para demostrarle la certeza e importancia de sus amenazas. El jurado negó una sola vez con la cabeza-. Vos entregasteis esa niña recién nacida a un ama de cría de nombre Juana Chueca. A la tal Juana sí que la recordáis, ¿verdad? Elvira fue, a su vez, entregada para mendigar a la Angustias. La niña falleció hará cerca de medio año, pero nada de eso consta en los libros de la cofradía.
– Eso es problema del visitador -arguyó don Martín.
– ¿Y creéis que el visitador cargará él solo con toda la culpa? ¿Tampoco dirán nada las mujeres y las mendigas acerca de vuestra participación, del dinero que os llevan a vuestra casa por las noches? -Vio la indecisión reflejada en el rostro del jurado-. Tenéis una hija de la que pretendéis desprenderos entregándola a un convento, sin dote alguna. ¿Vale la pena arriesgar vuestro honor y el de toda vuestra familia por esa hija?
– ¿Cómo conoces a mi hija? -inquirió el jurado, mirándole con suspicacia-. ¿Cuándo la has visto?
– No la conozco, pero he oído hablar de ella. Somos vecinos, don Martín. Pensad en el trato que os ofrezco: mi silencio por esa hija que os molesta… y vuestra palabra de honor de que cesaréis en vuestros manejos con los niños. ¡Os juro que estaré pendiente de ello! Soy cristiano nuevo, cierto, pero colaboro con el arzobispado de Granada. Tomad. -Hernando le entregó la cédula expedida por el arzobispado cuando don Martín envainó su espada, pero el jurado no sabía leer, por lo que se la devolvió tras echar un vistazo al sello del cabildo catedralicio-. Tenéis excusa frente a vuestros iguales. Sabéis que fui protegido del duque de Monterreal…
– Y que te echaron de palacio -masculló don Martín, con sorna.
– El duque nunca lo habría hecho -repuso Hernando-. Me debía la vida. Pensadlo, don Martín. Pero espero vuestra respuesta mañana por la noche a más tardar. De no ser así…
– ¿Me estás amenazando? -Don Martín retrocedió un paso; en su rostro asomaba ya la duda.
– ¿Ahora os dais cuenta? Estoy haciéndolo desde que habéis entrado en esta casa -contestó Hernando, con una sonrisa cínica.
– ¿Y si mi hija no consiente? -murmuró el jurado entre dientes.
– Por vuestro bien y el de vuestros hijos, procurad que lo haga.
Hernando puso fin a la conversación y con precaución, sin darle la espalda, acompañó al jurado hasta la puerta. El hombre andaba pensativo y ya en el zaguán, donde trastabilló, Hernando tuvo la convicción de que le había vencido. A su vuelta al patio se encontró con Miguel parado junto a la puerta de las cuadras. Unas lágrimas corrían por sus mejillas. Con las piernas colgando y las manos aferradas a las muletas, era incapaz de limpiárselas, de detener su caída; tampoco intentó hacerlo. Era la primera vez, se dio cuenta entonces, en que veía llorar al tullido.
La boda se celebró a finales de abril de ese mismo año. Hernando supo por Miguel que Rafaela, en una muestra de inteligencia, se había negado a aceptar la propuesta de su padre de contraer matrimonio con un morisco. «¡Prefiero ingresar en el convento!», le gritó. Si el jurado don Martín temía por su honor y su posición social debido al manejo de los niños expósitos, la negativa de su hija lo exasperó más todavía y, a voz en grito, impuso su voluntad.
Así, el enlace se llevó a cabo, sin fiesta y con el menor alboroto posible, sin la presencia de los ofendidos hermanos de la novia y sin dote alguna. Cuando terminó la ceremonia y volvían de la iglesia, Hernando fue tomando conciencia del paso que acababa de dar. Rafaela entró en la que sería su nueva casa cabizbaja, casi sin atreverse a decir palabra. Un silencio tenso se apoderó de ambos. Hernando la observó: aquella chiquilla temblaba… ¿Qué iba a hacer con una muchacha asustada, casi veinticinco años menor que él? Con sorpresa se dio cuenta de que él también sentía cierto temor. ¿Cuánto tiempo hacía que sus encuentros amorosos se habían reducido a las jóvenes de la mancebía? Con un suspiro, la acompañó a un dormitorio separado del suyo. Rafaela entró, ruborizada, y murmuró algo en voz tan baja que él no llegó a entenderlo. Hernando se fijó en las manos de su esposa: tenía la piel arañada por la fuerza con que se las había frotado.