La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Es preferible que no se precipite, si lo que pretende es dar un golpe. Supongo que el hecho de salvar mi vida no representa para él más que un beneficio accidental. Como habrán podido comprobar, soy una persona básicamente modesta.
Desde hace un par de semanas no me encuentro bien. Dicen que tendremos un invierno templado. Confiemos en que sea cierto. Tengo una tos rebelde. Pensé en ir a ver al doctor Souberbielle, pero temo oír su veredicto. Me refiero a su veredicto médico; el doctor es uno de los jurados del Tribunal, pero contra el otro veredicto yo no podría hacer nada.
He perdido el apetito, me duele el pecho. En fin, es posible que dentro de poco todo eso carezca de importancia.
Danton dirigiéndose a la Convención para solicitar
una pensión estatal para los sacerdotes que no disponen
de medios de subsistencia
Si un sacerdote carece de medios de subsistencia, ¿qué queréis que haga? Sólo le queda el recurso de morirse, unirse a los rebeldes de la Vendée o convertirse en vuestro enemigo irreconciliable… Es preciso atemperar las reivindicaciones políticas con las de la razón y la cordura… La intolerancia y la persecución deben cesar. [Aplausos.]
Danton: Hay que echar a Chaumette. Le obligaré a tragarse su Taller de la Razón. Es preciso acabar con esas farsas antirreligiosas. Todos los días tenemos que presenciar en la Convención una aburrida procesión de clérigos sollozando. El abjurar de su fe lleva más tiempo que una misa solemne. Todo tiene un límite. Yo estoy harto.
Camille: Mientras estabas en el campo se presentaron un día unos sansculottes con una calavera, asegurando que era la calavera de Saint Denis. Dijeron que era una reliquia de una época presidida por las supersticiones, y querían desembarazarse de ella. Yo me la hubiera quedado. Quería enseñársela a Saint-Just.
Danton: ¡Imbéciles!
Louise: Jamás hubiera pensado que el ciudadano Robespierre era un hombre religioso.
Danton: No lo es, al menos no en el sentido tradicional. Pero le disgusta esta persecución religiosa y no quiere que eleven el ateísmo a una política. Hay una cosa que le gustaría mucho más que dirigir la Revolución. Le gustaría ser Papa.
Camille: ¡Pero si es la encarnación de la vulgaridad! No, él se propone llegar más alto.
Danton: ¿San Maximilien?
Camille: Nunca habla de Dios, habla sobre el Ser Supremo. Creo adivinar a quién se refiere.
Danton: ¿A Maximilien?
Camille: Exacto.
Danton: No debes burlarte de la gente. Saint-Just dice que los que se burlan de las autoridades son sospechosos.
Camille: ¿Qué suerte aguarda a quienes se burlan de Saint-Just? La guillotina es poco para ellas.
Vadier: (refiriéndose a Danton)
Nos zamparemos a los otros y reservamos a ese enorme rodaballo relleno para el final.
Danton: (refiriéndose a Vadier)
¿Vadier? Devoraré sus sesos y utilizaré su cráneo para cagar en él.
Robespierre pronuncia una alocución en el Club de los Jacobinos. Ha convertido el tono mesurado y las dramáticas pausas, que no se corresponden con el sentido de la frase, en una depuradísima técnica de hipnótico efecto.
– Danton, te acusan de… haber emigrado, de haber partido a Suiza con el botín de tu… corrupción. Algunos dicen incluso que encabezabas una conspiración para entronizar a Luis XVII, a condición de que… te nombraran regente. Yo… he observado a los colegas políticos de Danton (con los cuales no siempre he estado de acuerdo), los he observado atentamente, y en ocasiones… con recelo. Es cierto que… al principio Danton se resistía a sospechar de… Dumouriez, que no se mostró implacable con… Brissot y sus cómplices. Pero aunque no siempre… coincidiéramos…, ¿acaso debo deducir que ha traicionado a su país? Que yo sepa, siempre lo ha servido con gran celo. Si hemos venido aquí para juzgar a Danton, debéis juzgarme también a mí… Pido a todos aquellos que tengan algo que decir contra Danton… que se adelanten. Los que se pongan en pie, sin duda son más… patrióticos… que nosotros.
– ¿Puedes dedicarme unos minutos? -le preguntó Fouquier-Tinville. Su expresión indicaba que no tenía mucho tiempo que perder-. Se trata de una cuestión familiar.
– ¿Ah, sí? -contestó Lucile.
Es un tesoro, pensó Fouquier, demasiado buena para la familia.
– ¿Me permites que me siente? -preguntó, y después prosiguió -: Un incidente lamentable.
– ¿Qué ha sucedido? -preguntó ella.
Fouquier observó, divertido, que se llevaba una delicada mano al cuello.
– Descuida, no le ha sucedido nada a Camille, al menos no lo que tú temes.
¿Y cómo sabes tú lo que yo temo?, pensó Lucile, sentándose frente al fiscal.
– Tú dirás.
– ¿Recuerdas a Barnave? Era diputado de la Asamblea Nacional. Estuvo en la cárcel durante un tiempo. Hoy lo hemos guillotinado. Tenía tratos secretos con María Antonieta.
– Sí, lo recuerdo -respondió Lucile-. Pobre Tigre.
– ¿Estabas al corriente del afecto que sentía tu marido por ese traidor?
– Te ruego que abandones tus modales de fiscal. No estoy siendo juzgada.
– No pretendía asustarte -respondió Fouquier.
– No me has asustado.
– Entonces lamento haberte ofendido. Estamos seguros de que Barnave era un traidor.
– ¿Qué puedo decir? La traición es una falta de lealtad, lo cual significa que siempre va precedida de una cierta confianza y estima. Barnave nunca fingió ser republicano. Camille lo respetaba, creo que era un sentimiento recíproco.
– ¿Acaso te extraña que Barnave respetara a mi primo? ¿Crees que es un sentimiento poco frecuente?
– Francamente, sí.
– ¿Pese a su indudable talento?
– La gente no suele respetar a los escritores. Creen que son innecesarios. Como el dinero.
– Creo que no esperan que los periodistas políticos sacrifiquen mucho en aras del arte. Excepto la veracidad. De todos modos, todo esto es trivial.
– No estoy de acuerdo. Es la primera vez que tú y yo discutimos.
– Quizá no sea trivial, pero no quiero perder el tiempo con esos detalles.
La Revolución está llena de agresivas mujeres empeñadas en defender su opinión contra viento y marea, pensó Fouquier. He aquí a esta belleza de cutis blanco y perfecto, exhibiendo todos los vicios, por así decirlo, de su esposo. Se hablaba sobre esa patosa de Eléonore Duplay, e incluso de la joven esposa de Danton. Peor para ellas, pensó; lo que deberían hacer es ocuparse de sus cosas y mantenerse al margen de la política.
– Sea como sea -prosiguió-, tu marido insistió en despedirse de Barnave antes que éste fuera conducido a la guillotina. Así pues, se presentó en la Conciergerie cuantió Barnave se disponía a montarse en el fatídico carro. Yo me mantuve discretamente a un lado, por lo que no tuve ocasión de oír lo que decían, pero observé que tu marido se mostraba profundamente apenado por el hecho de que castigáramos a ese traidor.
– ¿Acaso no es normal que uno se muestre apenado cuando van a ejecutar a un amigo tuyo, ciudadano Fouquier? ¿Acaso existe alguna ley que lo prohíbe?
Fouquier contempló a Lucile con admiración.
– Vi que se abrazaban -dijo-. No pude por menos que verlo. Por supuesto, no pretendo insinuar nada. Les recordaré que deben atar las manos de los reos, cosa que en este caso no se hizo, probablemente por negligencia. No se trata de si está permitido o no. Se trata de la impresión que produce. Muchos no dudarían en interpretar, sin duda equivocadamente, esas muestras de amistad hacia un traidor.