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Электронная книга - «La Mano De Fátima». Краткое содержание книги:

El libro relata la apasionante historia de un joven morisco en la Andalucía del siglo XVI, atrapado entre dos religiones y dos amores, en busca de su libertad y la de su pueblo. Un relato emocionante que pretende reflejar la tragedia del pueblo morisco, ahora que se cumple, en 2009, el cuarto centenario de su expulsión de España. Una novela que nos relata la vida y aventuras de un joven fronterizo y enamorado que nunca se resignó a la derrota y luchó por la convivencia de las religiones cristiana y musulmana. Ildefonso Falcones arrastra al lector en un fascinante recorrido por escenarios como las agrestes montañas de las Alpujarras -y la guerra que en ellas se libró-, así como por la imponente Córdoba, la antigua ciudad califal: con su mezquita catedral, su vieja medina, sus calles y su bullicio. Una novela en la que los lectores de La catedral del mar encontrarán la misma fidelidad histórica, así como un apasionado relato de amor y odio que arrastra a su protagonista por los caminos de la aventura.
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– ¿Y Rafaela? -protestó Hernando-. Ella no puede acceder a nuestra casa. Es una joven soltera. -Miguel no le hizo caso, como si pretendiera que Rafaela esperase allí su vuelta-. Regresa a tu casa, muchacha -la instó entonces Hernando.

– Ahora no puede hacerlo -oyó que decía Miguel, saltando ya hacia la puerta-. Es peligroso.

– ¿Qué quieres decir?

– Ella nos esperará aquí, con los caballos.

La voz se perdió tras el tullido, que salió al patio sin esperar.

Hernando se volvió hacia Rafaela, que le contestó con una sonrisa y siguió a Miguel. ¿Por qué no podía volver a su casa la muchacha? ¿Qué peligro corría? Miguel, agarrado a la barandilla, ya ascendía por las escaleras al piso superior. Le dio alcance en los últimos peldaños.

– ¿Qué pasa, Miguel?

– Silencio -le rogó el tullido-. No deben oírnos. Ahora lo verás.

Recorrieron la galería superior hasta donde el edificio se cortaba sobre el callejón ciego que daba a la salida de las caballerías. Miguel se movió despacio, tratando de no hacer ruido. Al llegar al final, Hernando le imitó y se pegó a la pared, oculto, en la esquina que permitía la vista sobre el callejón.

– No creo que tarden mucho más, señor -susurró, uno al lado del otro, hombro con hombro, pegados a la pared-. Es la hora de costumbre. -Hernando no quiso preguntar-. Te felicito, señor -volvió a murmurar Miguel al cabo de un rato de espera-: te llevas a la mejor mujer de toda Córdoba. ¿Qué digo Córdoba? ¡De España entera!

Hernando negó con la cabeza.

– Miguel…

– ¡Ahí están! -le interrumpió el joven-. Silencio ahora.

Hernando asomó la cabeza para vislumbrar en la oscuridad cómo dos figuras se detenían ante la portezuela por la que solía escapar Rafaela. Entonces comprendió la razón por la que la muchacha no podía abandonar las cuadras. Al cabo, un hombre con una linterna abrió la portezuela desde el patio del jurado y la luz iluminó el rostro de dos mujeres, que se acercaron a don Martín Ulloa, a quien no le costó reconocer. Las mujeres le entregaron algo al jurado y desaparecieron al amparo de las sombras del callejón. Don Martín cerró la puerta y los destellos de su linterna fueron apagándose.

Hernando abrió las manos hacia su amigo.

– ¿Y bien? ¿Era esto lo que tenía que ver? -inquirió.

– Hará dos semanas -le explicó Miguel en el momento en que consideró que el jurado ya debía de estar en el interior de su casa-, mientras estabas de viaje en Granada, de poco nos topamos con las mujeres y el padre de Rafaela. Desde entonces, noche tras noche, he tenido que comprobar que se iban para que Rafaela pudiera volver a su casa.

– ¿Qué significa esto, Miguel? -Hernando se separó de la pared y se irguió frente al muchacho.

– Esas mujeres, como tantas otras que vienen por aquí, son mendigas. Una noche reconocí a una de ellas: la Angustias, la llaman. Volví a salir a las calles y me mezclé con…, con mi gente. No conseguí ni una moneda de vellón, ni siquiera falsa. -Sonrió en la oscuridad-. Debo de haber perdido la costumbre…

– Abrevia, Miguel -atajó Hernando-. Es tarde.

– De acuerdo. Estuve haciendo preguntas aquí y allá. Esas dos que has visto esta noche se llaman María y Lorenza. Lorenza era la más bajita…

– ¡Miguel!

– Alquilan niños para mendigar -soltó Miguel, con voz firme.

Hubo un momento de silencio, antes de que Hernando reaccionara.

– ¿Al jurado? -preguntó, por fin, sorprendido.

– Sí. Es un buen negocio. El jurado pertenece a la cofradía que se ocupa de los niños expósitos y se encarga de decidir a quién deben entregarse. Los niños se adjudican a mujeres cordobesas, a las que se les pagan unos pocos ducados al año para que les den el pecho si todavía son mamones o para que los mantengan si ya no maman. Esas amas de cría, a su vez, se los alquilan a las mujeres que has visto para que mendiguen con los niños. Mueren muchos de ellos… -La voz de Miguel se quebró en la última frase.

– ¿Qué tiene que ver el jurado en ello?

– Todo -replicó el joven, a quien el interés de Hernando dio nuevos ánimos-. Los estatutos de la cofradía disponen que un visitador compruebe periódicamente si los niños que se han entregado se encuentran con las personas a las que se les paga por ello; si viven y cuál es su estado de salud. Don Martín y el visitador están conchabados. Uno los entrega a las mujeres que le interesan y el otro hace la vista gorda. Cada semana, las mendigas vienen a pagar la parte que corresponde al jurado; lo mismo hacen con el visitador. Rafaela me ha contado que su padre necesita mucho dinero para sus lujos, para equipararse a los veinticuatros del cabildo municipal. Podría cantarte los nombres de la última docena de niños que han sido entregados, los de aquellas a quienes se les han dado y los de las mendigas que hoy los arrastran por las calles.

Hernando entrecerró los ojos.

– ¿Dices que mueren muchos? -preguntó, mientras negaba con la cabeza.

– Esto no es más que un negocio, señor. Por desgracia lo conozco bastante bien. Hay algunos niños que logran arrancar las lágrimas y la compasión de la gente; otros no. Estos últimos no sirven. Tampoco se puede pedir limosna con niños gordos y bien alimentados; es la regla fundamental de este oficio. Todos ellos están en los huesos. Sí, señor, mueren de hambre, mordidos por las ratas o de la más benigna de las calenturas, y nada de eso termina reflejándose en los libros de la cofradía.

Hernando alzó la vista hacia el cielo, negro y encapotado.

– Y tú pretendes que yo coaccione al jurado con esta historia para que me conceda la mano de Rafaela, ¿no es así? -preguntó después.

– Ciertamente.

61

Don Martín Ulloa, fabricante de agujas, jurado de Córdoba por herencia de su padre, se negó a recibirle. Una esclava morisca, gorda y vieja, pretendidamente ataviada de sirvienta con unas ropas que habían visto tiempos mejores, le transmitió el mensaje de su amo: en una primera ocasión con displicencia, en la segunda de forma impertinente y en la tercera incluso airada.

– Dile a tu señor -replicó Hernando a esa última, elevando también la voz, consciente de que alguien escuchaba más allá de la puerta- que me envía la Angustias y otras compañeras y amigas suyas. ¿Me has entendido? ¡La Angustias! -repitió, en tono alto y claro-. Le dices también que mañana le espero en mi casa por un negocio de su interés. No le concederé otra oportunidad más antes de acudir al corregidor o al obispo. Vivo en la casa de ahí al lado, por si no lo supiera -ironizó.

A solas en la biblioteca, Hernando no podía dejar de pensar en todo aquello: ¿quería casarse con Rafaela?

– ¡Estás solo! ¡Necesitas una mujer a tu lado, que cuide de ti, que te quiera y te dé el calor de una familia -le había gritado Miguel a la mañana siguiente del encuentro en las cuadras, cuando Hernando le comentó que lo sentía pero que debía encontrar otra solución ya que él no estaba dispuesto a contraer matrimonio; lo que debía hacerse, le dijo también, era denunciar la situación de los expósitos a la justicia-. ¿No te das cuenta? -continuó el muchacho-. Llevas años recluido entre tus libros y tus escritos. Y los hijos, ¿no te gustaría tener hijos que hereden tus propiedades? ¿Formar una nueva familia? ¿Cuántos años tienes? ¿Cuarenta? ¿Cuarenta y uno? Estás envejeciendo. ¿Quieres vivir solo tu vejez?

– Te tengo a ti.

– No. -Se hizo un embarazoso silencio entre ambos-. Lo he pensado mucho. Si no te casas con Rafaela, si no la libras del convento, volveré a las calles.

– No es justo que me amenaces así -replicó Hernando, al tiempo que adoptaba una actitud extremadamente seria.

– Sí, sí que es justo -insistió Miguel, mientras con los labios apretados negaba con la cabeza, consciente de la trascendencia de sus palabras-. Te dije que salvar a esa muchacha era todo mi objetivo. Por Dios que si yo pudiera, si tuviera la más mínima oportunidad, no recurriría a ti. Tú puedes negarte a contraer matrimonio, lo respeto. Pero yo no podría continuar viviendo aquí si no me prestas la ayuda que te pido.

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