Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
Por otra parte, a pesar de lo que había dicho a Georgia, tenía aún menos interés en llamar a la policía o a su abogado. Estaba convencido de que mezclar a la ley en todo aquel asunto sería el peor de los errores. Podía llevar a juicio a Jessica McDermott Price, y tal vez obtuviera algún placer con ello, pero tomarse la revancha no haría que el muerto se marchase. Lo sabía. Había visto muchas películas de terror.
Además, llamar a la policía era una acción que iba en contra de sus principios más arraigados, lo cual no era poco. Pensaba que la propia identidad era su primera y más poderosa creación, la máquina que había manufacturado todos sus éxitos, la fuente principal de cuanto era digno en su vida. Le importaba mucho permanecer fiel a sus principios y normas de comportamiento. Estaba dispuesto a mantenerlos hasta el final.
Jude podía creer en un fantasma, pero no en un monstruo puro, en la perfecta reencarnación del mal. Aquel muerto tenía que ser más complejo, debía de tener algo más que los garabatos delante de los ojos y una navaja curva colgada de una cadena de oro. Algún punto débil. Pensando en eso, se preguntó de repente con qué se habría cortado Anna las venas, y otra vez volvió a tener conciencia de lo fría que estaba la cocina y de que permanecía inclinado sobre el agua que se calentaba en el fuego para aprovechar un poco su calor. Jude tuvo entonces la certeza de que ella se había cortado las venas con la navaja colgada en el extremo del péndulo de su padre, el que usaba para hipnotizar a los tontos desesperados y para buscar aguas subterráneas. Se preguntó qué más tendría que saber sobre la muerte de Anna y el hombre que había sido un padre para ella y que había descubierto su cuerpo en la bañera llena de agua fría teñida con su sangre.
Tal vez Danny había encontrado las cartas de la pobre suicida. Jude tenía miedo de leerlas otra vez, y al mismo tiempo sabía que su deber era hacerlo. En ese momento las recordaba lo bastante como para darse cuenta de que la joven intentó decirle lo que iba a hacer, y a él se le había escapado el angustioso mensaje. Pero no. Se trataba de algo más terrible que eso. Él no había querido ver el peligro, había ignorado deliberadamente lo que tenía ante los ojos.
Las primeras cartas que mandó desde su casa dejaban ver un optimismo jovial, y lo que en el fondo transmitían era que trataba de reorganizar su vida tomando decisiones sensatas y maduras sobre el futuro. Estaban escritas en finas cartulinas, muy blancas, con delicada caligrafía en cursiva. Al igual que su conversación, aquellas cartas estaban llenas de preguntas, aunque en la correspondencia no parecía esperar ninguna respuesta. Le escribía que había pasado todo el mes enviando solicitudes de empleo, para luego preguntar, con muchos rodeos, si era un error llevar lápiz de labios negro y botas de motera a una entrevista de trabajo en una guardería de niños. Citaba dos universidades y se preguntaba cuál sería mejor para ella. Pero todo era una farsa, y Jude lo sabía. Nunca consiguió el trabajo en la guardería, nunca volvió a mencionar el asunto después de la única carta en que había hablado de ello. Y cuando llegó el trimestre de primavera, se inscribió en un curso de una academia de belleza, con lo que el asunto de la universidad quedaba olvidado. Los propósitos maduros duraron poco.
Las últimas cartas, ya muy espaciadas, trazaban una imagen más auténtica de su situación mental. Estaban escritas en papel común, rayado; en realidad eran hojas arrancadas de un cuaderno. Había desaparecido la caligrafía cuidadosa, todo eran garabatos difíciles de leer. Contaba que apenas podía descansar. Su hermana vivía en un barrio nuevo y estaban construyendo una casa justo al lado. Decía que escuchaba martillazos todo el día, y que era como vivir junto al taller de un fabricante de ataúdes después de una epidemia de peste. Cuando trataba de descansar, por la noche, los martillos comenzaban a trabajar otra vez justo en el momento en que se estaba durmiendo, lo cual ocurría aunque allí no hubiera nadie. Estaba desesperada por poder dormir. Su hermana quería convencerla de que dejase que los médicos se ocupasen de su insomnio. Había cosas de las que Anna quería hablar, pero no tenía a nadie con quien hacerlo. Estaba cansada de hablar consigo misma. Contaba, en fin, que le resultaba insoportable estar tan cansada todo el tiempo.
Anna le rogaba que la llamara, pero él no lo hizo. La desdicha de la mujer le agotaba. Era demasiado difícil ayudarla a superar sus depresiones. Lo había intentado cuando estuvieron juntos y nada de lo que había hecho había sido suficiente. Le dio todo lo que pudo, sin ningún resultado; pero ella no lo dejaba tranquilo. Ni siquiera sabía por qué leía sus cartas, y mucho menos por qué las respondía a veces. Hasta deseó que dejaran de llegar. Y finalmente así fue.
Danny podría encontrarlas y luego pediría una cita con el médico para Georgia. No es que fuese un gran plan de acción frente a las apariciones del muerto, pero era algo, lo cual resultaba mejor que lo que tenía diez minutos antes, es decir, nada. Jude sirvió el té, y el tiempo se puso en marcha otra vez.
Se dirigió a la oficina con la tetera en la mano. Danny no estaba en su mesa. Jude se quedó en la entrada mirando la habitación vacía, escuchando atentamente el silencio, a la espera de alguna señal del secretario. Nada. Habría ido al baño. Tal vez…, pero no. La puerta estaba un poco entreabierta, como el día anterior, y por la abertura sólo se veía oscuridad. Tal vez había salido para ir a comer.
Jude se dirigió a la ventana para ver si el coche de Danny estaba en la entrada, pero se detuvo antes de llegar y se desvió hacia el escritorio de su ayudante. Echó un vistazo a los montones de papeles, buscando las cartas de Anna. Enseguida pensó que si Danny las hubiera encontrado, seguramente las habría guardado en algún lugar discreto. Tal como esperaba, no las encontró. Dio media vuelta, se sentó en el sillón de Danny y activó el explorador de Internet en el ordenador. Tenía intención de hacer una búsqueda sobre el padrastro de Anna. En la Red había información sobre todo el mundo. Tal vez el muerto tuviera su propia página, quién sabe. Jude se rió. Fue una carcajada sorda, fea, nacida y muerta en el fondo de la garganta.
No podía recordar el nombre de pila del difunto, de modo que hizo una búsqueda de «hipnosis – McDermott – muerto».
El primer resultado fue un enlace con un obituario que había salido en el Pensacola News Journal el verano anterior. Se hablaba de la muerte de un Craddock James McDermott. Era éclass="underline" Craddock.
Jude hizo clic en la nota necrológica… y allí estaba.
El hombre de la fotografía en blanco y negro era una versión más joven del tipo que Jude había visto ya dos veces en el pasillo de arriba. En la foto parecía un vigoroso hombre de sesenta años, con un corte de pelo al estilo militar. Con su cara larga y casi caballuna, y amplios y finos labios, tenía un parecido más que somero con Charlton Heston. Lo más sorprendente de aquella fotografía era el descubrimiento de que Craddock, en vida, tenía ojos como los de cualquier ser humano. Eran claros y directos, y miraban a la eternidad con la confianza estimulante de los que lanzan discursos bienintencionados, venden biblias o quieren redimir al mundo de una u otra manera.
Jude leyó el obituario. Decía que una vida de aprendizaje y enseñanza, de exploración y aventura, había terminado cuando Craddock James McDermott murió de una embolia cerebral en la casa de su hijastra, en Testament, Florida, el martes 10 de agosto. Genuino ciudadano del sur, creció como hijo único de un ministro pentecostaliano y había vivido en Savannah y Atlanta, Georgia, y luego en Galveston, Texas.