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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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– Tienes una gran infección en ese dedo.

– Lo sé. Me he puesto antibióticos.

– Tal vez deberías consultar con un médico. Si es tétanos, los antibióticos no servirán de nada.

Cerró los dedos alrededor del pulgar herido y apretó suavemente.

– Me pinché con ese alfiler escondido en el traje. ¿Y si estaba envenenado?

– Supongo que si hubiera tenido cianuro ya nos habríamos dado cuenta.

– Ántrax.

– He hablado con esa mujer. Es muy estúpida, por no decir que está como una cabra, pero no creo que sea capaz de enviarme algo envenenado. Sabe que iría a la cárcel por ello. -Cogió la muñeca de Georgia, acercó su mano hacia él y estudió el pulgar. La piel situada alrededor de la zona de la infección estaba blanda y descompuesta, arrugada como si hubiera permanecido metida en agua durante mucho tiempo.

– ¿Por qué no vas a ver la televisión un rato? Le diré a Danny que pida una cita con el médico para ti.

Le soltó la muñeca y señaló con la cabeza hacia la puerta, pero ella no se movió.

– ¿Te importa mirar si está todavía en el pasillo? -le pidió.

Jude la miró por un momento, y luego asintió con la cabeza. Fue hasta la puerta, la abrió unos quince centímetros y espió. El sol había cambiado de lugar, o estaba tapado por una nube, y el pasillo permanecía oscuro y fresco. No había nadie sentado en la silla colonial pegada a la pared. No se veía ningún fantasma con una navaja y una cadena en el rincón.

– El camino está libre.

Le tocó el hombro con la mano sana.

– Una vez vi un fantasma. Cuando era niña.

No le sorprendió. Nunca había conocido a una jovencita gótica que no hubiera tenido algún contacto con lo sobrenatural, que no creyera, con una total e incómoda sinceridad, en las formas astrales, en los ángeles o en la magia neopagana.

– Por aquel entonces vivía con Bammy, mi abuela. Ocurrió después de la primera vez que mi papá me echó de casa. Una tarde fui a la cocina a tomar un vaso de la exquisita limonada que ella hace y miré por la ventana trasera. Allí estaba aquella niña, en el jardín. Recolectaba vilanos de diente de león y soplaba para hacerlos volar, como hacen los niños, mientras cantaba por lo bajo. La niña tenía unos años menos que yo y llevaba puesto un vestido muy barato. Abrí la ventana para llamarla, para preguntarle qué estaba haciendo en nuestro jardín. Cuando escuchó el chirrido de la ventana, me miró, y en ese momento me di cuenta de que estaba muerta. Tenía los ojos manchados.

– ¿Qué quieres decir con eso de «manchados»? -quiso saber Jude. La piel de los brazos le picó y se volvió tensa y áspera. El comentario le había puesto la carne de gallina.

– Tenía los ojos pintados de negro. No. Ni siquiera eran ojos. Era más bien… como si los hubieran tachado. No sé cómo explicarlo.

– Tachados -repitió Jude.

– Sí. Tachados con un rotulador. Negro. Luego volvió la cabeza hacia la cerca. Un momento después, se puso de pie de un salto y atravesó el jardín. Movía la boca como si estuviera hablando con alguien, pero allí no había nadie, y no pude escuchar lo que estaba diciendo. La podía oír mientras recogía dientes de león y cantaba para sí, pero no cuando se levantó y parecía que estaba hablando con alguien. Siempre he pensado que era raro que sólo pudiera escucharla mientras cantaba. Y luego extendió la mano como si hubiera una persona invisible delante de ella, al otro lado de la cerca de Bammy, que se la cogiera. -Georgia le miró con intensidad, como si quisiera confirmar que la creía. Siguió con su relato-: Y de repente me asusté, sentí escalofríos porque percibí que algo malo iba a ocurrirle. Quería decirle que soltara aquella mano. Quienquiera que la agarrase no tenía buenas intenciones; yo quería que ella se alejara de él o de ella. Pero estaba demasiado asustada. No podía ni respirar. Y la niña pequeña me volvió a mirar una vez más, con cierta tristeza, con sus ojos tachados, y luego se separó del suelo, se elevó, lo juro por Dios, y flotó en el aire desplazándose hacia el otro lado de la cerca. No como si estuviera volando, sino como si hubiera sido levantada por unas manos invisibles. Se notaba por la manera en que sus pies colgaban en el aire. Rozaron las estacas de la valla. Pasó por arriba y luego desapareció. Me inundó un sudor frío y tuve que sentarme en el suelo de la cocina. -Georgia lanzó otra mirada a la cara de Jude, tal vez para ver si él creía que estaba loca. Pero él sólo hizo un gesto para animarla a que continuara con el relato-: Bammy entró y me dijo a gritos: «Niña, ¿qué te pasa?». Pero cuando le conté lo que había visto, se quedó muy trastornada, muy mal, y empezó a llorar. Se sentó en el suelo conmigo y me dijo que me creía. Me explicó que yo había visto a su hermana gemela, Ruth. Yo sabía quién era Ruth, sabía que había muerto cuando Bammy era pequeña, pero hasta aquel día la abuela no me contó lo que le había pasado realmente. Hasta ese momento había pensado que la había atropellado un coche o algo por el estilo, pero no había sido así. Un día, cuando ambas tenían siete u ocho años, debió ser hacia mil novecientos cincuenta y tantos, su madre las llamó a comer. Bammy obedeció, pero Ruthie se quedó fuera porque no tenía ganas de comer y porque además era de natural desobediente. Mientras Bammy y el resto de la familia estaban dentro, alguien la arrebató del jardín trasero. Nunca más volvieron a verla. Es decir, viva, porque de vez en cuando las personas que habitaban en la casa de la abuela la veían soplando dientes de león, cantando para sí, y luego alguien invisible se la llevaba. Mi madre vio el fantasma de Ruth, y también el marido de Bammy, una vez, y algunos amigos de Bammy, y la misma Bammy. A todos los que vieron a Ruth les pasó lo mismo que a mí. Querían decirle que no se fuera, que se apartara de quien estuviese al otro lado de la valla. Pero todos los que la vieron estaban demasiado asustados por el simple hecho de verla como para hablar. La abuela decía que pensaba que eso no terminaría hasta que alguien pudiera hablar en el momento decisivo. Que era como si el fantasma de Ruth estuviera en una especie de sueño, siempre repitiendo sus últimos minutos, y ella debiera seguir así hasta que alguien gritara y la despertara. -Georgia tragó saliva y se quedó en silencio. Inclinó la cabeza, de modo que el oscuro pelo le tapaba los ojos-. No puedo creer que los muertos quieran hacernos daño -añadió la chica finalmente-. ¿Acaso ellos no necesitan nuestra ayuda? ¿No anhelan siempre nuestra ayuda? Si lo vuelves a ver otra vez, debes tratar de hablarle. Tienes que descubrir qué quiere.

Jude sabía que la cuestión no era si volvería a verle, sino cuándo se le aparecería de nuevo. Y además él ya sabía lo que el muerto quería.

– No ha venido para conversar -sentenció Jude.

Capítulo 12

Jude no sabía lo que podía hacer a continuación, de modo que preparó té, por mantenerse ocupado. Los gestos simples y automáticos de llenar la tetera, poner una cucharada de hierbas en el colador y buscar un jarro fueron una manera de limpiar su cabeza y serenarse, estableciendo una útil tregua de silencio. Permaneció junto al quemador, escuchando el borboteo del agua hirviente.

No estaba aterrorizado, lo que le produjo cierta satisfacción. Tampoco le dominaba el deseo de salir corriendo, pues tenía dudas acerca de las ventajas de hacerlo. ¿Dónde iba a estar mejor que allí? Jessica Price había dicho que el muerto ya le pertenecía y le seguiría a cualquier lugar que fuera. Por la mente de Jude pasó fugazmente la imagen de sí mismo acomodado en un asiento de primera clase, en vuelo a California, y descubriendo al girar la cabeza que el muerto estaba sentado junto a él, con aquellos garabatos negros flotando delante de los ojos. Se estremeció y suspiró ruidosamente para eliminar los siniestros pensamientos. La casa era tan buen lugar como cualquier otro para defenderse, por lo menos hasta que se le ocurriera algo razonable. Además, odiaba dejar a los perros en cualquier albergue de animales. En los viejos tiempos, cuando iba de gira siempre viajaban en el autobús con él.

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