Por venganza y placer
- Автор: Гордон Люси
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Por venganza y placer». Краткое содержание книги:
Elise Carlton ansiaba ser libre… del matrimonio y de los hombres controladores. Después de ser durante años una esposa sumisa, sentía un enorme recelo hacia los hombres… Pero parecía que había uno en particular que la hacía reaccionar de otro modo.
Vincente Farnese era rico e increíblemente guapo y Elise no tardó en sucumbir a sus dotes de seducción. Pero no se habían conocido por casualidad. ¿Qué haría Elise cuando descubriera que su amante sólo la deseaba para vengarse?
– Puede que toda Roma sea una exageración -admitió Vincente-, pero has despertado mucho interés entre mis amigos y socios.
Dijo dos nombres. Uno, el del presidente del banco más importante de Italia. Elise reconoció el otro.
– ¿Attilo Vansini? -repitió, atónita-. Pero es…
Era una figura de inmenso poder político, siempre cercano al presidente del país, quienquiera que fuera. Elección tras elección Vansini mantenía su influencia gracias a una mezcla de riqueza, astucia y corrupción. El escándalo lo seguía como los perros a un rastro.
– Me dijo que no olvidara invitarlo a la fiesta -le dijo Vincente-. Yo aún no había pensado en celebrarla, ése fue su modo de decir que contaba con ella.
– Menotti diseñará tu vestido -dijo Mamma, nombrando al modisto más exclusivo de Roma.
Elise habría preferido diseñarlo ella misma, pero sabía que no tenía bastante experiencia, y permitió que la llevaran a la Via dei Condotti. Allí entraron en un establecimiento diminuto y discreto por fuera.
Pero dentro era muy distinto. Luisa Menotti era la mejor y todo su salón susurraba elegancia discreta. Atendió a Elise personalmente. Admiró su cuerpo aún delgado y el tono de su piel.
– Negro. No puede ser otro color.
El vestido elegido era de seda negra, escotado pero dentro de los límites de la modestia, se ajustaba a sus caderas y rozaba el suelo.
Elise había dado muchas fiestas lujosas para Ben, y estaba dispuesta a tomar parte en los preparativos de la del palazzo, pero pronto comprendió que haría mejor dejándolo todo en manos de otros.
Más de cien sirvientes se movilizaron para limpiar cada centímetro del edificio. Múltiples jardineros pusieron a punto los extensos jardines, porque los invitados también saldrían fuera. Colgaron lamparillas de los árboles, creando un misterioso sendero resplandeciente que se perdía en la distancia.
El palazzo contaba con tres cocinas, de las que sólo se utilizaba una. Pero durante los días anteriores a la fiesta todas estuvieron a pleno rendimiento.
Todos los invitados recibirían un regalo y Elise se asombró de su valor. Fue a ver a Vincente al despacho que utilizaba cuando trabajaba en casa.
– ¿Por qué no? -preguntó Vincente, cuando le mencionó si era prudente gastar tanto.
– Sé que es importante impresionar a la gente. Ben solía… -empezó ella.
– Olvida a Ben. Éste es un mundo muy distinto al suyo.
– Sólo en el sentido de que es más grande -replicó ella-. Cuando aparezcamos juntos, estarás exhibiendo tu trofeo, exactamente igual que hacía él. Y bajaré los escalones de mármol despacio para que todo el mundo admire tu última adquisición e intente calcular si has hecho o no un buen negocio.
– Que piensen lo que quieran. Yo sabré si ha sido un buen negocio, no necesito la opinión de nadie.
– ¿Y qué opinas de momento? -lo retó ella-. ¿He valido la pena?
– Aún no -dijo él, tras mirarla de arriba abajo, con ojos fríos-. Pero pretendo que llegues a hacerlo.
– De todas las…
– Tú empezaste la conversación. Si así es como quieres ver nuestro matrimonio, adelante, te seguiré el juego. De vez en cuando te diré si tu valor ha subido. Si ha bajado te diré por qué y esperaré que rectifiques sin demora. No toleraré parecer un tonto ante gente cuyo respeto necesito. ¿Ha quedado claro?
– Eres un bastardo -susurró ella.
– Tú has elegido el juego. Quiero lo mejor de ti, sobre todo cuando exhiba mi adquisición.
– Claro, sería una pena que pensaran que estás perdiendo carisma -dijo ella con sarcasmo.
– Exacto. Me alegra que lo entiendas. Mamma dice que el vestido es perfecto, sólo necesitas acompañarlo de las joyas adecuadas.
– Iré de compras mañana.
– No hará falta. Las tengo aquí -Vincente fue hacia la caja de seguridad, tecleó la combinación, sacó varias cajas y las puso sobre el escritorio.
Elise se quedó atónita ante los diamantes más magníficos que había visto en su vida. Había una tiara fabulosa, un collar, una pulsera y pendientes largos. Cada piedra era deslumbrante.
– Espero que te parezca un regalo de boda adecuado -dijo Vincente con voz suave-. Te las habría dado antes, pero han llegado hoy. Date la vuelta.
Elise obedeció y él le puso el collar alrededor del cuello. Ella se estremeció al sentir sus dedos en el punto exacto que le daba tanto placer. Vincente no pareció darse cuenta; eso la alivió e irritó a la vez.
– He elegido bien. Te queda perfecto.
– ¿Cuándo elegiste todo esto?
– La semana pasada. Expliqué lo que quería y los joyeros han hecho un buen trabajo.
– ¿Tú lo explicaste? ¿Y qué hay de mi opinión?
– ¿Estás diciendo que no te gustan?
– No, son bellísimas, pero me habría gustado opinar.
– Sé lo que encaja con tu estilo y lo que mi esposa debería lucir en una ocasión así. Estás magnífica -hizo una pausa-. Será mejor que las dejes aquí, en la caja fuerte. Después de la fiesta irán a la caja de seguridad del banco… todas menos ésta. Tu anillo de compromiso -tomó su mano izquierda y se lo puso-. No puedes aparecer en público sin él.
– No las quiero -dijo ella, de repente.
– ¿Qué has dicho?
– No quiero las joyas. Dicen que son un regalo de boda, pero sólo son una transacción de negocios.
– Un negocio no tiene nada de malo, si es honesto.
– ¿Somos honestos? -lo miró a los ojos-. ¿Lo fuimos alguna vez? -empezó a quitarse el collar.
– Ten cuidado -apartó sus manos y se hizo cargo él-. Es muy valioso. ¿Quieres romperlo?
– Será mejor que lo devuelvas todo. No voy a ponerme esos diamantes.
– Te los pondrás porque son lo adecuado para mi esposa. ¿Ha quedado claro?
– Muy claro -soltó una risa cruel-. Ni el mismo Ben lo habría dejado más claro.
Salió como una tromba y Vincente contuvo la tentación de dar un puñetazo a la pared. Había previsto una escena distinta: él le regalaría diamantes y ella se sentiría complacida. En cambio, había hecho que perdiera el genio y la había tratado con desprecio, justificando todo lo malo que ella pensaba de él.
Se preguntó si ella disfrutaba sacando lo peor de él. Tenía la horrible sensación de que así era.
Mientras se duchaba y vestía, Elise oyó a la orquesta empezar a tocar en el gran salón de baile donde se celebraría la fiesta. Lucía un sofisticado recogido y maquillaje discretamente provocativo.
Pensó que había cambiado. Ya no era la mujer que había llegado a Roma unos meses antes. El rostro que veía en el espejo había aprendido muchas lecciones: de éxtasis y amargura. Buenas o malas, seguirían con ella para siempre.
– Adelante -dijo al oír un golpe en la puerta.
Vincente entró, tan guapo y elegante que tuvo que cerrar los ojos para no desearlo.
– Te he traído los diamantes -dijo.
– Muy bien -le sonrió-. Pónmelos pero antes sube la cremallera del vestido, por favor -se dio la vuelta y lo miró por encima del hombro para captar su reacción. La cremallera era larga y acababa debajo de las caderas, dejando claro un detalle.
– No llevas nada bajo el vestido -dijo Vincente, con voz tensa.
– No puedo arriesgarme a que se vean marcas. ¿No querrías que pareciera poco sofisticada, ¿verdad?
– Querría que parecieras decente -escupió él.
– Cuando subas la cremallera, no se verá nada. Y el corpiño está reforzado, estaré muy decente. Date prisa, la gente empezará a llegar enseguida.
Como si la conversación la aburriera volvió la cabeza. Él, irritado, subió la cremallera. Tal y como ella había dicho, su desnudez no se detectaba.
Pero era imposible olvidarla. Ocupó su mente mientras le ponía tiara, pendientes, pulsera, collar y anillo. Cuando acabó, puso las manos en sus hombros y sus ojos se encontraron en el espejo.