El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Cuando Richard llegó a Jersey City, limpió cuidadosamente sus huellas del coche, quitó las matrículas, lo llevó al borde de un muelle a orillas del Hudson donde él sabía que el agua era profunda, y lo echó al fondo del río gélido, servicial y que sabía guardar un secreto. El coche desapareció rápidamente. Si alguna vez encontraban el coche, sin ningún cadáver dentro, él no tendría ningún problema. El cielo seguía oscuro, pero ya apuntaba una aurora plomiza. El viento soplaba con fuerza. Richard caminó hasta su coche y se volvió a su casa, orgulloso de su capacidad de reacción, orgulloso de haber plantado cara al enemigo y de haber vencido.
Tenía la sensación de que se habían llevado su merecido, y al final se alegraba de haberlos matado. Lo último que pensó antes de quedarse dormido, mientras silbaban los vientos de febrero que sacudían las ventanas, era eso: se han llevado su merecido.
Cosa extraña, a Richard ni siquiera lo interrogaron acerca de la desaparición de los tres hombres. Al parecer, había tenido una suerte increíble. Los había matado en una calle tranquila, desierta, con pocas casas próximas. Bien podía haber pasado un coche por ahí, pero no había pasado ninguno. Aquella suerte seguiría a Richard durante muchos años. Era casi como si velara por el algún arcángel oscuro, demoníaco, que lo mantenía a salvo… fuera de los radares de la Policía.
Corrió el rumor de que Richard había terminado con los tres tipos, pero nadie se lo preguntó nunca, ningún policía lo interrogó, y desde luego que Richard no estaba dispuesto a contar a nadie lo que había hecho. Era reservado en grado sumo, otro aspecto de su personalidad que le resultaría útil durante muchos años.
10
Carmine Genovese había salido de la cárcel y necesitaba que matasen a otro hombre, aunque esta vez dijo a Richard que la víctima «tenía que sufrir», y que el cuerpo «tenía que desaparecer».
– Este tipo faltó a la mujer de un amigo mío -explicó Carmine-; le faltó mucho al respeto. Asegúrate de que sufre, ¿entendido? Si lo haces bien, te pagaré el doble… ¿vale?
– Vale, de acuerdo -dijo Richard. No preguntó qué había hecho aquel hombre, por qué tenía que sufrir. Aquello era irrelevante. No era asunto suyo.
También en esta ocasión, Carmine entregó a Richard una fotografía de la víctima y la dirección donde trabajaba, un establecimiento de venta de coches usados en el bulevar Raymond, en Newark. En la foto, la víctima estaba en el establecimiento, de pie junto a una mujer que se le parecía un poco.
– Si haces esto como es debido, te pagaré bien, capisce?
– Capisce -dijo Richard.
– A lo mejor podrías traerme un pedacito de él para que yo lo vea y pueda decir a mi amigo cuánto sufrió.
– ¿Un pedacito de él? -repitió Richard, un poco confundido.
– Sí, para que yo pueda contárselo a mi amigo.
– ¿Cómo de grande el pedacito? -preguntó Richard.
– No muy grande… quizá su mano… unos dedos del pie, ¿vale?
– Sí… claro, vale -dijo Richard-. Sin problema. Lo que quiero es dejar contento al cliente.
– Bien -dijo Genovese. Se dieron la mano. El contrato estaba sellado.
Richard, contento de que Carmine le hubiera dado un nuevo «encargo», salió de casa de este con la mente absorta de pronto en la tarea que tenía por delante. Como revelaría más tarde, aquella era la parte que más le gustaba, el acecho de la víctima. Richard comprendió inmediatamente la manera de hacerlo, y la esperó con impaciencia. Estaba claro que Richard se había convertido en un sádico psicótico que había descubierto el modo de hacer daño a las personas y matarlas y que encima le pagaran por ello. Qué buena era la vida.
El depósito de coches usados era amplio. Estaba adornado con banderines colgados a lo largo y a lo ancho, en todos los sentidos. Richard encontró enseguida a la víctima. Era alto y delgado y solía vérsele recorriendo el depósito con clientes. Hasta salía con ellos a probar algún coche. Antes de hacer nada, Richard pasó dos días observando el lugar, se enteró de cuándo había allí más gente, de a qué hora llegaba la víctima y de cuándo se marchaba. Cuando Richard tuvo en la cabeza un plan claro, aparcó su coche a varias manzanas de distancia, en una calle tranquila de almacenes abandonados. Cuando aparecían menos clientes a ver coches usados era hacia las once de la mañana, justo antes del almuerzo, y fue a esa hora cuando Richard entró en el depósito y se encaminó directamente a la víctima, con una sonrisa amistosa en la cara de pómulos marcados. Era a finales de marzo. El tiempo había empezado a templarse. Richard llevaba una cazadora amplia. En un bolsillo llevaba una Derringer del 38, en el otro un rompecabezas, una especie de porra con una pieza de plomo macizo del tamaño de un paquete de cigarrillos, forrada de cuero negro, con mango corto y delgado, ideal para dejar inconsciente a una persona de un solo golpe. Richard, sonriente, dijo a la víctima que necesitaba enseguida un coche barato, que el suyo se lo habían robado y que le hacía falta un vehículo para su trabajo.
– Que sea fiable -dijo-. No tengo maña con los motores, y no quiero quedarme tirado en alguna parte por la noche -explicó, adoptando de pronto una expresión seria. Richard era, de hecho, un actor consumado. Tenía el don natural, adquirido sin duda en la calle, de mirar fijamente a los ojos a una persona mientras le mentía descaradamente.
– Tengo el coche perfecto para usted -dijo la víctima, y lo condujo hasta un Ford de dos puertas. Richard lo inspeccionó cuidadosamente, dio patadas a las ruedas.
– ¿puedo salir a probarlo? -preguntó Richard.
– Claro -dijo la víctima-. Voy a por las llaves.
Pasó a la pequeña oficina que estaba a la izquierda. Richard ya había tendido la trampa; pronto la haría saltar. Subieron al coche. Se pusieron en marcha. Richard recorrió varias manzanas con el coche, comentando lo bien que se manejaba, y acto seguido se dirigió hacia su coche. La víctima, absolutamente inconsciente de lo que estaba a punto de paar, seguramente iría calculando mentalmente la comisión que se iba a llevar. Richard aparcó junto a su propio coche y dijo que quería mirar el motor.
– ¿Le importa? -preguntó educadamente, con una sonrisa.
– Claro, sin problema. No hay nada que ocultar. Está limpio como los chorros del oro.
La víctima estaba completamente metida en la situación, y no tenía ni idea de que en el maletero del coche de Richard había un hacha, una cuerda y una pala. Richard se bajó del Ford y abrió el capó. La víctima lo i siguió, claro está. Richard le señaló una cosa y, cuando la víctima se acercó a mirar, Richard le golpeó con el rompecabezas en la sien. Cayó allí mismo, como una piedra. En cuestión de segundos, Richard lo metió en el maletero de su coche, lo amordazó con cinta adhesiva industrial, le ató los pies y las manos a la espalda. Tranquilo y sereno, Richard salió a la carretera de peaje y se dirigió al sur, a los pinares de Jersey, unos bosques desiertos que eran perfectos para lo que tenía pensado. Era el mismo lugar donde se había quitado de encima a Charley Lañe, el matón de la urbanización, hacía tantos años. Richard ya tenía localizado un buen lugar, donde ocultó su coche tras una densa cortina de pinos muy oportunos. Allí abrió el maletero, sacó del coche al hombre aterrorizado y lo ató a uno de los árboles, de espaldas al árbol. Richard tomó un pedazo de cuerda, la metió a la fuerza en la boca de la víctima y ató el otro extremo al áspero pino, de manera que la lengua de la víctima le presionaba con fuerza la garganta, que se le contraía rápidamente. La víctima lloraba, intentaba hablar, pedir, suplicar, pero no profería más que gruñidos apagados, ininteligibles. Parecía que sabía por qué le estaba pasando aquello, como si lo hubiera estado esperando en cierto modo. Richard le dijo entonces claramente que terna que sufrir antes de morir, y volvió a su coche y sacó el hacha y la pala, disfrutando mucho con aquello.