El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Me gusta ver cómo se les apaga la mirada. Me gusta matar de cerca, de manera personal. Siempre quería que la última imagen que vieran fuera de mi cara, explicó.
Richard había llegado a disfrutar de poseer el control de quién vivía y de quién moría. Le hacía sentirse omnipotente. Consideraba que el hombre que acababa de matar no era más que una sabandija, y siguió buscando otras sabandijas. Siguió andando hasta llegar al túnel Battery y contempló Jersey City, al otro lado del agua, recordando cómo leía allí revistas policiacas cuando era niño, recordando a su hermano Florian, recordando la brutalidad de su padre, recordando a los amigos a los que había matado. Casi veía desde allí el lugar donde había matado de un tiro a John Wheeler. Qué mal trago, pensó.
Richard se volvió, con su rostro apuesto hecho una máscara de granito insensible, y caminó de nuevo hacia la parte alta, pasando por el camino cerca del vagabundo que había matado, que seguía tendido en el sitio, aunque ya no era más que una forma clara espectral a la luz amarilla melancólica de una farola.
Richard sabía que aquel asesinato no lo relacionarían con él, que la Policía de Nueva York no se pondría en contacto con la de Jersey de ninguna manera.
A lo largo de las semanas y de los meses siguientes volvió a Manhattan en muchas ocasiones y mataba a gente, siempre a hombres, nunca a una mujer, dice él, siempre a personas que tenían algún roce con él, que lo ofendían de alguna manera, verdadera o imaginaria. Mataba a hombres a tiros, a puñaladas y a garrotazos. A algunos los dejaba en el sitio. A otros los arrojaba al cercano río Hudson.
Para Richard, el asesinato se convirtió en un deporte.
La Policía de Nueva York llegó a creer que los vagabundos habían empezado a atacarse y a matarse entre sí, sin sospechar que un verdadero asesino en serie venía de Jersey City al West Side de Manhattan con el fin de matar gente, para practicar y perfeccionarse en el arte del asesinato.
Richard hizo del West Side de Manhattan una especie de laboratorio del asesinato, una escuela, como dice él. Aprendió los puntos más delicados y sutiles; dónde aplicar el cuchillo para conseguir el máximo efecto: en la nuca, hacia arriba, clavándolo en el cerebro; un tajo invertido a la garganta, cortando a la vez la tráquea y la arteria carótida. También era muy efectivo clavarlo directamente en el corazón.
Pero descubrió que la manera más rápida, y mucho menos sangrienta, era clavarlo en la nuca hasta llegar al cerebro. El asunto de la sangre era una preocupación constante, pues Richard no quería mancharse de sangre él mismo ni su ropa. En lo que respecta al arma de luego, un tiro en la cabeza, por encima de la oreja, por debajo de la mandíbula, resultaba ser lo más eficaz. Una vez ahorcó a un hombre: le echó al cuello una soga de cáñamo, levantó al hombre en vilo tirando de la soga, que se echó al hombro. Hice de árbol, explicó. También usaba un pico para hielo, que resultó ser un buen instrumento para malar, fácil de ocultar, si se aplicaba en el punto adecuado: era mortal si se clavaba directamente en el oído o en el ojo.
Ya en aquellos tiempos, las adoquinadas calles oscuras de la zona más apartada del West Side de Manhattan eran lugar de reunión de gais. Había muchos bares oscuros que acogían discretamente a una clientela homosexual. Uno de aquellos era el Scottish Annie, santuario de hombres a los que les gustaba ponerse faldas y vestirse de mujer. Esos bares oscuros de aquellas oscuras y apartadas calles eran el lugar ideal para los hombres que hacían lo que era en muchos casos una doble vida secreta.
Richard no tenía nada en contra de los homosexuales, según dice, y no los perseguía, aunque con su aspecto de James Stewart con ojos acerados atraía invariablemente a los gais; y si se ponían demasiado pesados, les hacía daño y hasta los mataba. Dice que esos asesinatos no tenían nada que ver con el sexo, que solo tenían que ver con que alguien se había puesto demasiado pesado.
Una noche, Richard estaba bebiendo en un bar próximo a la calle Grove y un hombre se le insinuaba una y otra vez.
– Mire, a mí eso no me va, ¿vale? -le dijo Richard por fin-. Búsquese otro, ¿de acuerdo?
Pero el tipo, un caballero alto con flequillo de corte militar, no estaba dispuesto a aceptar una negativa. Le insistía tanto que Richard tuvo que marcharse del bar. El tipo salió detrás de él y le hizo proposiciones, diciéndole:
– Sé que quieres. Vamos, vamos, grandullón.
Por fin, después de aguantar aquello a lo largo de dos manzanas, Richard vio un adoquín suelto, lo recogió y dio al tipo un golpe en la cabeza con tanta fuerza que parte del cerebro le salpicó en un escaparate.
– Te dije que me dejases en paz, joder -dijo Richard al muerto, y siguió caminando.
Richard llegó a darse cuenta de que cuando bebía se volvía francamente malo, y en casi todas aquellas salidas homicidas a Manhattan bebía, no hasta emborracharse, desde luego, pero sí hasta estar francamente achispado. Se dijo a sí mismo que debía beber menos, y beber cerveza en vez de güisqui. Richard también viajaba a otros lugares para matar a gente: a Newark, a Rhode Island, y también a Hoboken. Pero eran zonas menos pobladas, la gente parecía más atenta, más fisgona, por lo que Richard siguió volviendo a Manhattan, gozando del bullicio de su propio coto privado de caza.
Como Richard asesinaba casi siempre a «gente sin valor», vagabundos y mendigos, además de a algún que otro gay, la Policía de Nueva York hacía poco o nada por resolver aquella oleada repentina de asesinatos al azar.
A nadie le importó.
– Que se maten entre ellos -dijo un capitán de Policía a sus detectives en la comisaría del Distrito Diez. No se organizó ninguna vigilancia especial, ni salió ningún detective a hacer preguntas, cuaderno en mano, y Richard lo advirtió enseguida, pues no vio por ninguna parte mayor presencia de policías.
Tampoco mataba a alguien todas las veces que iba a Nueva York. En algunas ocasiones se limitaba a pasearse, bebía algo, daba vueltas en la cabeza a diversos planes suyos. Ahora que los Rosas Nacientes eran cosa del pasado, y que Carmine Genovese estaba en la cárcel por asuntos de juego ilegal, Richard ganaba mucho menos y se había visto obligado a trabajar descargando camiones, cosa que no le gustaba; pero siempre estaba atento por si podía robar algo que pudiera vender. Tenía en el Sindicato del Transporte un amigo llamado Tony Pro, gracias al cual Richard podía trabajar siempre que quería. También seguía jugando mucho al billar. Lo malo era que casi todo el mundo sabía ya que era un buen jugador, por lo que le resultaba muy difícil encontrar a alguien dispuesto a jugar con él apostando dinero.
Entonces, Linda se quedó embarazada. La noticia no produjo ninguna impresión a Richard. No amaba a Linda, no pensaba que fuera una buena ama de casa. No era más que un cuerpo caliente en la cama en las noches mas frías de Jersey City, una manera cómoda de desahogarse. Le dijo que abortara. Ella no quería. No era partidaria del aborto. La amenazó. Ella seguía sin querer abortar. Richard no tenía reparo en pegar a Linda. Él se había criado en una casa donde pegar a las mujeres era la norma, y golpeaba a Linda sin pensárselo dos veces cuando ella lo molestaba, cosa que cada vez hacía con más y más frecuencia: ella quería que se casaran, él no; ella quería que se buscara un trabajo honrado y lo conservara, él no; ella quería que se quedara en casa por las noches, él quería salir. La mayoría de sus discrepancias se resolvían mando Richard le daba una bofetada, diciéndole «¡cállate!» por un lado de la boca de labios estrechos. Hasta intentó hacerle perder el niño dándole puñetazos en el vientre; pero no dio resultado. El vientre le necia más cada semana que pasaba.