El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– Permita que le diga, en primer lugar, que le agradezco que haya hablado conmigo de esta manera -dijo-. No tenía ni idea de esto. Lo siento mucho. Me encargaré de que se devuelva hasta el último puto centavo, todo…
– No se trata del dinero; es una cuestión de principios.
– Ya lo sé, solo digo que…
– Mira, voy a ir al grano: esos tipos tienen que desaparecer. Y te tienes que encargar tú, ¿te das cuenta? Son responsabilidad tuya, ¿entendido?
Richard recibió aquello como un puñetazo en la cara. A su manera callada, apreciaba a John y a Jack; eran los primeros y únicos amigos que había tenido. ¿Cómo iba a matarlos? Pero Richard conocía lo suficiente la marcha y la lógica de la justicia de la calle para saber que si no hacía lo que Parenti le pedía (¡lo que le exigía!), bien podría suceder que él mismo se convirtiera en objetivo eliminable.
Lo intentó otra vez.
– Déjeme que hable con ellos; déjeme que me encargue de que se marchan de la ciudad y no vuelven nunca, nunca jamás.
– Tienen que desaparecer. Eso es todo. Si no lo haces tú, lo haremos nosotros, capisce?
– Capisce -respondió Richard, viendo claramente el destino escrito con letras de sangre. Estaba escrito con la sangre de John y de Jack, y, si no se andaba con cuidado, con la suya también.
– Bueno, me alegro de que hayamos quedado de acuerdo -dijo Parenti con aplomo solemne. Se levantó y se marchó, seguido de cerca por los dos guardaespaldas que lo acompañaban. Richard, sintiendo de pronto un grave peso sobre sus hombros, un peso de vida o muerte, se quedó allí, quieto como la lápida de una tumba, sabiendo que su pequeña banda y él jamás podrían hacer frente a los De Cavalcante. Estos eran muchos, conocidos por su violencia, y hacerles frente o luchar contra ellos significaría una muerte segura para todos. Richard sabía también que John y Jack la habían cagado a base de bien, que habían transgredido las normas básicas de la calle y el principio fundamental que les había impuesto él mismo de no robar a nadie de la Mafia. Sabía que habían sellado su propio destino. Richard se levantó despacio, salió del bar, localizó primero a Jack, le pegó un tiro en la cabeza antes de que este se enterara de nada y lo dejó donde había caído. Encontró después a John, que salía del apartamento de su novia, lo mató de un tiro y lo dejó en la calle para que los De Cavalcante se enteraran de que el trabajo estaba hecho de verdad. Ambos habían muerto sin dolor, sin enterarse de lo que se les venía encima.
A pesar de todo, Richard se sentía terriblemente mal. Acababa de matar a dos de las personas con las que estaba más unido, a dos amigos a los que quería más que a hermanos. Habían hecho muchas cosas juntos. Y ahora habían muerto, habían muerto a sus manos.
Era ellos o yo, se decía una y otra vez. Pero aquello no le servía de gran cosa, contó más tarde en confianza.
Los De Cavalcante se enteraron enseguida de lo que había hecho Richard, claro está, y no tardaron mucho en darse cuenta de que Richard Kuklinski podía resultarles de gran valor: un asesino de encargo que sabía lo que tenía que hacer y cómo hacerlo y que tenía la boca cerrada… el tipo de persona que siempre están buscando todas las familias de la Mafia en todas partes. Era cierto que Richard no podría ser nunca un «hombre hecho», pero sí que podría trabajar como «contratista independiente» si demostraba que entendía bien que el silencio es oro. Antes de proponerle cualquier otra cosa, esperarían a ver si se podía confiar en él.
La Policía de Jersey City no encontró ningún testigo… ninguna relación con Richard; nadie sabía nada de los asesinatos de John y de Jack y no tardaron en olvidarse. Un simple ajuste de cuentas entre maleantes.
8
Era la primavera de 1954. Richard tenía solo diecinueve años, pero se comportaba con una seriedad propia de un hombre mucho mayor. Tenía una seriedad estoica impropia de sus años. Quizá fuera por la brutalidad de sus padres; quizá porque siempre había sido un inadaptado, una víctima de los malos tratos de los demás; quizá porque no había tenido infancia de ninguna clase. Quizá porque acababa de matar a sus dos mejores amigos. Fuera por lo que fuera, Richard ya no era un chico. Era un hombre que se disponía a dejar huella en el mundo.
Como muchos polacos, Richard era aficionado a caminar y le gustaba salir al campo y el aire libre. Solía darse paseos de varios kilómetros. No era partidario del ejercicio, de hacer pesas, de la gimnasia ni de salir a correr, pero le encantaba dar caminatas, que aprovechaba para pensar. Aunque Richard no hacía ejercicio, estaba dotado de una fuerza fuera de lo común. Cuando estaba mal de dinero hacía trabajos duros, no cualificados, cargando y descargando camiones sin perder de vista cualquier cosa que pudiera robar para convertirla en dinero contante y sonante. Pero parecía que aquella fuerza suya era innata, que le venía de los genes. Los naturales del norte de Polonia, de donde había venido su padre, eran gente dura y fuerte, y parecía que en Richard se manifestaban los mejores rasgos físicos de la estirpe. Recientemente, cuando se le preguntó si de joven había hecho ejercicio, si iba a un gimnasio o hacía pesas, dijo: El único ejercicio que hacía era el de acarrear cadáveres.
Richard sentía la curiosidad de conocer mejor Nueva York y tomó el transbordador hasta Manhattan, admirando desde el barco la silueta rica y multicolor de la ciudad, tan distinta de Jersey City y de Hoboken. Ya había estado varias veces en la ciudad con los otros de los Rosas Nacientes, pero nunca había ido solo. Los Rosas Nacientes ya eran cosa del pasado, formaban parte de su juventud. Por la calle corría el rumor de que Richard había matado a John y a Jack, y los otros miembros de la banda se apartaron de él. Al poco tiempo empezaron a ponerse heroína, y Richard, a su vez, se apartó de ellos. No le gustaban las drogas ni los que las tomaban. Los que tomaban drogas le parecían personas débiles e inseguras, gente de la que uno no se podía fiar. Richard se había convertido en una especie de solemne lobo solitario, de movimientos lentos y muy peligroso, virtudes de las que obtendría gran partido durante muchos años. Le gustaba estar solo. Evitaba tener amigos.
Cuando Richard se bajó del transbordador, cerca de la calle Cuarenta, dobló a la derecha y empezó a pasear hacia la parte baja, a lo largo de la orilla del río, por debajo de la carretera elevada del West Side. Era un lugar oscuro, húmedo y desolado. La mayor parte de los grandes muelles que se habían extendido antes a lo largo de la calle Oeste, un hervidero de comercio, de barcos y de gente opulenta, se pudrían y se morían, simples esqueletos de lo que habían sido. Había algunas farolas aquí y allá, y las calles eran de adoquines bastos, resbaladizos cuando estaban mojados. Por entonces, Richard ya llevaba siempre encima un cuchillo o una pistola. No se sentía vestido del todo si no iba armado, rasgo que le perduraría durante toda su vida profesional. Según dice, en aquella primera salida a Manhattan en solitario no tenía intención de hacer daño a nadie; pero se le acercó a pedirle dinero un vagabundo desagradable y arrogante. Richard no le hizo caso. El vagabundo lo siguió, exigiéndole que le diera dinero, y Richard siguió caminando. El vagabundo, un hombretón como un oso, grande, sucio y barbudo, asió a Richard del hombro y lo zarandeó.
– Eh, hijoputa, ¿estás sordo? -le dijo.
Richard, sonriendo, se volvió rápidamente y, antes de que el vagabundo se diera cuenta de lo que pasaba, ya había sacado el cuchillo y se lo había clavado en el pecho con dos movimientos rápidos.
– ¡Vete a joder a otra parte! -gruñó Richard mientras el vagabundo caía de rodillas y se desplomaba pesadamente al suelo. Todo había terminado en una fracción de segundo. Richard vio cómo se le apagaban los ojos, limpió la hoja del cuchillo en el mismo vagabundo y siguió su camino, sabiendo que había matado al hombre, contento de haberlo hecho.