El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– Rich, tío, eres frío como el hielo.
– Fresco como una puta lechuga -dijo otro.
Aquellas alabanzas agradaban a Richard. No sentía remordimientos, ni emociones, ni la menor sensación de culpabilidad. De hecho, no sentía nada. Había matado a la víctima con la misma tranquilidad con la que soltaba un eructo, sin darle vueltas en la cabeza después.
Al día siguiente, hacia mediodía, los Rosas Nacientes volvieron a la casa de Carmine. Richard llamó a la puerta. Carmine salió a abrir.
– ¿Qué pasa? -dijo-. Os había dicho que no volvieseis hasta que hubierais hecho aquello.
– ¿Has visto los periódicos? -le preguntó Richard.
– No… ¿por qué? -preguntó Carmine a su vez.
La única respuesta de Richard fue una leve sonrisa de satisfacción.
– Ah, que hijos de puta, lo habéis hecho, bravo. Qué hijos de puta -exclamó Carmine, y los invitó a pasar, les sirvió unas copas con mucha hospitalidad, les dio quinientos dólares a cada uno. Se les había abierto de par en par la puerta de acceso al crimen organizado.
7
Carmine cumplió su palabra y dio muchos encargos a Richard y a su equipo. De pronto empezaron a ganar dinero a espuertas. Demostraron sin ningún género de dudas que eran de confianza, que eran inflexibles y que cumplían con el trabajo, fuera el que fuera. Carmine sabía que la mejor manera de poner a prueba a socios en potencia era hacer que cometieran un asesinato. Una vez hecho aquello, ya se podía fiar uno de ellos, al menos en teoría, pues se habían implicado en un crimen grave. En aquellos tiempos eran pocos los hombres relacionados con la Cosa Nostra que se hicieran chivatos, y la manera mejor de garantizar la lealtad de una persona era hacer que cometiera un asesinato; y eso era precisamente lo que había hecho Carmine con los Rosas Nacientes. De hecho, el primer paso para entrar en cualquier familia de la Mafia era llevar a cabo un asesinato, lo que se llamaba hacerse «los huesos». Así se establecía ese vínculo vitalicio que tan buenos resultados había dado durante tantos años, en Italia primero, después por todo el mundo: la Mafia italiana era, y sigue siendo, la empresa criminal de mayor éxito de todos los tiempos, y Richard Kuklinski llegaría a convertirse en uno de sus ejecutores más destacados, en una superestrella del homicidio.
Carmine Genovese tenía unas fuentes de información increíbles en toda Nueva Jersey. Sabía qué camiones se debían asaltar, cuándo, dónde y qué transportaban; hasta tenía las matrículas de los camiones, que facilitaba al equipo de Richard. Carmine recibía la mitad de los beneficios delictivos, y los cinco de la banda se repartían la otra mitad. Asaltaban camiones llenos de electrodomésticos, joyas, ropa, álbumes, hojas de afeitar, muebles, máquinas y herramientas, e incluso alimentos de lujo tales como la carne y el caviar: cualquier cosa que se pudiera convertir rápidamente en dinero contante y sonante.
Por mucho que fuera lo que ganaban los del equipo de Richard, se lo gastaban todo en el juego y viviendo a lo grande. Richard no era demasiado aficionado a las carreras de caballos, pero le encantaba Las Vegas, e iba allí él solo o con Linda (la mujer mayor que él con la que seguía viviendo) y jugaba con desenfreno. También le gustaban mucho los espectáculos extravagantes y chillones de Las Vegas. Su músico favorito era Liberace [1], nada menos. Le encantaba jugar al bacarrá, y ganó mucho, pero perdió mucho más. Explicaba hace poco: No tenía ni idea de lo que era el dinero, y se me iba entre las manos como el agua. Debí invertirlo, comprar propiedades, pero lo derroché todo.
A Richard también le gustaba ver a las atractivas chicas de los espectáculos. Le solían hacer proposiciones las prostitutas de Las Vegas. Era difícil pasarlo por alto, con lo enorme que era, ataviado con un traje amarillo, pero él no se fue nunca con ninguna de las hermosas prostitutas que se le acercaban. Para él, las prostitutas eran putas, y no lo excitaban. Una chica que se ha tirado a ocho ese mismo día no me dice nada, explicó.
El golpe más importante que dieron Richard y su banda gracias a Genovese fue el asalto a una empresa de furgones blindados de North Bergen, Nueva Jersey. Genovese les había facilitado la combinación del sistema de cierre y de alarma, y tras pulsar unos cuantos botones pudieron entrar en el pequeño almacén de ladrillo donde estaban aparcados en fila los furgones blindados. Había una caja fuerte enorme llena de cajas de dinero y de oro. Carmine les dijo que no podía parecer que estaba complicado en el golpe uno de la empresa, por lo que lo primero que hicieron fue perforar la pared. Después, hicieron saltar la caja fuerte con explosivos y llenaron a rebosar uno de los furgones blindados de oro, billetes y monedas.
Por desgracia, habían cargado demasiado el furgón, y cuando salieron del garaje y bajaron a la calzada las cuatro ruedas traseras reventaron con fuertes explosiones. Intentaron seguir camino hasta un almacén que habían alquilado al efecto en las proximidades, pero el furgón blindado no avanzaba, y los de la banda tuvieron que volver atrás y tomar dos furgones más. Trabajando a marchas forzadas, descargaron el contenido del primero en los otros dos furgones, allí mismo, al borde de la carretera, no lejos de la entrada de la carretera de peaje, y se pusieron en marcha por fin. Si hubiera aparecido un coche de Policía, los habrían pillado, con toda seguridad, pero tuvieron suerte y llegaron a su refugio cuando empezaba a aclarar el día.
Habían robado en total dos millones de dólares en dinero y en oro. Camine se quedó con la mitad, y Richard y su grupo se repartieron un millón; tocaron a doscientos mil cada uno. Un gran golpe para aquellos jóvenes delincuentes, todavía verdes. La banda de los Rosas Nacientes se dio entonces la gran vida. Todos derrocharon sus partes y, cuando se quisieron dar cuenta, ya lo habían perdido todo, principalmente en las carreras de caballos, en las mesas de póquer y en mujeres.
Richard hizo varios viajes a Las Vegas, volando en primera clase, y se las arregló para perder todas sus turbias ganancias.
Yo era un chico tonto. No sabía nada. Pero ¡cómo lo pase! cuenta, sonriendo aún al recordarlo.
Con todos aquellos éxitos, la banda se volvió más atrevida, y sus miembros empezaron a creerse invencibles.
A dos de los Rosas Nacientes, John Wheeler y Jack Dubrowski, se les ocurrió que no estaría mal dar un atraco en una partida de cartas patrocinada por un «hombre hecho» de la familia De Cavalcante. Lo hicieron sin pedir permiso a Richard ni consultarlo, con lo que cometieron un error de juicio fatal para ellos. Una de las víctimas reconoció a John, a pesar de que los dos atracadores llevaban el rostro cubierto por pañuelos. La noticia llegó a oídos de un «soldado» de los De Cavalcante. Como sabía que Richard era el jefe de los Rosas Nacientes, y que estos trabajaban con Genovese, este soldado (se llamaba Albert Parenti) localizó a Richard y le hizo sentarse con él solemnemente en un rincón de un bar llamado bar de Phil. Parenti era un italoamericano de origen siciliano, de ancho pecho, calvicie incipiente, cara de comadreja, con las piernas tan arqueadas que caminaba como si se acabara de bajar de un caballo. Dijo a Richard:
– Sé que dos de tus chicos atracaron mi partida de la calle Washington. También sé que tú no tuviste nada que ver con ello; si no, no te estaría hablando con tantas contemplaciones. He venido a verte aquí por cortesía, ¿te das cuenta? Todos sabemos que eres un sujeto cabal; solo oímos decir cosas buenas de ti. Por eso te estoy hablando bien, ¿entendido? Esos tipos tuyos tienen que desaparecer. No hay otra manera.
Richard, furioso pero controlándose, no cometió el error de intentar negar la participación de sus hombres, ni de ponerse pendenciero en ningún sentido. Lo que hizo fue pedir clemencia.
[1] Pianista y cantante de raíces polaco-italianas, de gran popularidad en las décadas de los 60, 70 y 80, durante las cuales se convirtió en un símbolo de Las Vegas, además de alternar con apariciones en programas de televisión y películas, sus trajes estrafalarios eran su sello de identidad.