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Noticias de la noche

Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:

Atenas, años noventa, la presión de los emigrantes, clandestinos o no, de los antiguos países del Este, el dinero fácil, los empresarios del pelotazo, la corrupción policial, el todo vale de algunos medios de comunicación, también la conciencia de una democracia reconquistada después de una dictadura, son el telón de fondo de una historia que se inicia con la muerte a cuchilladas de una pareja de albaneses y continúa con el asesinato de dos reporteras de una popular cadena de televisión.
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Recojo las fotografías y la carpeta con las cartas, y salgo de la habitación. Con esta lluvia, voy a tardar una hora en llegar al despacho. Dispongo de tiempo para pensar.

Capítulo 13

El cruasán, el café y tres mensajes de Guikas, que quiere verme urgentísimamente, me esperan sobre mi mesa de trabajo. El trayecto entre la casa de Karayorgui y la jefatura me ha sentado mal. Saco dos aspirinas del cajón y me las trago con el café frío, que me produce náuseas. Me recuesto en la silla y cierro los ojos, a ver si cesa el martilleo que me aporrea las sienes. En vano. Es como si estuviera en dique seco y recibiera golpetazos por todo el casco. Me rindo, agarro la carpeta y las fotografías, y me encamino al despacho de Guikas.

Al abrir la puerta, me los encuentro de frente en el pasillo. Sotirópulos va en cabeza. Ahora que Karayorgui está muerta, nadie discute su papel de líder.

– ¿Qué hay, teniente? -pregunta, como si dijera que ya me ha soportado bastante y que está a punto de mandarme al cadalso.

– No se marchen, quiero hablar con ustedes.

Al decirlo así, vagamente y sin especificar, tanto pueden interpretar que pretendo interrogarles como que pienso hacer alguna declaración. Por miedo a perderse la segunda posibilidad, corren el riesgo de la primera. Los dejo con la incertidumbre y me dirijo al ascensor. Parece que el cacharro ha visto mi aspecto y se ha apiadado de mí, porque llega enseguida.

Kula me espera para acribillarme a preguntas.

– Pero, ¿qué ha sido eso de Karayorgui? Me he enterado esta mañana.

Sin darse cuenta, me levanta el ánimo. Pienso que el bombazo de Sperantsas ha resultado ser un bluf, porque la mayoría de la gente se dispone a acostarse a las doce y no le apetece ver pesadillas con asesinatos, violaciones, hambrunas, terremotos e inundaciones.

– Ha sido un crimen pasional, ya lo verá -prosigue Kula, llena de confianza.

– ¿Cómo se te ha ocurrido?

– Verá, yo la tenía calada. Sabía cómo volver locos a los hombres. Ella los despreciaba y ellos la seguían como perritos falderos. Al final, uno se volvió loco y la mató. ¿No le ha llamado la atención el hecho de que la hayan atravesado con una barra de hierro?

– No. ¿Por qué?

– Es un símbolo fálico -anuncia triunfalmente.

– ¿Está dentro? -pregunto rápidamente, antes de que empiece a analizarme a mí.

– Sí, y le espera.

En cuanto cierro la puerta a mis espaldas, Guikas levanta la cabeza, se apoya en el respaldo de la silla y cruza los brazos. Tiene cara de querer pegarme una buena bronca. Apenas me tiene delante de su mesa, empieza a despotricar.

– He dicho que quería verte a las nueve. Me he cansado de llamarte por teléfono.

No respondo. Me quedo donde estoy, la carpeta bajo el brazo, contemplándolo.

– Ha sido asesinada una famosa redactora, primera figura en el mundo del periodismo de sucesos. La radio, la prensa, la televisión se nos echarán encima. En estos casos, el FBI trabaja veinticuatro horas al día.

– Yo sólo trabajo veinte, necesito cuatro horas para ponerme a tono -respondo tranquilamente-. Salí de los estudios a las cinco, dormí tres horas y a las nueve estaba en casa de Karayorgui.

– ¿Por qué tenías que ir a su casa? Eso es cosa de Identificación. Yo te necesito aquí.

Sin decir palabra, dejo la carpeta sobre la mesa y la abro. Las fotos aparecen en primer plano.

– ¿Quién es éste? -pregunta al ver al tipo pintarrajeado.

– Todavía no lo sé.

– ¿Y por qué me lo has traído? ¿Estamos en carnaval?

Lo dejo con la duda. Se da cuenta de que este asunto no puede ser resuelto telegráficamente, en cinco líneas, y decide leer las cartas.

– Bien -dice torciendo el gesto cuando termina-. Un tal «N» amenazaba a Karayorgui. De acuerdo, es una pista. Pero a ver cómo lo encontramos. Tenemos que buscar entre la mitad de la población masculina de Grecia.

– Salvo que «N» sea el tipo de la foto pintarrajeada.

– Es una posibilidad. ¡Investígalo! -me ordena, convencido de haberme abierto los ojos porque a mí jamás se me habría ocurrido esta idea genial-. ¿Alguna pista más? No me cuentes lo del asesinato, ya sé cómo ocurrió. Me lo ha explicado Sotiris.

– Falta su agenda. No la hemos encontrado por ninguna parte. Probablemente la tenga el asesino.

– ¿Alguna relación con los albaneses?

Sabía que lo preguntaría. Le vendría de perlas que la hubiese asesinado un albanés. Los periódicos lo sacan en portada con titulares negros como plañideras profesionales, las emisoras de televisión organizan debates sobre la delincuencia debida a la inmigración, en lugar de tener en cuenta a las personas se limitan a debatir, y, a los tres días, termina el luto y Karayorgui queda sumida en el olvido.

– De momento no hemos encontrado nada, aunque queda su ordenador. Puede que contenga algo de interés.

– Quiero que me informes a diario, y con ello me refiero a contármelo todo, no la mitad en el resumen y la otra mitad en el informe, como hiciste con los albaneses.

– En el resumen pongo lo que considero publicable. El resto lo dejo para el informe. Por eso los mando juntos -contesto mientras recojo la carpeta y las fotos.

Me voy con la satisfacción de haber pronunciado la última palabra.

Aún están delante de mi despacho, esperándome. Al verme, me cierran el paso. Me planto ante Sotirópulos.

– Empecemos por ti, que la conocías mejor.

Por fin salen de dudas. Saben que los he retenido para interrogarlos y no para hacer declaraciones. Sotirópulos me fulmina con la mirada. Si consigo que declare, los demás lo seguirán, son como un rebaño.

– ¿Vienes o prefieres una citación para dentro de veinticuatro horas? -pregunto fríamente.

Me dirijo a la puerta, la abro y espero. Él vacila unos instantes, luego avanza y entra en mi despacho.

– Siéntate -le ordeno, indicándole la silla situada frente a mí.

– ¿No he de quedarme de pie, siendo un sospechoso?

– Oye, ¿tú crees que el asesinato de Karayorgui es motivo para bromas y payasadas? ¡Era colega tuya, joder! Deberíais ser los primeros en desear que se esclareciera. Pero no, en lugar de eso os cabreáis porque queremos haceros unas preguntitas de nada.

Mi ofensiva le golpea entre las cejas. Tal vez odiara a Karayorgui, pero no quiere mostrar su satisfacción al ver que un novato a quien podrá manipular a su antojo ocupa su puesto. Se sienta.

– Adelante… Pregunta lo que quieras -me invita en tono grave.

– Yo no quiero preguntar nada, tú sabrás lo que has de contarme. Eres un periodista experimentado, ya sabes qué me interesa.

Aprendí esta táctica del teniente Kostarás, en los tiempos de la dictadura, durante una época que estuve destinado a Bubulinas *. Siempre que se topaba con algún primerizo, lo encerraba un par de días junto con los torturados, para acojonarlo. El tercer día, le ordenaba que se sentara delante de él y le decía: «Yo no tengo nada que preguntar, tú sabrás lo que has de contarme. Si me gusta tu historia, a lo mejor me apiado de ti.» Y el pobre diablo lo vomitaba todo, por si acaso. Mi trabajo consistía en llevar a los detenidos a interrogatorio. Me quedaba de pie en un rincón, observaba a Kostarás y admiraba su técnica. Ahora ya sé que todo aquello no eran más que gilipolleces, no tenía dónde agarrarse y daba palos de ciego. Como yo ahora.

Sotirópulos me mira pensativo. Intenta discernir qué debe contarme.

– No sé nada -responde al final.

De pronto me muestro agresivo.

– ¿Adónde quieres ir a parar? ¿Piensas apelar al secreto profesional y todas esas chorradas? Tú y yo vamos a acabar mal.

вернуться

* En la calle Bubulinas estaba la sede de la jefatura de policía en la época de la dictadura, donde se interrogaba y torturaba a los detenidos. (N. de la T.)

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