Noticias de la noche
- Автор: Márkaris Petros
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Noticias de la noche». Краткое содержание книги:
Dicho esto, empieza a recoger apresuradamente sus papeles de la mesa, esquivando mi mirada.
– Acompáñeme a la redacción.
– Ya le he contado todo lo que sé. Si me necesita para algo más, siempre me encontrará en los estudios. Ahora déjeme ir a casa, estoy agotado.
– Venga. -Me mira con cara de querer abofetearme, pero se aguanta. Recoge los papeles y me acompaña.
El pasillo está desierto, los periodistas se han marchado. Nos topamos con Manísalis, el realizador, de modo que me libro de tener que buscarlo. De todas formas, no sabe nada de importancia. En un momento dado, cuando empezaba el informativo, se le acercó la chica y le dijo que acababa de encontrar a Karayorgui muerta. Miró el cadáver desde la puerta y se dio cuenta de que no era preciso entrar en el camerino. Ordenó que pusieran más anuncios, pero no acudió corriendo al teléfono, como me dijo Sumadaki. Primero informó a Sperantsas. A nosotros nos llamó después de enviar un cámara a maquillaje, alrededor de las doce y diez.
Aún no sé por qué la han matado, pero al menos he aclarado el modo y el momento de la muerte. Entre las once y media y las doce menos algo, Karayorgui busca a Sperantsas en la redacción y le dice que quiere salir en el siguiente informativo. A las doce y tres minutos, Sumadaki encuentra el cadáver. Así que el asesinato se produjo en este lapso de media hora. Ella conocía al asesino. Estaba sentado a su lado en el camerino y charlaban. Él se puso de pie, probablemente sin dejar de hablar, y empezó a jugar con el soporte del foco mientras se acercaba a la periodista. Ella lo miraba por el espejo mientras se maquillaba, pero no sospechó nada. Cuando llegó junto a ella, levantó la barra y se la clavó de golpe. Si la superficie tiene huellas dactilares, cabe la posibilidad de que también encontremos las del asesino. Si no detectamos huellas, eso significará que las limpió antes de abrir la puerta y desaparecer. Si el asesino es alguien de fuera, ya puedo rezar para que un testigo lo haya visto entrar o salir. Si es del estudio, nos encontramos navegando en el Egeo Sur con vientos de fuerza diez.
La sala de redacción es un espacio grande, con diez mesas de trabajo dispuestas en dos hileras de a tres, y cuatro en la última. Las paredes están desnudas.
A nadie se le ha ocurrido colgar un cuadro o un calendario, señal de que todos los que entran aquí se quedan el tiempo indispensable para terminar su trabajo y luego se van, bien al estudio bien a la calle. En el fondo de la sala, una mampara de vidrio aísla un cubículo en el que apenas cabe un escritorio y dos sillas separadas por una mesilla.
– Es el despacho del director de la redacción -me comunica Sperantsas.
– ¿Cuál era la mesa de Karayorgui? -Me la señala. Es la segunda de la segunda fila. Saco las llaves, busco la que encaja en la cerradura de los cajones y los abro-. No le necesitaré más -digo a Sperantsas mientras empiezo a registrar. Parece vacilar. Ahora le pica la curiosidad y le apetece quedarse-. ¿No ha dicho que estaba agotado? Pues ya puede marcharse.
Lo ha dicho, no puede negarlo. Da media vuelta y se larga.
La mesa es pequeña y sólo tiene dos cajones a la derecha. En el primero, encuentro un bloc pequeño de periodista y otro mayor, de correspondencia, junto a algunos bolígrafos baratos, de esos que proporcionan las empresas a sus empleados como material de escritorio. Abro el segundo cajón. En primer plano, una bolsita de caramelos. Se ve que le gustaba chupetear alguno cuando se bloqueaba, para inspirarse. Un juego de abrecartas y tijeras en un estuche de piel, todavía en una funda de plástico transparente, sin abrir. Y en el fondo, un calendario de sobremesa con el logotipo de una compañía de seguros. Hojeo el calendario y compruebo que no hay nada anotado en él.
Me quedo inclinado sobre los cajones, pensativo, porque advierto que falta algo. ¿Acaso no tenía agenda?
¿Dónde se ha visto un periodista sin agenda? Allí lo apuntan todo: datos, teléfonos, dinero prestado y debido, relaciones personales y profesionales, amores y odios, amistades y enemistades. La agenda, el evangelio del cristiano moderno. ¿Es que Karayorgui no tenía evangelio? Imposible. ¿Dónde está, pues? Normalmente la llevan encima, de modo que debería haber estado en su bolso, pero no. ¿Guardada en su mesa de trabajo? Tampoco. ¿En casa? Puede ser, aunque lo más probable es qué se la haya llevado el asesino, tal vez porque buscaba algo en concreto, o quizá porque contenía algún dato que lo incriminaba, así que la ha hecho desaparecer.
– Delópulos, el jefe de la cadena, está en su despacho y quiere verlo -anuncia Sotiris, quien me mira desde la puerta, asomando medio cuerpo.
– Vale. Dile que iré dentro de un rato.
– ¿A mí va a seguir necesitándome o puedo irme? -pregunta tímidamente.
– No, quédate -contesto con severidad-. Localiza al guardia de la entrada que hacía su turno alrededor de las once y dile que espere, quiero hablar con él.
– Sí, señor -responde, y se marcha con cara de malas pulgas. Podría haberlo resuelto por teléfono, con la mediación de Delópulos, pero no me parece bien que un subordinado duerma a pierna suelta mientras su superior se pasa la noche en vela, currando. Estos jovencitos son unos niños mimados, quieren pasarse la vida apalancados en los sillones, hablando de sus Hyundai Excel y sus Toyota Starlet. Si por ellos fuera, los crímenes se cometerían en horario de oficina, sólo los días laborables de nueve a cinco.
Capítulo 11
El despacho de Delópulos es como un piso de tres habitaciones, setenta metros cuadrados, con el salón-comedor, el dormitorio, el vestíbulo y el cuarto de baño, todo en un solo espacio, menos el cuarto de baño. Él está sentado a una mesa. En comparación con la de Guikas, es como una cancha de baloncesto respecto a una mesa de pimpón. En el lado sur, allí donde por lógica habrían dispuesto el salón-comedor, hay una mesa rectangular enorme rodeada de diez sillas de respaldo alto. La que preside la mesa se distingue de las demás por ser más alta y tener apoyabrazos, mientras que las otras son mancas. En diagonal respecto a la mesa de Delópulos veo un televisor de pantalla cinco veces mayor de lo normal. Ahora está apagado, y en la pantalla se reflejan su jeta y la mía. Me planteo si debo representar el papel del poli que se desgañita, ya que aparezco en una pantalla, pero aquel cabrón de la serie sólo se atreve con mujeres y adversarios de pacotilla, mientras que yo me enfrento a Delópulos.
Es un tipo alto, enjuto, con el cabello ralo y la expresión agria. Tiene el rostro afligido pero, con estas facciones, hasta el dolor queda agriado.
– Estoy conmocionado, señor Jaritos -dice, y lo repite para no dejar lugar a dudas-. Conmocionado. Yanna Karayorgui era una persona excelente y una gran periodista. Sus compañeros la llamaban «el Sabueso». Para mí se trataba de un título honorífico que había conquistado con su valía profesional. -Hace una pausa, me mira y añade subrayando las palabras-: Pero, además de colaboradora, era una gran amiga personal.
Estoy en un tris de preguntarle si era también su amante, porque sin duda debía de tener sus buenos enchufes en las altas esferas para disfrutar de tanta independencia, pero me callo la boca.
– ¿Tienen ya algún indicio? ¿Pruebas? ¿Sospechas, al menos?
– Aún es muy pronto, señor Delópulos. Sabemos sin embargo la hora exacta de la muerte y que el asesino debía de ser un conocido, porque estuvieron charlando juntos en el camerino antes del asesinato.
– En tal caso, seguro que es uno de esos a los que desenmascaraba sin piedad, alguien que salió perjudicado por sus revelaciones y que quiso vengarse. Creo que deben encaminar sus investigaciones en esa dirección.
Ahora pretende decirme cómo hacer mi trabajo. Otro Guikas por encima de mi cabeza.